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El solsticio de verano en Suecia: una celebración entre magia y mitología

En el Absolut Midsommar Weekender, el festival en honor al día más largo del año del hemisferio boreal, la música contemporánea y las leyendas del folklore nórdico conviven durante tres días

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LA NACION
Sábado 15 de julio de 2017
Foto: Gentileza
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Ovesholm, Suecia .- Al caer la noche, siete criaturas feéricas comienzan a danzar en forma sincronizada. Sensuales y exageradas, se mueven alrededor de un tótem verde que se erige desde el centro de la tierra. Todo huele a ritual pagano. Son las 23 y el sol acaba de desaparecer detrás de las praderas escandinavas: en el hemisferio boreal, es el día más largo del año, el día del solsticio de verano. Y en Ovesholm, este pueblo ubicado en el sur de Suecia, como en el país entero, la antigua tradición del midsommar ("pleno verano") se celebra indefectiblemente durante todo el fin de semana. Con bailes, con comidas, bebidas y cantos, con juegos y atuendos especiales, con liturgias mágicas.

Aquellos seres mitológicos (humanos disfrazados, cabe aclarar) forman parte del acto que da inicio al Absolut Midsommar Weekender, un festival musical que se despliega en los alrededores del Ovesholms Slott, castillo del siglo XVI perdido en la verde campiña de la región de Skane (Escania), a 546 kilómetros de Estocolmo. Viernes, sábado y domingo: durante tres días y dos noches, personas de todas partes del mundo llegan para celebrar el inicio de la estación más fértil del año en un campamento sofisticado, de tipis equipados con camas y edredones, y servicios a disposición. Este glamping (neologismo: camping glamoroso) combina la vida al aire libre con el lujo de hotel y permite que el público luzca sus atuendos extravagantes, minuciosamente diseñados, como sucede en los festivales más importantes del mundo, Coachella o Glastonbury. Flecos, tules, pieles sintéticas, colores intensos y toda la artillería necesaria para ganar la competencia por llamar la atención.

En la primera jornada, el dresscode es libre, pero para el almuerzo del sábado hay que vestirse de blanco y usar una corona de flores, hecha en el momento usando tallos recién cortados. No hay opción, en pocas horas el lugar se transforma en una convención de ángeles expatriados. Los platos típicos de la festividad (papas recién cosechadas, pescados y quesos, frutillas) se sirven en una larga mesa sobre la que se brinda al grito de "skål" ("alegre") con el vodka fabricado a pocos kilómetros del lugar, en la localidad de Ahus, donde se ubica la única destilería que la marca sueca tiene en el planeta.

A esta gran comida la preceden actividades como yoga y la suceden distintos juegos como el kubb, una suerte de tejo con palos y piezas rectangulares de madera o carreras de embolsados. A la lluvia intermitente, otra de las características de la festividad que trae temperaturas para nada estivales, se la sobrelleva con un poco más de vodka.

En el centro del predio, aquel tótem verde recibe, como en muchas fiestas folklóricas de Europa, el nombre de maypole y simboliza la fertilidad: decorado con hojas frescas y flores, su extremo superior termina en forma de triángulo con dos anillos colgando de los vértices, a la que se le atribuye una poco discutible semblanza fálica. Alrededor del palo suceden los bailes al ritmo de la música que proponen los distintos DJ y bandas del line up (en este caso: en las versiones más tradicionales suelen entonarse canciones infantiles), y se invoca la magia.

La fecundidad de la fecha tiene un costado mítico y otro con sustento fáctico: los porcentajes de natalidad en Suecia aumentan en marzo y abril, nueve meses después de midsommar, no hace falta aclarar por qué. Por otro lado, uno de los mitos que acompaña la celebración sostiene que si las mujeres colocan siete tipos de flores distintas debajo de la almohada durante la noche del solsticio, soñarán con su futuro marido. Pero en este campamento, nadie parece creer en el poder onírico.

Desde temprano en la tarde del viernes y el sábado, un pequeño escenario recibe a artistas de todos los continentes cuya misión es provocar aquella danza circular. Desde el agite hiphopero del sudafricano Khuli Chana hasta el beat bailable del pop alternativo de los ingleses Flyte o la sueca El perro del mar (así, en español), pasando por diferentes DJ sets, las horas de luz se disfrutan afuera, con varias opciones de tragos.

Para desacelerar el efecto del alcohol, puestos de pizzas o hamburguesas ofrecen especialidades para todos los gustos. Así, hasta que el sol (y/o el helado viento nórdico) decida que es suficiente. Entonces la fiesta se traslada puertas adentro.

En la primera noche, el rito de las siete criaturas finaliza con la invitación a un establo que funcionará como nightclub: cada asistente debe agarrar una de las antorchas que se encienden en una gran hoguera para caminar en fila iluminados por la luz del fuego. El cuento de hadas se transforma en una oscura historia medieval que termina al atravesar el umbral del recinto y visualizar la pista de baile. El minimalismo electrónico del mancuniano Floating Points musicaliza la víspera del sábado; la estrella de la segunda jornada es el estadounidense Zebra Kats, un rapero histriónico y sensual que en seguida se convierte en el anfitrión de una orgía bailable. A sus órdenes, los cuerpos se entregan al desenfreno nocturno que continúa hasta que vuelva a salir el sol, poco después de las tres de la mañana.

Los efectos del hechizo desaparecen cerca del mediodía del domingo. El regreso a los hogares se impone como tediosa obligación. Los disfraces vuelven a las valijas y las coronas de flores comienzan su desintegración. Los resabios del midsommar se esfuman con la segunda lavada de cara que trae la certeza de que, al igual que las estaciones del año, ninguna fiesta es interminable.

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