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No fue magia: Narda Lepes y sus trucos en la cocina de mi casa

La chef aceptó el desafío de preparar platos diferentes para ofrecerles a dos niños que no salen de la milanesa, el pollo y la pizza; ¿podrá lograr que los pequeños amplíen su acotadísimo paladar?

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LA NACION
Sábado 15 de julio de 2017
Foto: Diego Spivacow/AFV
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Hace unos días viví algo inusual: Narda Lepes estuvo en mi cocina. Todo empezó con unos malfatti de espinaca. Un domingo al mediodía decidí hacer lo que casi nunca hago: ponerme cocinar. No sé por qué, pero ese día quise salir de las milanesas, la pizza y el pollo que conforman el menú infantil de casa, donde las verduras y frutas brillan por su ausencia (un día mi hija se indignó ante la presencia de un pequeño objeto no identificado en su plato: un tomate cherry). Decidida, busqué Ñam Ñam, el último libro de Narda Lepes dedicado a alimentar pequeños omnívoros, y empecé a pasar las páginas. Me clavé en la 157. Ahí estaban los malfatti que preparé para mis hijos. "¿Y yo qué voy a comer?", me preguntó Tomi, el más grande, mientras le ponía el plato delante. "Eso", respondí señalando mi obra terminada. Su rotundo "no" me hizo aflojar. "Probá uno", supliqué. Mientras él corría el plato a un lado, puse en el horno unas milanesas. La batalla estaba perdida. Pero todavía podía ganar la guerra.

¿Podrá Narda vencer la infranqueable resistencia de mis pequeños a probar cosas nuevas? Es cocinera, no maga. Pero... De caradura, la llamé. No tenía nada que perder. Le expliqué que su libro me había llegado a la redacción, que había cocinado un par de cosas, pero que todo había sido en vano. Mis hijos no habían probado ni uno de sus platos. Mi voz denotaba derrota. Enérgica, me dio algunos tips. "No les preguntes nunca qué quieren comer." "No les prepares un plato para ellos y otro para ustedes, que coman todos lo mismo." "No pienses en comida, sino en ingredientes: no comieron fideos, pan o pizza, sino harinas." "Mezclá dulce con salado, los chicos no tienen incorporado eso de plato principal y postre."

Mientras intentaba internalizar sus máximas y consejos, tomé valor y le hice la propuesta. Más bien se trataba de un desafío. "¿Te animás a venir a casa y preparar juntas algunos platos a ver qué sale?" Para mi sorpresa, enseguida dijo que sí. Tras su veloz confirmación, debo admitir que se me cayó igual de rápido el mito del divismo que envuelve a algunos chefs que vemos en televisión...

Fue un jueves cerca del mediodía cuando Narda, finalmente, llegó a mi casa. Con ella como aliada para intentar abrir el paladar infantil y mejorar la calidad de lo que consumen los chicos, nos atrincheramos en la cocina. Lo primero que hizo fue hacer una minuciosa inspección ocular de todo lo que había en las alacenas. Mientras franqueaba las puertas de madera intenté hacer un repaso mental de lo que tenía almacenado: sí, ahí tenía escondidos varios "muertos". Premezclas para brownies de chocolate, puré de papas instantáneo, aderezos varios, cereales de colores estridentes, nachos, jugos y sopas en sobres... La lista era larga. "¿Quién consume esto?", me preguntó señalando los coloridos cereales sin que yo alcanzara a contestarle que en realidad esos anillitos de dudoso valor nutricional no estaban ahí para ser comidos, sino para poner en los frasquitos de vidrio y decorar. "Tiralos", me sugirió y obedecí sin más. "Esto es veneno...", dijo mientras miraba detrás de un sobrecito de jugo en polvo que tampoco consumo.

Muchas de esas cosas llegaron a casa sin que yo tuviera nada que ver y casi ni me acordaba de su existencia, pero otras estaban ahí porque yo lo había decidido. Mientras Narda ubicaba en la mesa las cosas de la alacena y las separaba en grupos (las categorías eran "muy de vez en cuando", "con moderación" y "siempre") me puse a pensar la poca conciencia que tenía acerca de lo que almacenaba ahí adentro. Y enseguida me preocupé al ver que el primero de los grupos, el de "los muertos", era, por lejos, el que ocupaba mayor superficie en la mesa. En el de "aceptables" había fideos de toda forma y color, arroz, harinas, cuscús, latas de conservas, polenta, salsa de tomate, azúcar... Y el más pequeño estaba formado por una bolsa de lentejas y otra de porotos colorados. Ah, y media de quinoa. Bien, algo es algo.

Pero la requisa no había terminado. Venía lo peor: la heladera. Y ahí, ni bien abrió la puerta, saltó la primera alarma: un paquete de salchichas. Hacía pocos días habíamos organizado en casa una fiesta de panchos y ahí estaban descansando con total impunidad y a la vista de todos esos cilindros rosados. Y digo impunidad porque ni siquiera me había tomado el trabajo de ocultarlos detrás de algún sachet de leche o yogur o un pote de queso blanco. Parecía adrede. Pero juro que pequé de inocente. "Esto es un rotundo no", me dijo Narda sin contemplaciones. No es sólo por la carne (esto dicho entre comillas, claro), sino por lo que le agregan a las salchichas para alargar su vida útil: nitritos y nitratos. Una porquería. Pero a mí me había parecido ver en su libro algún pancho. "Si vas a darles salchichas que sean las alemanas", me sugirió mientras continuaba la requisa. Con razón. Las salchichas que descansaban en mi heladera no tenían nada de alemanas.

"Los quesos que sean los que tengan nombre reconocible, no uno inventado. Es decir, que digan queso cremoso, sardo, mozzarella... A los otros les agregan cualquier cosa. Y rotalos: tené siempre distintos quesos en la heladera para que prueben." Para mi alivio, la parte de las frutas y verduras estaba bastante llena, igual que el freezer: entre carne, pollo y pescado había una bolsa de espinaca congelada que logró la primera gran aprobación del día: "Las verduras frizadas sirven un montón. En lugar de verduras en lata, como choclo y arvejas, conviene siempre el congelado. Es más sabroso y no sufre alteraciones". Otra cosa que se llevó buenos comentarios fueron las "patitas caseras" que mi suegra hace en reemplazo de las de supermercado, que dejé de comprar alertada por un video que me había llegado por WhatsApp.

Después de tanto análisis llegó el momento más esperado: ponernos a cocinar. Se acercaba el mediodía y había que prepararle el almuerzo a Siena antes de que se fuera al jardín. No había mucho margen y había que armar algo rico, nutritivo y rápido con lo que teníamos. Narda puso a hervir agua en una pequeña olla. En otra blanqueó la espinaca. Tomó los fideos en forma de municiones y los colocó en una de las ollas. Después se puso a rallar queso y tomó la crema y la manteca. Me impresionó ver cómo se manejaba en una cocina desconocida. Pero sobre todo, en una cocina limitada en recursos (mis cuchillos, por ejemplo, son casi de cotillón). En menos de 10 minutos estaba listo el almuerzo. Sólo faltaba que pasara la prueba de fuego. Siena me miró con desconfianza. Y aunque no lo dijo, imaginé que para sus adentros se preguntaba qué era eso que le había servido. Sobre todo qué era eso verde. Pero no se animó a decir nada porque delante de ella estaba Narda, "la del libro", y se cuidó de hacer una escena. Después de los primeros minutos de desconcierto, empezó a comer. Se aseguró muy bien de separar lo verde y dejarlo a un costado. Comió dos o tres cucharas y claudicó. Por las dudas, y anticipándome a la situación, tenía en el horno las milanesas que nunca fallan. No quería que se fuera al jardín con la panza vacía. Por supuesto, Siena terminó comiendo lo que come (casi) siempre.

Pero esas dos o tres cucharadas de fideos con espinaca, manteca y queso que Narda sacó de la galera fueron un logro. Un pequeño logro que ni siquiera equivale a una batalla ganada. Sé que todavía estoy muy lejos de eso, pero al menos estoy dispuesta a intentarlo. Narda me recomendó ir de a poco. Y así voy, intentando en cada plato meter algo diferente: "esconder" una zanahoria en una salsa de tomate, procesar la espinaca para que no pueda separarla de los fideos, colar en la milanesa y en las patitas algo de avena, y algunos otros trucos que anoté en mi libreta. No será magia, pero para mí, se parece bastante.

Libro, programa y restó nuevo

En 2017, Narda no sólo publicó Ñam Ñam, un libro que le llevó cinco años producir, sino que también sigue con el programa de televisión Dueños de la cocina y está a punto de inaugurar un restó en el Bajo Belgrano, en la calle Sucre, que llevará su nombre: Narda Comedor

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