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Paseo culinario por Montevideo

PARA LA NACION
Sábado 15 de julio de 2017
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MONTEVIDEO.- Mi nuevo restaurante favorito en esta ciudad es un lugar chiquito en una esquina oscura y silenciosa cerca del bulevar Artigas y lejos de la Rambla. Los chefs son cuatro amigos que abrieron hace cuatro meses y retomaron el nombre del lugar que ya existía: demorondanga. Fui por recomendación de Sanjo, cocinero de otro de mis preferidos, Cebollatí 1326, y hasta ahora gustó a todo aquel al que llevé. La cocina es aún pequeña e impregnarse del olor a comida es inevitable, todo sea por la sopa de maní, las verduras casi quemadas sobre colchón de remolacha, el ojo de bife cortado prolijamente, el curry de couscous y cordero, y las mollejas.

Beneficio de una ciudad con poca densidad humana, llegar temprano es garantía de estar solo por un rato, instalarse en la barra frente al horno y observar cómo, cuando hay tiempo, uno de los cocineros estampa el sello del lugar en las servilletas de papel. Conservé la costumbre encantadora de salir a comer ni bien termino otras actividades, alrededor de las 20, cuando el resto de Montevideo sigue corriendo, haciendo flexiones en la Rambla o tomando el último sorbo de café con leche de la tarde. Pensaba que acá los lugares siempre estaban vacíos hasta que empecé a darme cuenta de que voy a otro ritmo.

En demorondanga sirven las propuestas culinarias en platitos, igual que en Au Passage en París, Gran Dabbang o Proper en Buenos Aires, o Toledo acá en Montevideo, que descubrí hace poco. También en una esquina, aunque bastante más grande y con ventanales que dejan entrar mucha luz. Los gnocchi de zucchini, la merluza negra con mousseline de calabaza y la tortilla de papas son el mejor programa para cualquier mediodía, sábados inclusive, sobre todo si después hay que tomarse un barco, por su cercanía al puerto. Acá lo llaman "bar de tapas". No comparto esa denominación porque todo viene bastante mejor presentado que cualquiera de las tapas que comí en mi vida.

Otra de las misiones de estos últimos tiempos fue encontrar un rico café latte. Las cafeterías clásicas suelen tener un café bastante intomable: lo llaman glaseado y viene mezclado con azúcar. Lo máximo a lo que aspiraba al principio era un pedido a un amigo para que me trajera de afuera o pagar 10 o 30 dólares por una de las marcas italianas. Por suerte uno de los pocos baristas certificados de Uruguay se subió a la ola del "café gourmet" y trae granos del Salvador, Etiopía, Burundi, Guatemala, Nicaragua y Costa Rica. Los tuesta, muele y empaca en su local, MVD Roasters, y también se puede comprar el paquete y moler los granos en casa con el molinillo japonés Hario. Un buen programa es tomarlo en Café Nómade, de mis favoritos cuando lo atrapo (se mueve y cambia de lugar), o en La Madriguera -Carrasco-, con buena deco aunque allí no proponen leche de almendras para el latte. Otra alternativa, el recientemente inaugurado refugio cafetero del MAPI, el museo de arte precolombino, en el corazón de Ciudad Vieja. Cultura y café siempre van bien.

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