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Un sueño de invierno: pintar piletas en julio

LA NACION
Sábado 15 de julio de 2017
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Un cliente al que le limpio la pileta hace mucho, y a quien apenas conozco (siempre trato con su empleada, o con su hija adolescente), decide dejarme la llave de su jardín.

No es que yo la necesite especialmente: siempre voy a su casa cuando sé que está la empleada, nunca hay problemas. La necesidad de tener la llave surge, en realidad, porque tengo que pintarle la pileta. ¿En pleno invierno? Sí, en pleno invierno. A veces hay que darle respiro al bolsillo, y uno es capaz de hacer cualquier cosa. La idea no fue mía, igual, sino de él. No entiendo por qué la urgencia, pero bueno, ahí estoy, comprando pintura, lijas, todo eso; y pidiéndole a mi cliente que me haga copia de la llave de su jardín: pintar una pileta requiere libre tránsito hacia el objeto de deseo, o sea la pileta a pintar, y si no coincido con su empleada, o con su hija, el trabajo podría quedar mal o atrasarse demasiado.

Así es que un buen día mi cliente me hace copia de la llave y la empleada me la da, pero cuando probamos... no funciona. En realidad, no es que la copia sea defectuosa: mi cliente, por error, hizo copia de una llave equivocada. A la semana siguiente, lo mismo. Otra copia de la llave, la empleada me la da, y la llave no es. ¿Habrá una tercera ocasión? Sí, es la tercera semana de atraso, y ni siquiera empecé a trabajar. ¿Por qué se equivoca mi cliente cuando va a hacer copias de la llave de su jardín? ¿Quiere que pinte su pileta? Evidentemente sí, para eso me contrató. Pero, ¿qué es lo que no quiere que haga? O en todo caso: ¿cómo quiere que lo haga o que lo deje de hacer?

Pienso en esto toda la semana, hasta que recibo la llave correcta. La empleada, al ver que la llave funciona, da un pequeño saltito de alegría. Yo aprieto la llave en mi puño derecho.

El trabajo, como empieza tarde, se ve envuelto en las dificultades propias de la época: frío, lluvia.

A pesar de eso, logro sacar el agua, limpiar y rasquetear. Pero hasta ahora no logro que las paredes y el piso sequen como deberían secar antes de empezar con la pintura. Pasan los días, me inquieto, y me pregunto si podré hacer el trabajo o tendré que decirle a mi cliente mire, lo dejamos para cuando esto mejore. No sería grave. Él, de hecho, sería responsable de no haber podido empezar hace un mes, cuando le pedí la llave. Pero ahora, que lo que pasó ya pasó, pienso que la demora y los errores tienen alguna explicación.

Miro la llave. Está entre mis dedos. La hago pasar de un dedo al otro, intentando que no caiga al piso. Sería terrible que cayera, que se quebrara uno de sus dientes. ¿Cuánto tiempo habría que esperar hasta conseguir otra? ¿La conseguiría? Y si la consigo: ¿para qué?

Mientras la llave pasa de dedo en dedo puedo ver, como en un sueño, a la empleada saltando en el lugar, como un robot, a mi cliente nadando en la pileta vacía y llena del polvo que quedó cuando la lijé, a la hija de mi cliente tomando sol y quejándose por la falta de agua para refrescarse. Su padre se ríe de las quejas de su hija, se asoma al borde. Llena sus manos con el polvo que quedó después de lijar y la corre por todo el jardín amenazando con tirárselo en los ojos. Vuelvo de mi ensoñación. Nada de esto va a pasar, para eso estamos los pileteros. De hecho, el cielo se despeja: seguro que la lluvia se corta y que mañana o pasado ya puedo pintar.

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