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Ray Loriga: "Me parecen un coñazo los cupcakes y el yoga"

Ganador del premio Alfaguara con Rendición, el madrileño héroe de la Generación X habla sobre música, redes sociales y hábitos

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LA NACION
Sábado 15 de julio de 2017

"El que sabe contar historias siempre tiene compañía." Ray Loriga escribió esta frase en las páginas iniciales de Rendición, la novela con la que ganó el prestigioso premio Alfaguara, y que, a contramano de su título, lo hizo "resistir" bastante bien el paso del tiempo. "No sé si contaba muchas historias de chico, pero al oído de algunas sí sabía contar algo... si es que acercaban el oído, claro", dice a los 50 años desde ese lugar medio picarón que se granjeó a los 25 cuando se publicó Lo peor de todo y que terminó eyectándolo a la órbita de las estrellas de rock con giras por el mundo, dinero y hábitos bohemios. El encuentro con Ray en un hotel del centro porteño larga bien: cerveza en mano, el madrileño prefiere hablar de cualquier cosa menos de su novela. Cultiva esa natural habilidad de saltar de lo popular a lo erudito sin que nadie lo note, con una humildad magistral y el humor entrenado con buenos trucos aprendidos en largas tertulias. "No hablar del libro es una bendición, hablemos de lo que quieras", ofrece. Y ahí vamos:

Foto: Leo Vaca / AFV

-Pensaba que me iba a encontrar con alguien un poco más... como decirlo... ¿destruido?

-Gracias por la mentira... La verdad es que no me cuidé mucho. Sí dejé la vida canalla, lo que uno hace cuando es joven, tiene pocas responsabilidades, algo de plata en el bolsillo y viaja por el mundo con cierto éxito. Me divertía bastante, los hoteles no eran tan buenos como ahora, pero para lo que los quería servían muy bien. Esa vida es como la del futbolista, tienes 10 años buenos y luego te arrastras por la cancha...

Ray es una celebridad literaria y social en España. Fanático de la música (el rock y el pop) y del fútbol (del Real Madrid y de Boca) vivió la implosión de la famosa movida madrileña como un "grumete que mira desde el cajón de manzana al capitán y a los piratas". Los tripulantes de ese barco cultural y transgresor eran el fotógrafo Roberto García Alix, Javier Mariscal, Alaska, el editor Borja Casani y Pedro Almodóvar, entre otros. De ahí en adelante, en los 90, el "grumete" tomaría el timón de un barco ebrio y le pondría voz con tono rockero a una generación que ya se había aburrido de los autores clásicos de habla hispana. Con Héroes (inspirado en David Bowie), Días extraños, Caídos del cielo, Tokio ya no nos quiere y Trífero cerró su estapa noventosa que lo ubica viviendo en la 67 y Columbus de Nueva York. "Todo iba muy bien hasta que a un tal Bin Laden se le ocurrió tirar unos aviones encima de las Torres", recuerda de esa época de la que surgió El hombre que inventó Manhattan, en 2004, y parte de un guión, Séptimo día, para Carlos Saura. Luego vino una especie de silencio occidental y se divorció de la bellísima Christina Rosenvinge, madre de sus dos hijos de 13 y 18 años, cantante y factótum de Christina y los Subterráneos y actual colaboradora de Lee Ranaldo, ex Sonic Youth.

-¿En qué momento la música entra en tu universo con esa potencia?

-A los 11 años hicimos un viaje familiar de una semana a Londres y justo los Sex Pistols habían sacado Never Mind The Bollocks... yo me volví con el disco y las chapitas (pins) de los Sex Pistols y The Clash. Recuerdo que mi abuela, que era de un pueblo de Aragón y apenas si hablaba español, les tocaba el pelo a los punks y decía, 'esto pincha' y yo le decía, 'abuela, por favor, son seres humanos'.

-¿Tenés ese disco todavía?

-Sí, lo tengo todavía. También el original del álbum negro de Prince y el vinilo de Diamond Dogs de Bowie, el que se abría en un desplegable que luego censuraron. Alguna vez me ha llegado el hambre y estuve tentado de venderlos.

-¿En qué te ayudo esa música? Si es que no te perjudicó, claro...

-La cultura rock era eso de 'we can be heroes just for one day' y parecía que mientras esas canciones estuvieran sonando nada iba a salir mal. En ese momento de la vida en que tienes esa mezcla de hipersensibilidad, hipertontería, hipercoraje, hiperinteligencia no probada, canalizaba muy bien. Uno de mis discos preferidos de la historia es Pet Sounds de los Beach Boys. Para mí fue esencial, sino no estaría acá. En realidad, la música me ayudó más antes del primer libro, me ayudó más a soñar con conseguirlo, que una vez conseguido. A bancarme los días, el aburrimiento, no entender nada, no encajar y de pronto ponías esa música y decías 'aquí me encuentro'

¿Cómo te llevás con las redes sociales? En tu novela parece que hay algo de eso...

-No me llevo. No tengo Facebook, ni Twitter ni Instagram ni teléfono móvil. Ahora tengo uno para tareas promocionales, pero no lo uso... El correo electrónico es la manera más fácil para conectar, pero es muy reducido el número de personas que lo tienen.

-¿Por qué?

-Me aburría. Tuve móvil, pero esto se desarrolló muy rápido y me quedé en el SMS. Claro, parece antediluviano pero fue apenas hace ocho años. No sé, estaba escribiendo un libro, ocupado en otras cosas... Pero sí me interesa, esa es la diferencia, no vivo en una cueva. Ni tengo nostalgia del pasado. Internet la uso a diario como un maestro y conozco el sistema de cookies, los metadatos y los algoritmos. Incluso en este libro me ha interesado tanto que de alguna manera quise hablar del tema... He intentado establecer la diferencia entre el espionaje a lo Orwell, de los sistemas totalitarios, con la mera mirada. En la novela, el ciudadano no se esconde, sino que exhibe una obligación autoimpuesta, voluntaria y entusiasta de vivir delante de la mirada de los demás. Esa es la ecuación que ahora me tiene muy intrigado...

En ese punto de la entrevista, la encargada de prensa de la editorial interrumpe para que vayamos terminando. "La última pregunta, pero no la última cerveza, vale. Mañana me voy a portar súper bien", dice Ray, cómplice.

-¿Cuál fue el final de la movida madrileña, esa explosión de creatividad y libertad?

-Hay dos teorías: una es que todo terminó en mayo de 1985 cuando los Smiths dieron su último show en Madrid frente a 400.000 personas, o en abril de 1989, cuando el Milan de Arrigo Sacchi le ganó 5 a 0 a un Real Madrid que parecía invencible.

-¿Mejoró o empeoró la sociedad y su relación con el mundo?

-El progreso es cruel: o avanza o no es. Y esto es puramente personal, pero a mí me parecen un coñazo los cupcakes, las bicicletas y el yoga y la madre que los trajo a todos. Mi padre tenía una frase para las ensaladas: 'Yo no como césped'. Y mi relación con la vida es que 'yo no como césped'.

-¿Un autor universal y otro argentino que te fascinen?

-Beckett y Ricardo Piglia. Cuando sea grande quiero ser Piglia.

Cerveza rubia de 4,6 grados

Nada como escucharlo justificar su elección: "Cerveza rubia, 4,6 grados con 33 centímetros cúbicos. Es la medida exacta de mi manera de beber donde tengo la pequeña animación de Baco y, sin embargo, puedo seguir pensando.

A partir de esos grados o más es embriaguez, tontería y arrepentimiento. Como soy un científico he encontrado la medida, la pausa y el ritmo; decía Abel Ferrara en su película Addiction que el dueño de la adicción es el dueño del futuro".

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