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¿Hacia dónde se dirige el témpano errante?

LA NACION
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Héctor M. Guyot
Sábado 15 de julio de 2017
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El hombre es una criatura paradójica. Por un lado juega el juego de la dominación, se jacta de su inteligencia para conquistar el control de las cosas y, bajo el influjo de Prometeo, cruza límites prohibidos con la intención de acceder a los secretos de la vida. Al mismo tiempo es un gorrión en la tormenta, sometido a fuerzas y amenazas que desconoce, incapaz de dominar siquiera el pequeño territorio que lleva oculto bajo el sombrero o de saber qué forma tiene el rostro de Dios. En buena medida, esa fuerza a veces teñida de soberbia y ambición que el hombre despliega para olvidar la intemperie a la que está sujeto es uno de los motores de la historia.

No me pidan pruebas, pero sospecho que hay algo así como un orden natural que se hace oír cada vez que la acción humana lo altera o lo pone en jaque, una especie de equilibrio al que la naturaleza tarde o temprano tiende a volver cada vez que se rompe. Dicho de otra forma: parece haber un diálogo secreto entre el hombre y el medio que lo rodea en el que la ciencia, la religión y la ecología, más allá de los muchos saberes que han conquistado al respecto, no acaban de hacer pie.

Anteayer tuve la sensación de que me asomaba a un capítulo de ese intercambio. Ocurrió cuando abrí el diario Clarín en la sección Sociedad. Me encontré allí con dos noticias, una al lado de la otra. La primera contaba que un equipo de científicos chinos había cristalizado un sueño que comenzó con Einstein: instalados en el Himalaya, a 4000 metros de altura, lograron teletransportar una partícula de átomo a un satélite en órbita ubicado a 500 km de distancia. No sabemos qué tan lejos estamos de la teletransportación humana tal como la conocimos, por ejemplo, en Viaje a las estrellas, pero a los investigadores no les faltó optimismo: según la nota, "destacaron la creación de la primera red cuántica del mundo, que abrirá paso a las comunicaciones invulnerables" (vaya a saber uno todo lo que cabe en ese adjetivo). Por su parte, según informaba la segunda nota de la sección, la naturaleza también había movido una ficha: un iceberg de tamaño descomunal se desprendió de la Antártida y hoy flota a la deriva por el mar de Weddell. Algo así como un bloque de hielo insatisfecho que, tras el desgarro, se emancipó del continente y con rebeldía adolescente salió de viaje hacia un destino incierto.

Foto: LA NACION

Las correspondencias entre los dos hechos son curiosas. En ambos hay un desplazamiento: algo que estaba fijo deja de estarlo. Tal vez resulte difícil comparar una partícula de átomo con un iceberg 25 veces más grande que la ciudad de Buenos Aires que pesa un billón de toneladas, pero todo es cuestión de perspectiva. En verdad, una y otra cosa son letras de un alfabeto distinto y para hacer posible la comparación habría que traducir: la partícula y su viaje pertenecen al orden cuántico, mientras que el iceberg supone una masa de materia para nosotros más concreta y discernible, como es discernible el océano por el que se desplaza, puesto que hielo y mar son parte del mundo físico que podemos ver y tocar.

Ambos viajes, de todos modos, son diferentes. La teletransportación de la partícula tuvo un principio y un final. Los científicos se propusieron que viajara de su base en el Himalaya hasta el satélite Micius, y así ocurrió las 911 veces que repitieron el proceso. En cambio, la isla de hielo desgajada de la península antártica sigue moviéndose, lenta pero incansablemente, entregada a las corrientes marinas y los vientos. Como se trata de un cubito grande (175 km de largo, 50 km de ancho y 350 metros de espesor) estiman que tardará entre dos y tres años en derretirse. Los científicos disiparon el fantasma de un nuevo Titanic: al témpano le llevaría años dejar las aguas antárticas, y con el tiempo se irá fragmentando.

El témpano errante viajará hacia donde quiera, o hacia donde la naturaleza disponga, pero si uno pudiera dirigirlo tal como los chinos dirigieron la partícula del átomo, yo lo haría navegar sin escalas hacia otra desmesura igual de inquietante: la soberbia de Donald Trump. Porque precisamente a su necedad parece dedicado este desprendimiento ocurrido en el Sur remoto y causado, según los científicos, por el calentamiento global, una evidencia que el presidente de Estados Unidos niega y que amenaza con derretir la barrera antártica y algunas cosas más.

En tiempos en que la materia física parece desacreditada por la levedad de los mundos virtuales y las ambiciones humanas, el iceberg a la deriva es una invitación a la humildad. No somos dioses, sino hombres de carne y hueso. Y navegamos sin brújula en un mar insondable de cielos estrellados y de icebergs perdidos que nosotros mismos vamos sembrando.

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