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Esquivando el costo argentino

Si no hay un consenso serio para hacer funcionar nuestro país según pautas de decencia y sentido común, se seguirán evadiendo el trabajo y los deberes fiscales

Sábado 15 de julio de 2017
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Con un ataque de furia, un pasajero argentino abrió sus valijas en el aeropuerto de El Plumerillo, en Mendoza, y tiró todo su contenido en el piso, exclamando que estaba psicótico, que era una paciente psiquiátrico. La razón: había viajado en un tour de compras a Chile y los funcionarios aduaneros, a su regreso, le revisaron minuciosamente las maletas, identificando productos no declarados.

Según se informa, se han endurecido los controles aduaneros en la frontera de Mendoza con Chile, en el contexto de una ola de turismo "para ahorrar" en textiles, calzado y electrónicos. Unos 40 mil turistas argentinos atravesaron la Cordillera en Semana Santa con ese propósito.

Cuando los funcionarios aduaneros solicitan la ayuda de las fuerzas de seguridad en casos como el descripto, hacen cumplir las normas sobre introducción de mercadería a nuestro país, donde los precios son mucho más elevados.

Es sabido que son más caros, porque tienen alta protección. Y tienen alta protección por el elevadísimo "costo argentino" que acumula las distorsiones del costo laboral (no salarial), los extravíos regulatorios, los excesos del transporte terrestre y el gigantesco gasto estatal, reflejado en la elevadísima presión fiscal de Nación, provincias y municipios.

El "costo argentino" refleja una típica contradicción del ser nacional. En muchísimas familias hay empleados públicos, por militancia, amistad o parentesco. También hay jubilados sin aportes y pensionados de favor. Ni qué hablar de beneficiarios de planes y subsidios. Todos felices de viajar en colectivos baratos y en trenes sin boleto. Todos ufanos por la educación pública, la salud sin copagos y la universidad sin aranceles para propios y extraños. Todos contentos con los reclamos docentes, los abucheos de muchos científicos y las críticas de gran parte de los cineastas. Pues siempre hay docentes, becarios o cinéfilos entre amigos y parientes, aunque los abusos de unos perjudiquen a los otros. El ser nacional fraterniza con las conquistas gremiales, sus obras sociales y sus aportes solidarios. Y se identifica con Cavalieri, Viviani, Barrionuevo, Santa María, Moyano padre y Moyano hijos.

Pero la unicidad del coro reclamatorio gira 180 grados cuando de pagar se trata: nadie quiere compartir la carga de esos costos, si puede evitarlo. Y así, mientras unos operan "en negro", otros viajan a Chile, a Miami o Paraguay, y los más pobres compran en ferias marginales o en mantas de los manteros.

Está en la naturaleza humana sobreestimar los costos y subestimar los beneficios cuando se distribuyen gastos comunes. En un país infectado de populismo, habituado a vivir más allá de sus posibilidades y diezmado por bruscas redistribuciones de ingresos, ese instinto se encuentra exacerbado, con daño al capital social, socavado por la anomia, mientras se entona "todos unidos triunfaremos" y "combatiendo el capital".

Los agentes de Potrerillos y sus demás colegas aduaneros deben controlar que nadie saque los pies del plato y que todos compren caro en el país. Cada viajero debe pagar su parte de las carísimas gratuidades o costosos privilegios que nos caracterizan como nación autista.

Es obligatorio sostener la industria del juicio, las alícuotas de las ART, el transporte por camión, las cajas sindicales y los desvíos de sus obras sociales; la superpoblación de empleados en provincias y municipios (reflejada en tasas e ingresos brutos); los 3 millones de jubilados sin aportes; las pensiones por invalidez truchadas; los 20 millones de personas que reciben planes sociales; el subsidio a las petroleras (costo del combustible); los 1500 empleados del tren deficitario a Mar del Plata; los $ 23.000 millones de subsidios a los colectivos, otro tanto de déficit ferroviario y los $ 3000 millones para Aerolíneas Argentinas.

Costo argentino: acumulación geológica de retribuciones políticas, negocios espurios y festivales populistas. Una madeja confusa de exacciones recíprocas, donde se superponen los que se benefician y los que se perjudican; causa final de la brecha entre ricos y pobres que denuncian quienes fueron sus autores. Entre gastos y regulaciones, el flujo de dinero que cambia de bolsillos confunde lo digno y lo indigno, lo justo y lo arbitrario, el agua potable y las aguas servidas.

Algunos defienden sus privilegios como si fuesen los mejores camarotes del Titanic. Y quienes comienzan a ahogarse, tiran sus mercaderías en las zanjas o las regalan en la Plaza de Mayo. Los comerciantes incurren en evasión fiscal y fraude laboral, mientras los sindicatos denuncian el empleo no registrado (que no aporta a sus arcas) como si el tema les fuese ajeno.

Ante la perversidad de la herencia recibida, por años de sedimentación, derechos adquiridos e intereses creados, el Gobierno hace lo que puede hasta que consolide su autoridad política. Mientras apaga incendios con deuda externa, procura aumentar el universo de pagadores con la incorporación de jóvenes, veteranos y extranjeros.

Para los primeros, facilita la creación de empresas abreviando trámites y registraciones varias. A modo de sarcasmo, podría decirse que es un fast track para que los nuevos emprendedores asuman cuanto antes su parte de las exacciones fiscales, la litigiosidad laboral, la "solidaridad" sindical, el proteccionismo ajeno y las planillas de camioneros.

La regularización fiscal logró que, por amor o por temor, los más veteranos aceptasen, remisos, a entrar en el redil declarando ahorros amasados durante décadas de ocultamiento, para contribuir con su alícuota de costos y distorsiones. Que quizá fuese la mismísima fuente de sus declaradas fortunas. Los inversores extranjeros se demoran porque no quieren ser el pato de las bodas que regularmente celebran los argentinos, como ocurrió en 2001, cuando se aplaudió el default como la Vuelta de Obligado. Sospechan que les ofrecemos el título de grandes contribuyentes para honrarlos en un banquete nupcial donde fiscos, abogados y sindicatos los esperan ansiosos, con cuchillo, tenedor y servilleta al cuello.

La necesidad de realizar reformas estructurales no debe ser calificada como programa de ajuste, sino como un esfuerzo colectivo de recuperación patriótica. El oportunismo de la coyuntura electoral no debe opacar la visión de largo plazo. La Argentina debe ser reconstruida para no desaparecer del mapa como proyecto fracasado en un mundo competitivo, modelado por la revolución digital, creadora de nuevas industrias e impulsora de renovados desafíos.

Es indispensable alinear los esfuerzos con los resultados, el mérito con la retribución, la capacidad con el reconocimiento, la competitividad con el éxito. Los objetivos de progreso social, de inclusión, de equidad, nunca podrán lograrse cuando la riqueza colectiva se despilfarra en sobrecostos regulatorios, cuasi rentas inmorales, empleos redundantes, subsidios injustificados, facturas dibujadas, obras ficticias o contraprestaciones inexistentes.

Mientras no haya un consenso serio para hacer funcionar nuestra querida patria conforme las simples pautas de la decencia, el sentido común y la economía doméstica, el incentivo más fuerte no será trabajar ni cumplir con el fisco, sino esquivar el costo argentino.

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