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Nosotros, los bárbaros

Sábado 15 de julio de 2017
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Diversos temas relativos a los derechos humanos nos han impactado, como el rechazo de gran parte de la ciudadanía al fallo de la Corte Suprema que aceptó la aplicación de la ley del 2×1 en un caso de lesa humanidad y el informe del Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria de la ONU, que expresó que quienes se encuentran en "situación de vulnerabilidad" tienen mayor probabilidad de ser detenidos, al tiempo que advirtió sobre las amplias facultades de detención de la policía y el uso excesivo de la prisión preventiva.

Pero cabe preguntarse en este contexto: ¿la preocupación por los derechos humanos alcanza a todas las personas o algunos quedan excluidos? Baste pensar en quienes, por motivos de edad o de salud, no pueden hacer uso del derecho a la prisión domiciliaria.

En nuestro país, la necesidad de una profunda y veraz crítica es urgente, ya que abundan las injusticias, que implican desigualdades crueles. Con respecto a estas heridas que permanecen abiertas, nos parecen loables los esfuerzos en busca de una reconciliación que hasta ahora no se ha logrado. Para lograr la paz social es imprescindible que las voluntades de todas las partes se aúnen en la búsqueda de esa meta; mientras eso no exista, el fin estará lejos de concretarse.

La forma de ir al encuentro del otro humanamente, humanitariamente, y superar este doloroso espacio de nuestra historia es el conocimiento total de lo que realmente sucedió y la aplicación de la justicia. Justicia que debe interpretar y fallar según las leyes, sin legislar, sin omitir y, en lo posible, evitando las prisiones preventivas arbitrarias o de duración exagerada, que debe aplicar la ley más benigna y tratar a todos los seres humanos en un plano de igualdad, sin discriminar. Una justicia que sea el brazo que nos rescate de la venganza, lo cual nos humaniza y habilita a vivir como seres civilizados, en un contexto social confiable. Sin justicia, la posibilidad del diálogo, no digamos de la improbable reconciliación, es utópica. Precisamente, su ausencia, contaminada por la corrupción y el sectarismo político, no nos deja cerrar las heridas.

Revista Criterio

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