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El momento de recuperar la vida

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 16 de julio de 2017
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A veces las rutinas mezcladas con miedos tienden a fracturar las posibilidades de cambio y a mantener cerradas todas las puertas que ofrece aquella luz elemental que debemos ver para salir hacia lugares nuevos y comenzar a vivir de otra forma. Renacer en un ámbito ajeno forma parte de un misterio posible lejos de la tutela de costumbres tan arraigadas como nocivas. Liberarse y renovar el anhelo a días opuestamente diferentes parece en ciertos momentos esencial a la existencia misma. Nunca es tarde.

Se despertó y se dio cuenta de que finalmente su vida nueva tenía otra realidad. Tan real como todas las cajas y valijas cerradas que esperaban orden por cada rincón de la reciente casa. Aquel ruido cada vez más molesto que hacía años sonaba dentro de ella, arañando su alma, había llegado a un fin. Paso a paso debía aprender a vivir de nuevo dentro de un silencio que deseaba y temía. Tuvo que juntar tanto coraje para llegar hasta allí; una casa pequeña y acogedora distante del mundo citadino al que había pertenecido; en la mudez de unas colinas pedregosas, rodeada de frutales y una veintena de ovejas cara negra al cuidado de Juan, el granjero.

Foto: Ilustración Flor Sánchez Elia

Sus últimos 20 años de oficina y puntualidades la habían dejado al borde de la esperanza. Debía recuperar su inocencia y deseo para comenzar a celebrar la vida otra vez. Cuando encendió la hornalla para el café, sintió esa mezcla exaltada que vivía dentro de ella en los perímetros de la alegría y la angustia. Una extensa ristra de ajos nuevos colgaban de un gancho, una hogaza de pan y otras enormes botellas de aceite de oliva compradas al vecino ocupaban una mesa entera. No tenía apuro, sabía que el orden que la casa requería llevaría tiempo, pero sería más difícil aprender a vivir de nuevo. Con el café en la mano comenzó por ordenar los libros, sentía que quizá la acompañarían bien en las primeras semanas, no porque lograra leer, sino porque representaban en sus ojos símbolos de cobijo, afecto e individualidad.

Sabía que si en algún momento decidía volver temporalmente atrás para revisar espacios de su pasado, podía fácilmente subirse a un avión y desandar los pasos hasta el inicio. Sus ayeres de trabajo vertiginoso la habían dejado con holgura de recursos pero con el alma yerma, devastada de levedad.

Pensaba si una mujer sola a los 40 años viviendo en una granja estaría destinada al olvido, pero al mirarse en el espejo sosteniendo un decena de libros vio en sus ojos un brillo que había olvidado, sus pezones mantenían encanto, sus piernas tenían las mismas extensiones de la adolescencia coronadas por un pubis de asechanzas y su trasero abrupto moldeado por amores y sillones palaciegos. Aún aunaba gloria como una emboscada ardiente en ojos ajenos.

Pensó en Lady Chaterly y condujo sus fantasías hacia aquella mujer que revivió su pasión por la vida, en revuelcos voluptuosos de campiña con un guarda de coto de caza, que la llevaron al exilio y a la condena pública.

Con el transcurrir de las semanas comenzó a notar que sentía mas olores, como si su nariz fuera otra, olor a caramelo, a cáscara de limón, y debajo de sus brazos un perfume a almizcle.

Aquellos aromas que aparecían misteriosamente varias veces al día la incitaban a cocinar, y siempre terminaba sentada en una pequeña mesa frente al enorme ventanal, comiendo con una extensa servilleta blanca y una copa de vino.

Pasaron los meses y su casa estaba ordenada, aunque se había propuesto cuidar un pequeño desarreglo vital que la ayudaba a mimar aquel nuevo ámbito sin las obsesiones del pasado. El espejo devolvía de su cara un rubor rojo como el de los niños que pasan horas afuera, al viento, paspados de vigor esencial.

Sí, había recuperado su vida.

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