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Una rebelión de voces emergentes

Víctor Hugo Ghitta

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LA NACION
Domingo 16 de julio de 2017
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Estamos en el país de las primeras cosas: casi todas las noches, un grupo de artistas independientes, casi siempre muy jóvenes, exponen aquí a la mirada de un público curioso sus creaciones más tempranas (canciones, poemas, fotografías, pinturas) con el deseo afiebrado y los pequeños temores que provoca todo alumbramiento.

Es una casa antigua situada en el Abasto. Apenas se traspone la puerta y un pasillo breve, desde el patio semicubierto se escucha la música furibunda que llega desde la sala mayor y atraviesa el humo del tabaco y las conversaciones ruidosas. El lugar se llama El Emergente Bar y su ambiente es similar al de otros espacios donde músicos, poetas y artistas plásticos dan a conocer sus primeras obras, o poco más que eso. En esas tempranas tentativas suele apreciarse el pulso vital de quienes se rebelan ante las desigualdades del mundo, desnudan sus abundantes hipocresías y denuncian toda clase de sometimientos, movidos por el desencanto o la rabia, empecinados como están en cambiar el mundo.

A la izquierda de la entrada hay un saloncito muy simpático que en otro tiempo pudo ser el dormitorio familiar que daba a la calle Gallo. Se llama Lado B. En las paredes cuelga una serie de fotografías, la luz es tenue, el aire es el de una sala de ensayo, todo tiene el encanto de cierta precariedad. Está reservado a artistas principiantes que llegan con sus sueños a cuestas, frágiles pero al mismo tiempo potentes, con esa inocencia de las cosas verdaderas. Emociona verlos allí, deslumbrantemente jóvenes, todavía un poco niños para algunos padres que han ido a escucharlos, y sin embargo tan plantados frente al mundo, tan hermosamente desafiantes, tan cargados de futuro.

La primera vez que ingreso en la pequeña sala veo a una chica delgadísima sentada despreocupadamente en una silla. Tiene una sonrisa fresca y por eso hermosísima en el rostro de rasgos angulosos. No retuve su nombre, pero me acompaña todavía esa sonrisa escandalosa con la que me pareció que se resguardaba de las hostilidades de este mundo que atraviesan como flechas el cuerpo y el alma de una chica transexual. Pulsa en la guitarra unos acordes destartalados, lee dos o tres poemas, y en cuanto concluye cada uno de ellos la aplaudimos como un modo de celebrar el coraje y la nobleza de su grito desgarrado en favor de la libertad de elección sexual, pero también como una manera de abrazarla y darle cobijo, porque debajo de esos textos urgentes asoma un estado de indefensión y soledad que parece habitarla desde hace mucho tiempo.

Otra noche que sigo hasta allí a mi hijo sube a escena antes que él un muchacho de unos treinta años. Lee poemas y después un cuento, no sin antes advertirnos con gracia que lo que vamos a escuchar trae un aire de amargura. Lee con un sentido teatral, con una vehemencia apenas contenida, en algún pasaje con rabia, la historia de una despedida en la que es fácil adivinar el pesimismo de los existencialistas pero también la vitalidad poética de quien confía en que un mundo mejor es aún posible.

En el regreso a casa no puedo quitarme de encima el temblor de esa voz (en el temblor reverberan la emoción y la ira) ni la voz más pequeña de la chica transexual que ha venido a contarnos su historia, el modo en que las convenciones sociales (las ciegas convenciones sociales que provocan la intolerancia, la discriminación y aun el abuso) vienen sometiéndola con crueldad desde el mismo momento en que decidió ser ella misma y procuró seguir, contra viento y marea, su propio deseo.

Somos afortunados, pienso, de que haya tantos artistas, entre los ya consagrados, pero sobre todo en estos refugios donde los más jóvenes exhiben sus rebeldías, dispuestos a señalarnos las miserias del mundo y a abrirnos los ojos sobre esas y otras atrocidades en caso de que nos hayamos distraído.

Siempre ha sido así y nada habrá de cambiar en el futuro (salvo en los paréntesis sangrientos que puedan imponer bajo cualquiera de sus formas los totalitarismos), porque a nuestro pesar siempre habrá injusticias y persecuciones en el mundo, pero siempre habrá quienes, sobre un gran escenario o en la penumbra de un bar cualquiera, eleven hermosamente sus voces en favor de la igualdad y la libertad.

PLAYLISTMientras escribí este texto escuché: Canciones urgentes, Silvio Rodríguez; Silvio Rodríguez, Pablo Milanés. En vivo en la Argentina (1984)

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