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Qué hay detrás de la nueva estética de Cristina Kirchner

LA NACION
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Fernando Laborda
Martes 18 de julio de 2017 • 00:06
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Desde su aparición pública en la cancha de Arsenal de Sarandí y hasta su reciente acto en Mar del Plata, se ha señalado no pocas veces que Cristina Kirchner ha recurrido a una nueva estética, más propia de las campañas del macrismo que del kirchnerismo, y a un discurso mucho más moderado, comparado con el que salía de su boca en gran parte de su gestión presidencial. Sin embargo, este aparente cambio dista de constituir una novedad: las últimas experiencias preelectorales muestran que siempre ha habido una Cristina en campaña y otra Cristina en el poder.

Hay que remontarse a los meses previos a las elecciones presidenciales de 2007, ganadas por la actual candidata a senadora del Frente Unidad Ciudadana, para advertir una estrategia discursiva semejante. Por aquel entonces, el país estaba empapelado por afiches con el slogan "Cristina, Cobos y vos", que invitaban a una concertación de fuerzas políticas, a un amplio diálogo con los distintos sectores, a una mejor relación con todos los países del mundo y a una mayor calidad institucional. Y en sus mensajes públicos, la sucesora de Néstor Kirchner citaba a Leandro N. Alem y a Juan B. Justo. Lo que vino después de su triunfo electoral, empezando por su conflicto con el campo, tuvo muy poco que ver con aquellas promesas de campaña.

Dos años después, poco antes de las elecciones legislativas de 2009, un año difícil para el oficialismo kirchnerista, Cristina Kirchner aprovechó la celebración del 9 de Julio para lanzar un llamado al diálogo político que nunca se concretó. Se hizo así evidente que, frente a circunstancias complicadas, las convocatorias a la unidad eran meros intentos por comprar tiempo.

En 2011, cuando Cristina se postuló a su reelección como presidenta, ya sin su esposo, también estuvo distante de la mujer que gritaba y retaba a todos con el dedo acusador en alto, y lejos de embarrarse en peleas con sus adversarios, quienes tampoco se animaban a cuestionarla con dureza para no enfrentarse con la imagen de una viuda que tenía la pesada carga de gobernar.

Los actos de la presente campaña cristinista para el Senado, aun cuando sus arquitectos estéticos sean otros y ya no figure entre ellos el histórico Javier Grosman, poseen en común con las anteriores campañas que la tuvieron como protagonista una cuidadosa puesta en escena. Tan cuidada que, al mitin político realizado en el teatro Radio City de Mar del Plata el viernes pasado, ni siquiera se dejó ingresar cámaras de canales de televisión. Todo el acto fue transmitido y distribuido a los medios por equipos especialmente contratados por el kirchnerismo. Entre otras cosas, tal vez para evitar que las cámaras registraran a figuras recalcitrantes o sospechadas de corrupción y se concentraran en los nuevos actores de reparto del relato cristinista: los ciudadanos que cuentan sus penurias en lo que va de la era Macri y que parecen salidos de un casting.

Se advierte en el cristinismo un esfuerzo por exhibir a ciudadanos que bien podrían haber votado por Cambiemos en las últimas elecciones presidenciales y que hoy se muestran desencantados con la gestión de Mauricio Macri. Sin embargo, los relevamientos que hicieron los medios televisivos entre los asistentes al acto de Mar del Plata mostraron claramente que la amplísima mayoría de ellos formaban parte del voto cautivo del kirchnerismo. "Estoy acá porque amo a Cristina", "Siempre creímos en su proyecto", "Vengo a apoyarla porque hay que ponerle un freno a las medidas neoliberales", se escuchó entre los concurrentes. Se trataba de testimonios de ciudadanos convencidos de las bondades del modelo kirchnerista, de personas que siempre votaron a Cristina. Y no faltaban quienes, al ser consultados por los escándalos de corrupción de la era kirchnerista, optaban por desacreditar a los periodistas por sus preguntas supuestamente insidiosas.

La pregunta que aún no pueden responder con facilidad los estrategos de la campaña cristinista se relaciona precisamente con las acusaciones de corrupción que hoy tienen contra las cuerdas a no pocos ex funcionarios del gobierno kirchnerista y a la propia ex presidenta. No hay una clara salida frente a esos interrogantes fuera de denunciar una persecución política.

Fernanda Vallejos, la primera candidata a diputada nacional en la provincia de Buenos Aires, fue elegida por Cristina, tras escuchar los consejos de Máximo Kirchner y algunos dirigentes de La Cámpora, para que atacara el que presuntamente es el flanco más débil del Gobierno: el económico. La inexperiencia traicionó a la joven economista K en sus primeros contactos con la prensa: no sólo salió en defensa de Amado Boudou, sino que comparó al multiprocesado ex vicepresidente de la Nación con Juan Domingo Perón e Hipólito Yrigoyen, al tiempo que enfatizó que la corrupción era un "invento de los medios", mientras trascendía que ella había ocupado varios cargos públicos en forma simultánea.

Tras escuchar esas poco oportunas declaraciones públicas de Fernanda Vallejos, Cristina le habría dirigido un epíteto similar al que habitualmente le dispensa a su estrecho colaborador personal Oscar Parrilli, y ordenó que se llamara a silencio por unos días. Era obvio que la postulante a diputada necesitaba un media training.

"Lo mejor es escuchar a la gente y lo que le está pasando", es la nueva demanda de Cristina. Curiosamente, en ocho años, pocas veces se preocupó por escuchar a la gente. Ni siquiera inmediatamente después de la tragedia ferroviaria de Once de 2012, cuando optó por refugiarse en El Calafate para estar lejos de los familiares de las víctimas. Pero ahora, claro está, manda el marketing electoral.

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