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Mikhail Baryshnikov: "Ojalá pudiera ser más espontáneo"

El bailarín "más perfecto de todos los tiempos" habla de su manera obsesiva de trabajar, pero reconoce: "lo mejor muchas veces emerge de lo no planeado". cuenta que el triunfo de trump lo deprimió y se ubica en la vereda opuesta de Putin. antes de actuar en Buenos Aires, reflexiona: "el arte es una herramienta bella y educativa"

Foto: Fernando Maselli
Domingo 23 de julio de 2017
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PARA LA NACION
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BARCELONA

Sostiene una lámina del ascensor para ceder el paso a las cuatro mujeres y luego se adelanta con cortesía para abrir la puerta pesada de la sala. Solo personal, reza el cartel sin ironía que separa el hall del teatro de las oficinas; en el área donde está a punto de ingresar no habrá acceso a aquello que él considera privado, aquel precipicio donde el hombre emerge sobre el artista. El humo del té de manzanilla se agita con la brisa artificial del aire acondicionado. Simétrico, elástico, grácil, Mikhail Baryshnikov (69) impone respeto con su cuerpo y se convierte en el amo de un sillón de tres cuerpos. Ubica sus brazos en cruz sobre el respaldo y realiza un ejercicio abdominal con la espontaneidad de un estornudo. Levanta sus rodillas a la altura del pecho y luego estira los pies para que descansen sobre la mesa ratona. Lucha por encontrar las palabras exactas en un idioma extranjero. Prefiere la acción a la dicción. En la vorágine que significa una gira mundial y la coreografía de un artista nómade -aeropuerto, hotel, ensayo, conferencia de prensa, estreno, cena y función al día siguiente- mira detrás de la ventana la ciudad que lo alberga. La Sagrada Familia, la obra de arte que diseñó Antoni Gaudí, se erige en el paisaje de un barrio obrero donde se aglomeran talleres y negocios de repuestos de automóviles. El templo aún inacabado, la principal atracción turística de la ciudad mediterránea, está custodiado por andamios y grúas que prometen cumplir con el plan del arquitecto catalán. "Esa es la dicotomía de la vida", señala.

¿A qué se refiere?

Lo viejo y lo nuevo. El arte y esas máquinas.

El arte y esas máquinas. Dios y el hombre. Lo clásico y la vanguardia. Aquello que ya está consagrado y el proceso de construcción. Los feligreses y el turismo. Lo perenne y lo efímero. Y del enfrentamiento de los antagonismos, por un lado, al reflejo que los creadores ejercen en el arte y en sus pares, por el otro. Baryshnikov recorre el mundo con Letter to a Man, un espectáculo perturbador, inspirado en los Diarios, de Vaslav Nijinsky. Visualmente magnético, esta obra está dirigida por Robert Wilson con quien Baryshnikov ya había integrado una dupla creativa que agotó localidades en tantas ciudades del mundo con One Woman, acompañados en esa aventura por Willem Dafoe. Letter to a Man [que llegará a Buenos Aires en septiembre]es una odisea por una galaxia expresionista que se hunde en las memorias y en las anotaciones que el eximio bailarín Nijinski escribió durante su permanencia en un hospicio mental. En el momento de esta redacción, donde indagaba en el significado de la fe, la violencia, la masculinidad y la locura, ya había acariciado la fama mundial, mientras la esquizofrenia roía cada día su equilibrio.

¿De qué modo se vincula usted con Nijinsky?

Tenía algunas ideas muy modernas. Era un pacifista, definitivamente. Era una persona profundamente muy religiosa.

¿Y es usted religioso?

No, no. Crecí en una sociedad atea, pero creo en las cualidades excepcionales de un hombre y en la divinidad. Soy agnóstico en mis creencias, pero no ateo. A la vez creo que el ser practicante significa realizar un ejercicio espiritual, algo que es muy cercano a cualquier proceso creativo y que tiene que ver con aspectos usuales de la psiquis de los hombres.

¿Existe un vínculo entre la religión y el arte?

Un pintor, un bailarín, un escultor, cualquier persona que esté vinculada a una búsqueda estética requiere de una inspiración. Si excavás dentro de las motivaciones de estas personas, ese concepto está allí presente, con una motivación que puede ser interna o externa. Algunos contemplan el mar, otros leen, otros ejercitan profundos despertares a través de la relajación, otros van a misa. Cada uno es diferente.

¿Le teme a la muerte?

Como todos, imagino. Le daré la bienvenida a la muerte, si es inmediata. Me gustaría morir sin sufrimiento, preferentemente en medio de la noche, dormido.

¿Le teme a la locura? Sus dos espectáculos junto con Robert Wilson versan sobre este tema.

No lo sé. Claro que la locura inspira a los escritores, pero no sabemos qué es ni qué experimentan estas personas. Nadie en realidad volvió de la locura al mundo de los cuerdos y nos lo contó. Eso es lo interesante de esta literatura. En el caso de Nijinsky, imagino que él no controlaba esos trances, lo que pensaba ni lo que sentía. Era obsesivo, escribió esos diarios en sólo seis semanas en Saint Moritz, en Suiza. Estos pasajes donde todo es poético, coherente y bello, y, a la vez, todo se rompe como pedazos de porcelana.

Mencionaba la fragmentación en la obra de arte. Usted también es fotógrafo y una de sus musas es Pablo Picasso.

No en el sentido cubista. Me interesa que las fotos que hago estén fuera de foco y usar distintas velocidades de la luz. Me interesa la imperfección en el movimiento, como si pudiera captar esa especie de inhalación de las personas antes de que comiencen a hablar.

Foto: Fernando Maselli

¿Se cansa de tener que.?

¿De hablar con la gente? Sí (risas).

Le iba a preguntar si se cansa de explicar constantemente el método de su arte. No le gusta dar entrevistas, ¿es así?

Es que no tiene sentido. Son las cosas que hacemos para vender tickets, si no, no daría entrevistas. Cada uno sabe muy poco de la vida en general. Incluso yo, que trabajé toda mi vida en danza y en teatro, no sé nada de ella.

¿No sabe nada de la vida?

Nada de mi trabajo que se vincule a mi vida. No hablo de mi vida privada, pero de lo que estamos hablando, de trabajo, sí. Creo que hay algunas cosas que digo que no son necesariamente la realidad. Mucho de lo que digo no es cierto.

Hasta ahora, ¿fue honesto conmigo?

No. Al menos no en la mitad de lo que dije. Es que voy pensando las cosas durante el proceso en el que las voy diciendo. No quiero ser aburrido ni estúpido. Me estoy cuestionando a mí mismo mientras hablo con vos. Es como un ping pong. Me hacés una pregunta e intento contestar. Durante mis respuestas aparecen también otras ideas que quizá no tuve antes tiempo de pensar. No digo que lo que respondo sea exactamente así. Quizá hoy a la noche, en la habitación del hotel, pueda pensar un poco más y diga cuán estúpido fue lo que te dije o no, por el contrario, que piense que dije algo interesante.

Baryshnikov es un experto en las posibilidades y en las limitaciones que la masa, el peso y las dimensiones corporales pueden ofrecer o padecer. Obsesivo de la expresión, el arco se extiende también al discurso. Inmune a la estupidez humana y añejo en el universo de la autoexigencia, niega ser honesto -es imposible reproducir de modo transparente nuestros pensamientos- sin por ello pecar de mentiroso. Erudito en la creación efímera y artesanal y, concluido el encuentro y ya fuera del laberinto de ideas, Baryshnikov, como si fuese un espectador de su propia danza, desandará el recuerdo de sus declaraciones. El día posterior al encuentro con La Nación revista llamó por teléfono a la cronista, tal como aseguraba en su respuesta, para completar una idea y pulir otra.

El bailarín divide sus días entre Nueva York, donde dirige el Baryshnikov Art Center en la zona de Hell's Kitchen, y donde tiene su casa a orillas del río Hudson, y también en su propiedad en la cálida República Dominicana. Hace 40 años, luego de una gira por Canadá, decidió no regresar a la Unión Soviética con el resto de la compañía del Ballet Kirov tras pedir asilo político. Desde entonces no ha vuelto a pisar su país, una tierra que no le inspira nostalgia.

Con Letter to a Man llegará al Coliseo
Con Letter to a Man llegará al Coliseo. Foto: Fernando Maselli

Es para muchos críticos "el bailarín más perfecto" de todos los tiempos, epíteto que las masas desconocían cuando ingresó en Sex and the City para interpretar a la pareja de Carrie Bradshaw, apodado de modo poco original, el ruso. Este papel le valió el ascenso a un nuevo peldaño, muchas veces enclenque de la fama, que se llama popularidad y al que a Baryshnikov nada seduce. Su arte se mide y valora sobre el escenario y no por su verborragia e intermitencia en las redes sociales, de las que despotrica. Padre de cuatro hijos [Alexandra, con Jesica Lange, y Peter, Anna y Sofia, con su actual mujer, Lisa Rinehart], su madre fue una pieza fundamental para que a través del arte hallara la libertad en un régimen opresivo.

Buenos Aires será un escenario especial para Letter to a Man, ya que el público adora a Baryshnikov ("¡Milonga!", festeja mientras posa para las fotos y ensaya un paso). Los porteños también le profesaron admiración a Nijinsky, quien visitó la Argentina junto con Ballets Rusos, de Serguéi Diaghílev, en 1913. Hace más de un siglo, aquel bailarín mantenía una compleja relación sentimental con el director de la compañía (aparece mencionado constantemente en el espectáculo), pero este último decidió no acompañar en el viaje transatlántico a los artistas y fue precisamente allí, en medio del océano, donde Nijinsky conoció y sedujo a la joven y rica heredera Romola de Pulsky. Ya en Buenos Aires, pocas semanas después de haberse conocido, se casaron en la iglesia de San Miguel Arcángel, en pleno microcentro porteño. Una foto célebre, de Nijinski peinado a la gomina el día de su boda, sirve de prólogo y epílogo del espectáculo. Los diarios de Nijinski tuvieron una compleja travesía ya que recién a fines del siglo XX se pudieron conocer en su versión original: la viuda del bailarín había ocultado y corregido pasajes para que no apareciesen alusiones a la homosexualidad de su marido y para difuminar los trazos fuertes de su esquizofrenia.

"Letter to a Man es un auténtico tour de force. No trata sobre Nijinsky. No se trata de este bailarín en particular, sino que explora lo que un artista excepcional escribió y que, a pesar de su complejidad, se ha convertido en best-seller. No es teatro psicológico. Es teatro expresionista", dice el intérprete que con un frac y la cara blanca desarrolla más su veta de actor que de bailarín, aunque sí se mueva al son de los movimientos ideados por Lucinda Childs. La música ecléctica es obra de Hal Willner (el productor musical de Saturday Night Live), con fragmentos de composiciones de Tom Waits, Bob Dylan, Arvo Prärt y Alexader Mosolov.

Como el pensamiento, tantas veces alejado de la coherencia, en los doce cuadros de esta obra, fragmentos de una mente errática y torturada por la duda y la incertidumbre, las voces acechan a la criatura que compone Baryshnikov. Esta criatura, convertida por Wilson en una marioneta, va descendiendo lentamente en un túnel oscuro ("voy hacia la dirección el abismo"), donde en francés, en inglés y en ruso -el espectáculo cuenta con subtítulos-le susurran, le gritan, le aconsejan y le hacen cosquillas a esta alma atribulada. La obra está plagada de leit motivs, casi a modo de versos, que atraviesan los distintos cuadros, que funcionan como si de estrofas de una misma y gran poesía se tratara.

El sello del gran artista audiovisual que es Robert Wilson es la utilización de la luz. El mago de la iluminación trabajó con Lady Gaga, creó la ópera Einstein on the Beach, con Philip Glass, y The Life and Death of Marina Abramovic, una oda a la inmensa artista serbia. La luz tiene un uso narrativo que compone espacios y crea ambientes bélicos, alucinatorios y místicos. En un cuadro, pareciera que el espectador ingresa en una capilla, aunque no haya más elemento escenográfico que un banco.

Recién decía que no sabe nada de la vida, ¿y del arte? ¿No hay algo que haya aprendido tras tantos años de trabajo?

Soy una persona que practica un arte. Es una obsesión, una enfermedad. Alguien elige a esas personas para que tengan ese talento y, con disciplina, puedan unir esas piezas. ¿El talento es inteligencia o es un impulso interior? No lo sé. Ojalá pudiese ser más espontáneo. Lo que sé es que trabajo de modo arduo en examinar mis pensamientos.

Foto: Fernando Maselli

¿Todo arte es político? ¿Siempre hay un mensaje alrededor o debajo de la obra de arte?

No quiero politizar el arte. Mirá a los artistas alemanes que eran acusados de hacer arte degenerado, en la década del veinte y el treinta, y se los condenaba porque veían a la realidad con una luz diferente, rota. A los consejeros de Hitler no les gustaba ese arte porque eso que hacían no se parecía a la realidad, o al menos a la realidad en el modo en el que las masas así lo detectaban. Creo que el arte es una herramienta bella y educativa para purificar el interior de las personas.

¿Se siente un embajador del arte ruso que lleva sus textos alrededor del mundo?

No, los temas rusos y autores aparecen en las últimas obras, en las últimas cuatro o cinco obras, los poemas de Joseph Brodsky, relatos de Antón Chejov, Daniil Kharms, con The Old Woman. No estoy solo buscando lo ruso y mis próximos dos proyectos no tienen nada que ver con lo ruso.

¿Tiene un personaje preferido de la literatura rusa?

No, leo a los poetas y autores del siglo XIX y XX, pero no tengo preferencias.

¿Cuál es su recuerdo preferido de su infancia?

No creo que haya tenido la típica infancia feliz. Eso es interesante. Mi madre me llevaba todo el tiempo a ver ópera, a la filarmónica, al ballet, a las galerías de arte, a escuchar coros. Esas son los recuerdos más fuertes que tengo, de la primera vez que asistí a esos eventos. El olor del polvo de los teatros, el silencio de la gente. En esa época no había televisión y leía libros de hadas, no estaba ni siquiera en la escuela, tendría 5 o 6 años.

¿Qué dijo su padre, militar, cuando comenzó a bailar?

No tuvo nada que decir. Mi madre era una mujer muy simple que también estaba fascinada por todo lo visual que estuviese disponible en ese momento, sin importar el idioma en el que estuviese.

Vive en los Estados Unidos, conoció al presidente Barack Obama. ¿Cómo es vivir en estos momentos en los Estados Unidos?

Cuando Hillary Clinton perdió, mi esposa, algunos amigos y yo, quienes pertenecemos al centro y definitivamente a la izquierda, nos sentimos deprimidos. Estamos tratando de recuperarnos, de no permitir que la depresión nos detenga, porque esta situación es muy triste. Estamos desesperanzados, tenemos aún cuatro años más por delante. ¿Qué puedo decir? Intento no pensar, de lo contrario, me deprimiría más.

¿Cuál es su opinión de Vladimir Putin?

No respaldo al presidente ruso. Eso lo sabe todo el mundo. Es todo lo que me gustaría decir al respecto.

¿Hay algún hábito ruso que aún conserva en su vida cotidiana o alguna idea propia de esta cultura?

Bueno, soy bastante testarudo. Eso dicen de los rusos, que son cabezaduras.

¿Tiene alguna coreografía preferida?

Es imposible elegir entre cientos de coreografías, entre tantos creadores inteligentes con los que trabajé.

¿Hay algún músico o artista cuya música lo haga vibrar?

No quiero hablar de ello. Es algo privado.

¿Tiene algún sueño pendiente por concretar?

Ya es demasiado tarde en mi vida para ponerme quisquilloso. A veces vas hacia algo que está absolutamente en contra de tus planes, de tu alcance, de tus necesidades, y eso funciona mejor que ideas que habías preconcebido. Lo más productivo, muchas veces, emerge de lo que no planeabas.

Es curioso que usted lo diga, para quien la disciplina es fundamental para su arte.

Es que a mí me da lo mismo muchas cosas en la vida. No tengo ningún plato favorito, ni un vino, ni un licor, ni un músico. Pero lo que sí te aseguro es que si me concentro en algo, excavaré mucho y de modo muy profundo hasta llegar a obtenerlo.

1948

Nace en Riga, Latvia (ex Unión Soviética) hijo de padres rusos. Aún conserva su apodo temprano, Misha

1966

Recibe la medalla de Oro al mejor bailarín del Kirov Ballet, en Leningrado

1974

Emigra a los Estados Unidos, donde se convierte en el primer bailarín del American Ballet Theatre

1977

Es nominado al Oscar como mejor actor por su labor en The Turning Point, donde comparte escenas con Anne Bancroft y Shirley MacLaine

1979

Se une al New York City Ballet, donde trabaja con George Balanchine y Jerome Robbins

1990

Dirige el White Oak Dance Project, el proyecto que crea junto con Mark Morris para difundir la danza estadounidense contemporánea

2005

Inaugura el Baryshnikov Arts Center, en Nueva York, donde 700 artistas cada año participan en proyectos de distintas disciplinas

2010

Es nombrado Oficial en la Legión de Honor de Francia

El futuro

Realizará funciones de Letter to a Man en el teatro Coliseo de Buenos Aires del 7 al 10 de septiembre y prepara dos nuevos espectáculos

Asistentes de fotografía: Manuel Girón Pérez y Mónica Lou

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