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Macri contra los empresarios en la economía de la desconfianza

Marcos Novaro

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PARA LA NACION
Jueves 20 de julio de 2017 • 00:20
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La desconfianza mutua entre Macri y los empresarios es comprensible. Se conocen, o creen conocerse, demasiado bien.

Para empezar, los empresarios argentinos han conocido dos tipos de situaciones políticas en las últimas décadas. Con mayor énfasis incluso que el resto de sus connacionales. Así que es lógico que acomoden a ellas sus comportamientos y expectativas.

Han ganado mucho dinero durante gobiernos peronistas que crearon situaciones económicas y fiscales insostenibles.

Y han perdido dinero, o al menos han quedado escaldados con el riesgo de perderlo, durante gobiernos no peronistas, que tuvieron que desarmar esas bombas de inconsistencia, y en ocasiones intentaron crear un capitalismo más sostenible, sin mayor éxito.

Así que los empresarios creen enfrentar siempre la misma opción de hierro: oportunismo o escepticismo. Todo lo demás, las proclamas pro mercado, los desafíos pendientes del desarrollo, las alianzas de clase y cosas por el estilo son poco más que literatura.

¿Por qué con Macri va a ser diferente? Claro que son sinceros cuando hacen votos públicos o privados para que le vaya bien. Pero en mayor medida que el resto de los mortales ellos votan sobre todo con los pies: los intereses mandan y no pueden evitar subir sus precios ahora que nadie lo prohíbe, o demorar las inversiones a la espera de que bajen los costos, y si las cuentas no cierran, hasta cerrar o achicar sus plantas.

A Macri, encima, el hecho de ser él mismo un empresario sólo le ha servido hasta aquí aquel para perder por los dos flancos: ser considerado por los opositores un insensible y por muchos de sus pares un político improvisado. En ambos casos, alguien indigno de mayor confianza. Frente a eso, el punto medio superador es difícil de encontrar: Macri lógicamente tiene que desmentir que gobierna para su clase, hasta sobreactuando esa distancia que a los peronistas nunca se les reclama, aunque se debería (sus disgustos con el círculo rojo por la falta de cooperación, de inversiones, y la suba de precios proceden en gran parte de esta necesidad), y a la vez mostrar que es capaz de generar confianza y conducir al menos a su círculo social. Porque por algo se empieza y es mejor empezar por el propio vecindario.

La confianza se puede tentar con certidumbre y la certidumbre se puede comprar con dinero. Así que el primer e imprescindible desafío ha consistido en financiar la transición. Toma de deuda y blanqueo mediante, eso parece de momento más o menos resuelto.

Aunque con eso no alcanza: también hay que alinear los incentivos, para que se vuelva cada vez más costoso desconfiar y sea más redituable y atractivo confiar. Y en este terreno las cosas se complican, porque el gradualismo no ayuda y las promesas no son demasiado convincentes. A veces incluso llegan a ser en ocasiones llanamente contradictorias entre sí: por caso, que se van a reducir impuestos y el déficit público al mismo tiempo, ¿no es acaso difícil de creer, más todavía después de lo que sucedió con el sinceramiento de las tarifas y la inflación?

Y si la respuesta oficial es que todo puede compatibilizarse, estirando los tiempos, vienen las repreguntas: ¿un tránsito tan lento no terminará fomentando los bloqueos, convirtiéndose en parálisis? ¿Alcanzará la plata de afuera para tender el puente hacia una fase de expansión no amenazada de nuevo por inconsistencias insalvables, entre otras cosas, por la resultante del peso creciente de esa misma deuda?

La respuesta de un empresariado acostumbrado a la inestabilidad -y, por consiguiente y muy razonablemente, a privilegiar el corto plazo y las ganancias seguras- volverá a expresarse con los pies: esperar y ver. Los hombres de negocios primero quieren ver si el Gobierno derrota a Cristina y despeja el camino; después querrán ver si logra hacer aprobar sus leyes de reforma y, más adelante, querrán comprobar que ellas se apliquen y den resultados consistentes, no contradictorios. La trampa del gradualismo queda así a la vista: anuncia mejoras que ya van a llegar, con lo que alienta a los potenciales beneficiarios a esperar hasta que se hayan concretado, y en el ínterin, alienta antes que a colaborar, a protegerse de eventuales reversiones y sacar todo el provecho posible del statu quo, por más moribundo que luzca.

En un modesto ejercicio de voluntarismo político, el gobierno está buscando reforzar la certidumbre con la idea de que hay Macri para rato: el rumbo se va acelerar luego de las elecciones, dice, y aunque todavía lo respalde apenas la primera minoría será la única capaz de ganar elecciones durante un buen tiempo, el suficiente para que la confianza prospere. Con la invalorable ayuda de un peronismo cada vez más dividido ese mensaje puede resultar más o menos convincente.

Pero sería bueno apuntalarla con algo más. Por ejemplo, con la ayuda de costos crecientes y beneficios decrecientes que compensen los problemas generados por el gradualismo: es decir, cambiarles sus cálculos a los empresarios cobrándoles un impuesto a la desconfianza. Una vía podría ser establecer que cuanto antes inviertan, blanqueen a sus empleados y empiecen a exportar, recibirán más ventajas. Un programa decreciente de alicientes que evite de paso que se creen nuevos cotos de privilegio luego difíciles de remover, y anticompetitivos. Algo parecido funcionó bien con el blanqueo de capitales, así que podría aplicarse la misma lógica a otros asuntos sin mayores sacrificios fiscales ni otras complicaciones.

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