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Con frío y desconfiados del Gobierno, las historias de los sin techo

Una recorrida por los lugares donde viven estas personas que, pese a las complicaciones, muchas veces rechazan los paradores oficiales

Miércoles 19 de julio de 2017
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LA NACION
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Foto: LA NACION / Agustín Marcarian

Restan minutos para la medianoche, el frío polar corroe los huesos, pero Chiara, de casi tres años, ya revoleó su gorro de lana y ahora intenta sacarse la campera. Carla, su madre, la ataja, y ella patalea en la vereda. "¡No te tires al suelo que se te ensucia la ropa! -ordena la mamá, de 34 años-. No por vivir en la calle tenés que estar toda sucia". Si nadie las viera allí, al lado de cuatro colchones de dos plazas apilados, que en minutos más, desplegados en hilera, conformarán una de las tantas ranchadas del centro porteño, pocos imaginarían que desde que Chiara nació madre e hija viven en la calle, en una de las cortadas del Palacio Pizzurno, en a metros de Rodríguez Peña y Paraguay.

No están solas. Son ocho en ese campamento, entre amigos y familiares que rehúsan guarecerse en alguno de los 32 paradores con un cupo total de 2300 plazas del BAP, el programa de asistencia Buenos Aires Presente. El grupo ya fijó su "residencia permanente" allí. Salvo por esporádicas estadías en un hotel de Constitución, Chiara no tiene registro de lo que es dormir bajo techo, sentir el calor de un hogar. El limbo callejero, la ristra de caras anónimas que se suceden cual videoclip mientras su madre vende Kleenex por la ciudad, son sus "dibujitos", sus estímulos cotidianos. Desempleada desde que salió de la cárcel por robo, delito en el cual no reincidió, asegura Carla, nunca consiguió empleo. No por los antecedentes -dice-, sino porque "nadie emplea a alguien como yo". Durante 10 meses cobró un subsidio habitacional de $1800 que, asegura, el gobierno ya no le renovó.

La Comuna 1, desde Retiro hasta Constitución, es el bastión más elegido para pasar la noche entre los sin techo. Alberga, mayoritariamente en veredas, al 35 % de las 1066 personas en situación de calle relevadas en abril por el gobierno de la Ciudad, la Defensoría porteña y la Asesoría Tutelar de Menores. Aunque las ONG cuestionan esa cifra.

Al margen de las disputas estadísticas, una recorrida anteanoche de LA NACION mostró gente durmiendo en veredas, plazas, estaciones de trenes, bajo autopistas y en las entradas a cajeros automáticos, hospitales e iglesias en muchas de las 15 comunas porteñas. Desde Núñez, San Telmo hasta Caballito, en las historias de quienes duermen a la intemperie asoma un denominador común: el rechazo al "régimen carcelario" -aducen- de los paradores, los robos frecuentes, la falta de un lugar donde resguardar sus posesiones y, sobre todo, los problemas de convivencia en las habitaciones colectivas.

La historia de los sin techo
La historia de los sin techo. Foto: LA NACION / Agustín Marcarian

Mala convivencia

"Te meten con cualquiera: la desquiciada que a los gritos te ordena que calles a tu hija, la mugrienta que te contagia los piojos y hasta la agresiva que te da un tortazo. Ya estuve en la cárcel, no quiero otra", dice Carla.

A excepción de los grupos ya formados, en los paradores la convivencia entre la gente en situación de calle es ríspida. Se ven como enemigos, como cazadores y presas. La ley de la selva está instalada en los refugios. Hay conflictos reiterados, sin mediación y resolución.

Por más persuasión y lazos de confianza que las patrullas de asistentes sociales logren entablar con la gente que vive en la calle, su negativa a dormir bajo techo con desconocidos será rotunda. Agradecerán la ropa de abrigo, la frazada, la sopa pero seguirán eligiendo la calle, según los testimonios recogidos por LA NACION. "El parador no nos sirve", esgrime Carla, que tiene otros tres hijos mayores de su primera unión, ahora al cuidado de su abuela paterna en la provincia. "Del parador tenés que irte temprano a la mañana llueva, truene o granice. Lo que yo necesito es un techo estable y un trabajo que, cansada, ya dejé de buscar".

Existe, al parecer, algo de desinformación cuando se contrastan sus dichos con los del gobierno porteño, que desde diciembre abrió el régimen de acogida a 24 horas (salvo para los tres del Operativo Frío, que funcionan en clubs de barrio), y extendió los 7000 subsidios habitaciones ($2500 a $4500) para que puedan ser renovados mes a mes, según aseguró Maximiliano Corach, subsecretario de Fortalecimiento Familiar y Comunitario. Colocaron, dijo, lockers en siete de los albergues y habilitaron un depósito para posesiones en Pedro de Mendoza 3865, en Barracas. Demasiado lejos: está a 7 km del microcentro.

En la vulnerabilidad callejera, Carla sólo confía en los miembros de su ranchada. Mientras conversa, un hombre que paseaba a su perro, se acerca con una bolsa con ropa de abrigo en buen estado, que ahora se acumula en un pilón cerca de los colchones. Por turnos alguien siempre custodia las pertenencias.

Foto: LA NACION / Agustín Marcarian

Cerca de la Iglesia

Desde hace más de 10 años que María Rosa Ortega vive como nómade entre Palermo y Barrio Norte, para estar cerca de la Iglesia Espíritu Santo. Cambia de lugar para evitar que la desplacen de un lugar fijo. Ahora desplegó revistas y ropa vieja en la vereda y apoyada en la cortina baja de un negocio en Paraguay y Salguero, improvisó un lecho, sin colchón. El suyo fue robado. Tiene 60 años, y un rostro tan ajado que parece una anciana. Nació en Las Piedras, Uruguay, y a los 18 cruzó sola el charco para trabajar como mucama con cama. "Un día me volví vieja y ya no pude trabajar más. No me quedó otra que la calle", relata. Rehén de sus creencias, asegura que no se puede luchar contra la propia naturaleza: "Siempre fui pobre y fea, no tuve novios ni suerte, pero cuando reencarne, porque yo creo en otras vidas, quizás me toque otra cosa", dice.

Rosa habla con templanza y sin autoconmiseración. No recibe pensión, jubilación ni subsidios. En su década como trashumante jamás durmió en un parador ni piensa hacerlo: la atemoriza la gente extraña. Algo en su discurso delata que más que temor, lo que siente es un pánico visceral a dormir con extraños. También se resigna de que todos los días le roben cosas: las frazadas, el colchón, la ropa que le dan. No le interesa atesorar pertenencias. Solo lo justo, dice, para moverse con más libertad e ir al baño tranquila en la iglesia. Hasta hace un mes, se bañaba una vez por semana en la casa de una señora que le facilitaba el aseo. Roto el termotanque, ya no sabe adónde recurrirá. Su rutina no cambia: de día lava su ropa en una canilla que le presta un portero, le gusta barrer y pasear, compra yogur con las monedas que le dan y se alimenta con los platos calientes que vecinos suelen acercarle. "Ultimamente, comida no me falta: hoy almorcé unos ñoquis riquísimos. Ahora otra señora me trajo esta sopa. Pero hay días en que debo correr la coneja". La gente del BAP la conoce bien, cuenta ella. "Son amables pero ya les dije que no insistan, allí no voy a ir", enfatiza.

En las arterias de Palermo o Núñez los casos como el de Rosa se repiten con otras particularidades. Sobre Luis María Campos, o Cabildo, varios cajeros lucen ocupados por mujeres de edad. Hay que llegar a la esquina de Rodríguez Peña y Córdoba para toparse con otro tipo de ranchada. Son cuadro amigos cartoneros de entre 40 y 50 años, instalados allí hace meses. Leo pasó unos años detenido por robo a mano armada. La experiencia en Marcos Paz, dice, le mostró "que no hay peor cosa que estar encerrado". Salió y desde entonces cartonea. Fabián es hijo de desaparecidos. Vende CDs y objetos reciclados sobre un paño. Marcelo, el cordobés, trabajaba de changarín con rollos textiles. Inmune a la luz refulgente de las marquesinas, Alberto duerme, entre botellas de whisky y bocanadas de porro. Respetan las reglas de convivencia con los comerciantes de la cuadra, que no se quejan. A las 8. A.M levantan campamento. Guardan los colchones sobre la copa de un árbol, piden al kiosquero agua caliente para el mate y salen a cartonear. "Los del gobierno son joda -se ríe Marcelo- para llenar el papeleo para un subsidio te piden un domicilio de contacto".

Es cerca de la 1.A.M, y les faltan frazadas para enfrentar al frío. En el 108, los 12 operadores no dan abasto atendiendo las llamadas. Nadie contesta. A pesar del escuadrón de 43 móviles que anteanoche rastrilló la ciudad, de las 700 personas abocadas al Programa Frío, algunos no podrán ser socorridos. De regreso al "puesto" de Rosa, la ironía impacta: entre las revistas viejas desplegadas como aislantes térmicos, en un artículo el titular reza: "La noche más larga". Rosa duerme. Tal vez sueña que reencarna.

La historia de los sin techo
La historia de los sin techo. Foto: LA NACION / Agustín Marcarian
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