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El amor, ese motor del mundo

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 23 de julio de 2017
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Foto: Flor Sánchez Elia

Confieso, ya es de noche, estoy sentado otra vez en el asiento de un avión, pienso en mis valijas que viajan conmigo, en las cosas que llevo; lapicera, mi costurero con los retazos de parches y una colección nueva de agujas espléndidas para cuero, mis acuarelas y cuaderno con una decena de desnudos, un saco nuevo, tres libros para Heloisa: dragones, Egipto y los dioses griegos. Recorro las esquinas y los llanos de mi memoria. Hay lugares con sol. También sombras. Me veo caminando por Roma mientras miro fuentes, esquiando por los bosques silenciosos de lengas de Chubut, sumergido debajo de las olas con mis hijos y mi amor en Brasil. Cantando y grabando La Paloma, boca con boca, los labios tocándose, en un estudio de grabación en Nueva York, somos amantes, sentados en el piso con nuestras piernas en roces, entrelazadas, tan cerca, los técnicos absortos por la proximidad, por horas. Sirviéndole y trozando con mi cuchillo un pedazo de lomo al primer ministro de China, los dos agazapados debajo de una vaca entera con cuero, caminado sobre las cenizas, mirándonos a los ojos.

Recuerdo: hace mas de cuarenta años una francesa que amé en un tren que iba a paso de hombre por la campiña francesa, alborotadamente juntos sin hablar, colgados de los peldaños del vagón en una noche muy oscura. A la mañana siguiente la busqué por todos los vagones; nunca más la vi. Jamás supe su nombre, pero recuerdo nuestro amor y olor como un grito de soledad y me viene a los labios la poetisa uruguaya Idea Vilariño: “Ya no será/ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo/no coseré tu ropa, no te tendré de noche/no te besaré al irme, nunca sabrás quién fui/por qué me amaron otros. (...) No me abrazarás nunca como esta noche, nunca./No volveré a tocarte. No te veré morir”.

En mi corazón, sin poder medir o cuantificar la vida, lo más lindo que tengo es la posibilidad de amar, aquella luz dada que guardamos y cuidamos en cada uno de nuestros bolsillos como un tesoro, como si fuera nuestra, sin imaginar que quizás un día se pueda apagar. Hay amores que duran un día y otros añares, pero todos nos van formando. Sí, somos un conjunto de fragmentos de pasiones, porque, aunque con finales estrepitosos, no debemos olvidar que fuimos felices.

Nos enseñan que el amor es puro, que el amor es esto y lo otro. Pero de verdad nadie puede enseñar sobre el amor porque es tan único como puro. O sucio. Es en verdad el motor del mundo. A veces todo parece parar como si nada o nadie creciera, y de pronto un gesto de amor da aquel empujón y nos encontramos otra vez caminando sin vacilar, con fuegos en los pies, construyendo en porfias los más hermosos castillos donde se vive de a dos. Como las enormes mariposas del noreste de Brasil. Se columpian entre los ipés en flor en las colinas que dan al mar entre rituales y aguas de coco.

Puedo contar casi todo de cada uno de mis autos, en cincuenta años. Que me llevaron por distintos caminos: autopistas, ripios, senderos de nieve, de arena, mis hijos apilados atrás cantando, comiendo, durmiendo. Quizás algunos de los aviones que me dejaron como una semilla sin germinar fueran hermosos puentes, en países distantes y remotos: Bután, Malasia, Indonesia, Vietnam, África. Algunas de las casas donde viví con ganas, en París, Buenos Aires, Bariloche, Nueva York, San Pablo, California, Trancoso, Mendoza o Uruguay, entre otros lugares. Cuántas miles de veces metí mis manos en la harina para hacer pan. Un amor que resume esperanza.

“Sólo puedo abrazarte, tomar tu mano, buscar tus labios, levantar tu pollera y ser aquel demonio que deseas y también el ángel que te cuida. Sólo puedo ser este fragmento que te ofrezco, no es pereza o desinterés son tan sólo mis años que me han hecho esto que soy.”

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