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Joven y romántica, la pareja debió luchar entre el amor y la religión

Vivieron una historia de amor sin fronteras; pensaron que habían superado todos los obstáculos pero hubo uno, inesperado, difícil de vencer

Señorita Heart

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PARA LA NACION
Viernes 21 de julio de 2017 • 00:26
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Foto: Pixabay

Fue amor a primera vista. No habían llegado a la segunda década de sus vidas y el destino las cruzó en una historia tan intensa como complicada con todos los condimentos necesarios para dejar marcas imborrables en sus corazones. Corría 2011 y exactamente un año atrás Florencia, con tan solo 18 años, le había confesado a su madre que era bisexual. "Ya sé, estuviste nueve meses dentro mío", le dijo a su hija y la cobijó entre sus brazos como cuando era pequeña. Esa frase, tan simple pero tan fuerte a la vez, le dio el empujón para enfrentar los obstáculos que la vida le depararía con otra actitud.

Florencia y Camila se conocieron en una página de citas. Pasaban horas hablando en línea y contaban los minutos mientras trabajaban con el único pensamiento de llegar a sus casas y conectarse virtualmente. "Chateábamos con mucho entusiasmo, nos quedábamos hasta la madrugada conversando de todo, de planes, de proyectos y hasta incluso soñábamos con la posibilidad de vernos en persona algún día", recuerda Florencia. Finalmente, cuando en marzo concretaron el primer encuentro, el misterio por fin se habría de revelar. Habían decidido ir al BAFICI, el Festival de Cine Independiente que ya es un clásico en la agenda cultural de la Ciudad de Buenos Aires. "Mi panza temblaba, los nervios me estaban matando y la ansiedad me comía por dentro. Necesitaba conocerla, saber si la persona con la que me escribía todos los días era verdadera. Cuando la vi, de inmediato supe que ella era la persona que había estado buscando", dice Florencia.

Previa parada al cine hicieron un pícnic en los Bosques de Palermo, hablaron sin temor ni vergüenza, se contaron los secretos más íntimos y sintieron que eran la una para la otra. Fueron al cine, vieron la película "Twenty Cigarrettes" y aunque la proyección no captó por completo su atención sentían que estaban pasando el mejor momento de sus vidas. "Yo la miraba, la observaba y sonreía. Mi corazón latía acelerado y mi respiración se entrecortaba. Nunca había sentido algo así en mi vida", confiesa Florencia. Antes de despedirse, acompañó a Camila hasta la parada del colectivo y, aunque no hubo un beso que sellara ese primer encuentro, el sabor que les dejó la salida fue dulce y reconfortante.

Pasó un mes hasta que volvieron a verse. Era abril y el otoño empezaba a pintar las calles de la ciudad con colores grises y los primeros días fríos no se hicieron esperar. Se encontraron en una plaza y, con la luna de testigo, se dieron el primer beso de muchos que contarían en su historia. "Desde ese día no me la pude sacar más de la cabeza. Me atraía todo de ella: su sonrisa, sus ojos avellana, su risa, sus historias, sus ganas de conocer el mundo. Estaba locamente enamorada", asegura Florencia. Pero los problemas no tardaron en aparecer y todo lo que alguna vez había sido simple y romántico se fue apagando a medida que el deber ser y la moral se impusieron con el peso de la ley.

Foto: Pixabay

El comienzo del fin sucedió con un viaje en moto. Camila y Florencia habían ido de visita a la casa de unos amigos y, en el trayecto, los padres de Camila no dejaron de llamarla a su teléfono celular para saber dónde estaba. "Ella no había podido atender justamente porque estaba arriba de la moto. Cuando nos fuimos de la reunión con nuestros amigos, la alcancé hasta su casa y desde ese momento todo se complicó. Los padres se habían enterado que estaba saliendo conmigo a través de Facebook: Camila había dejado abierta su cuenta, su mamá leyó las conversaciones, supo que estaba saliendo conmigo y cuando llegó a la casa le dijeron de todo", explica Florencia. Es que los padres de Camila eran católicos y entendieron que su hija había tomado el camino "equivocado" y debía volver a su "condición" natural, una chica heterosexual. Desde ese día le prohibieron a Camila ver a Florencia, la encerraron en la casa y sólo la autorizaron a asistir a la facultad acompañada por su madre. "Entonces, para poder verla, me iba hasta su facultad, la veía por diez minutos, le daba las cartas que le había escrito y le llevaba golosinas. Así nos arreglamos para vernos por un tiempo pero sus padres me llamaban constantemente amenazándome con que me iban a denunciar por haber convertido a su hija en una tortillera", recuerda con tristeza y dolor Florencia.

Camila vivía, paradójicamente, un infierno en su propia casa. No tenía espacio, ni privacidad ni derecho a decidir por su cuenta. "Recuerdo que me contaba que la madre la acompañaba al baño mientras ella se duchaba, le leía la Biblia y le decía que recapacitara sobre su comportamiento. Finalmente ella no aguantó más y dejó la casa de sus padres", aclara Florencia. Y aunque los padres hicieron una denuncia porque su hija había desaparecido, la Policía reconoció que Camila era mayor de edad y podía decidir qué hacer con su vida. A medida que pasó el tiempo, las tensiones se fueron suavizando pero nunca nada volvió a ser igual. "El padre de Camila, a la larga, antes que perder a la hija, trató de entender y quiso conocerme, mientras que la madre siguió con su postura durante años. Recién en nuestro cuarto año de relación y en una situación muy inevitable me conoció. Creo que el paso del tiempo hace que las personas cambien o entiendan o cedan ante algunas cosas", reflexiona Florencia.

El tiempo pasó, sanó algunas heridas pero dejó marcas que fueron difíciles de superar. Camila y Florencia nunca logaron reponerse de aquellos momentos en que todo parecía imposible y, a pesar del amor que se tenían, la historia llegó a su fin. "Ella fue la persona que me enseñó el verdadero significado de amar y por eso le voy a estar eternamente agradecida".

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