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Una invención dálmata de música y chocolate

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 23 de julio de 2017
Foto: Shutterstock
Foto: Shutterstock.

El palacio de Diocleciano fue uno de los más importantes construidos por los romanos. Este imperio ya había alcanzado su cenit y veía el comienzo de su decadencia, todavía tratando de mantener sus territorios con mano fuerte y una especie de hastío general.

Diocleciano había establecido la tetrarquía romana (sistema de alternación de poder entre Augustos y Césares) y en el momento de su retiro voluntario, el emperador decidió tomarse un descanso, después de promover una campaña de persecución a los cristianos, y disfrutar de unas buenas vacaciones.

Para eso eligió el lugar que lo vio nacer y, precisamente, ahí construyó un magnífico palacio de 38.000 metros cuadrados, amurallado, una mezcla entre residencia imperial y fortaleza, que comenzó a edificarse en el siglo III, para concluirse en el siglo IV.

De las entrañas de este regio edificio y de sus murallas creció y se desarrolló la ciudad más grande de la Dalmacia y una de las perlas del Adriático: Split, llena de sol y rodeada de las cristalinas aguas de este conocido mar.

A ella había llegado durante el mediodía y me había encargado de caminarla como Dios manda.

Porque si hay algo que tiene Split (como muchas de las ciudades de la Dalmacia y espero hablarles muy pronto de otra de sus joyas, como lo es Hvar y la impresionante Dubrovnik) es una mezcla perfecta de belleza, rincones de ensueño y mucha historia, todo muy bien conservado.

De hecho es impresionante llegar al peristilo que formaba parte del palacio y pararse enfrente de una esfinge que cuenta con miles de años de antigüedad. Otra opción es ingresar a la catedral de Sveti Dujam (San Dominus), en su momento mausoleo de Diocleciano, para pararse bajo su cúpula pensando en sus cientos y cientos de años de funcionamiento continuo. La catedral fue declarada Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1979.

Pero, como les dije antes, esta ciudad no se construyó durante el paso de los años sobre las ruinas del palacio, sino que engulló al palacio en su interior y armó a partir de él un sistema de angostas calles llenas de, entre otras construcciones, palacios góticos de estilo veneciano, viejos mercados de pescado (con sus puestos de piedra y mármol) y un sin fin de restaurantes ofreciendo una gran variedad de productos típicos.

Por eso, después de haber batido récords de pasos dados, decidí pasar a visitar a uno de los personajes más simpáticos de la ciudad, el rey del chocolate y un gran cantante aficionado: Marinko.

Describirlo sería difícil pero imagínense una especie de Ed Wood o Domenico Modugno (está permitido googlear): un croata y con alta onda, líder de la banda Fon Biskich & Narodno Blago y consumado entrepreneur.

Además del cerebro detrás de una gran idea, porque nadie como él pudo lograr fusionar sus dos grandes pasiones: la música y el chocolate.

¿Cómo lo hizo? Esto lo descubrí cuando me acerqué a su pequeña tienda, situada en la calle Dioklecijanova 6, rodeado por la más fina selección de chocolates de máxima pureza. Al llegar me paré frente a un tocadiscos: bajó la púa y comenzó a sonar un cover suyo en croata de la famosa canción Guarda che Luna, de Fred Buscaglione (imperdible tema).

No sólo lo cantaba y bailaba apasionadamente ante mi incrédula mirada. Mi sorpresa fue mayor aún cuando sacó el disco, me miró y literalmente le dio un mordisco saboreando su creación.

Una gran balada ítalo-croata al 90 por ciento de puro cacao...

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