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La carrera espacial se muda a Asia

Por razones geopolíticas y económicas, China, Japón y la India avanzan en sus objetivos de concretar viajes tripulados a la Luna y Marte en el corto plazo

Domingo 23 de julio de 2017
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PARA LA NACION
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Ilustración: Alejandro Agdamus
Ilustración: Alejandro Agdamus.

A simple vista, ganar una guerra es mejor que perderla. Pero la serie de acontecimientos que provoca el fin de una contienda no siempre es beneficiosa en todo ámbito. El triunfo de los Estados Unidos en ese singular partido de ajedrez que fue la Guerra Fría contra la Unión Soviética trajo en su regazo también un cierto olvido de uno de los campos de esa batalla: el desarrollo astronáutico.

Tras los golpes en ese terreno (ese "no terreno") de los rusos y sus forzados aliados al inicio de la era espacial (los Gagarin, Laika, Teréshkova y Mir de los años 50 y 60), los norteamericanos dieron vuelta el partido con las exitosas misiones Apolo y aquellos doce hombres que pisaron la Luna (no fue sólo el Neil Armstrong que guarda la memoria colectiva), lo que requirió un inédito esfuerzo económico de hasta el 10 por ciento del presupuesto federal del país. Ver al competidor ruso reducido, sumado a problemas y cuellos de botella (como el desastre de los trasbordadores Challenger y Columbia), contrajo los músculos espaciales de los Estados Unidos; mientras tanto, florecieron las planificadas economías asiáticas hasta que de repente están en condiciones de competir de igual a igual.

Por todo esto no resulta extraño, aunque sí desacostumbrado, decir que ahora la carrera espacial se ha mudado al Lejano Oriente. Y son tres las potencias que se sacan chispas para ver quién llega más lejos, con (spoiler alert!) China a la cabeza también aquí. Algunos datos recientes: Japón anunció que enviará un astronauta a la Luna en 2030; China ya prepara a cuatro taikonautas (los llama así) en laboratorios sellados, para conseguir ese objetivo, más vagamente, "dentro de las próximas dos décadas", en tanto que la India tiene todo listo para la misión lunar de 2018 (sin seres humanos), entre otros avances.

"Esos tres países ya han hecho cosas importantes sin tanta alharaca mediática. Son potencias que tienen la vista clavada en un viaje tripulado hacia 2030. Pero China ya puso un robot en la superficie de la Luna en 2013, Japón ha mandado naves a asteroides y la India envió naves no tripuladas a Marte en 2014", detalla Mariano Ribas, jefe del área de astronomía del Planetario Galileo Galilei de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Para él, no es un dato menor que China haya sido el tercer país en enviar astronautas a su cuenta y riesgo al espacio en 2003 (mismo año de la tragedia del Columbia).

Por su parte, Diego Bagú, director de Gestión del Planetario de La Plata, coincide y sostiene que China ha movido todo el tablero. "En todos los contextos los Estados Unidos se quedaron sin competencia después del final de la Guerra Fría, y en el espacio se sintió mucho. A su vez, el avance chino fue muy rápido. Su programa lunar es muy fuerte y, sin ir más lejos, en los próximos meses lanzarán una sonda espacial con la idea de descender sobre el lado oculto (no oscuro) de la Luna. Será el primer país nación en hacerlo con el objetivo de poner astronautas ahí alrededor del 2030.

Una nación innovadora

¿Por qué las potencias asiáticas, y en especial China, dedican tanto esfuerzo económico a una exploración de por sí onerosa? Como de costumbre en inversiones estratégicas, se mezclan razones geopolíticas con otras de orden netamente económico. "El desarrollo espacial chino es casi un derivado natural del proyecto de ciencia y tecnología que el país lleva adelante desde hace unos cuatro planes quinquenales", sostiene el investigador Gustavo Girado, director de la especialización en Estudios chinos contemporáneos de la Universidad Nacional de Lanús. "Podrían llamar la atención Japón o la India, con dinámicas más occidentales, pero no tanto China, que es la economía con más patentes registradas del mundo y tiene un alto grado de planificación. Todo estos logros no son producto de una decisión acalorada, sino de una intención política de modernizar su aparato productivo y convertirse en una nación innovadora, lo que se traduce entre otras cosas en su ambicioso programa espacial", agrega Girado, quien además es el autor del flamante ¿Cómo lo hicieron los chinos? (Astrea).

"Antes de la reforma, China ya contaba con capacidades tecnológicas desarrolladas en el área nuclear, en tecnología de armas durante el maoísmo, siempre con el sector de ciencia y técnica ligado al complejo militar industrial. El empoderamiento económico y la asignación estatal al campo tecnológico reforzaron y ampliaron capacidades ya existentes", afirma Sergio Cesarin, investigador del Conicet y profesor de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, quien remarca el uso que hicieron en la región de ingenieros rusos desamparados tras el final de la Unión Soviética.

También hay una cuestión de imagen y un esfuerzo por cumplir las condiciones para convertirse en potencia mundial. Llegar al espacio es algo así como el punto cúlmine, lo más alto a lo que puede aspirar la civilización humana. Dice Ribas: "China quiere posicionarse en todos los aspectos y esto es bien visible. Muestra su poderío ahí afuera, y además está aprendiendo a hacer algo en lo que la NASA hace punta: comunicar cada logro y cada avance. Cuando la India llegó a Marte no se enteró casi nadie".

En tanto, Bagú remarca el aspecto económico, ya que el espacio no deja de ser un negocio. "Implementar un programa espacial de manera directa o indirecta genera todo un know how en ciencia y tecnología que luego se puede usar en la vida cotidiana. Es inversión redituable porque es redituable el espacio, aunque no siempre nos damos cuenta cuánto rinde llegar a la Luna". Es el "catch up tecnológico" que menciona Cesarin: "La carrera espacial permite el desarrollo de nuevos materiales que pueden ser aplicados luego a otros ámbitos; eso hace a la competitividad general de la economía y a la defensa y la seguridad de ese país tan vasto".

A eso podría sumarse la posibilidad latente de extraer minerales de la Luna o de asteroides. Si la tecnología lo permitiera, en un futuro cercano el tránsito desde y hacia el satélite natural podría estar tan congestionado como una autopista en horario pico (o como los trenes que sacaban carbón de la Inglaterra profunda en los inicios de la era industrial). No en vano hay compañías californianas fundadas con esa exclusiva finalidad, premiadas y financiadas, entre otros, por Google, cuyos representantes sostienen que no sólo es cuestión de extraer recursos sino también de dejar poblaciones permanentes allí. Y todo empezaría tan rápido como el año que viene.

La causa nacional

China tiene, además, la ventaja comparativa de la constancia y persistencia de sus políticas (tan negativa en otros aspectos), como señala Bagú: "Al no ser un país democrático, lo que se decide se hace sin los vaivenes de los Estados Unidos, que arma un programa espacial y después lo cancela, como el Proyecto Constelación. Cambia la administración y cambia todo, lo que genera vicisitudes e incertidumbres. China no tiene ese problema y entonces es un tren que se come el mundo". Nuevamente, también aquí sucede que lo de las fabulosas tasas chinas de crecimiento no es una metáfora baladí: "Hace cuarenta años eran pobres, hoy son una potencia tecnológica que pocos pueden seguir, en un contexto donde los Estados Unidos se miran el ombligo y Europa está cada vez más ajustada", remarca Girado.

El aspecto del liderazgo mundial, como en otras áreas, le garantiza popularidad al proyecto: "En China es una causa nacional, los astronautas son héroes, lo que hace acordar lo que fue la gesta de las Apolo en los años 60 y 70. Los primeros taikonautas fueron recibidos con grandes ceremonias, fueron un tema de atención nacional. No sé si en Japón o en la India pasó lo mismo, porque lo cierto es que están un paso atrás y no es lo mismo poner robots, por más maravilloso que sea, que enviar seres humanos", dice Ribas.

Desde luego, el planteo de este singular escenario no quiere decir que Occidente se haya olvidado del espacio. Pero sí que cada cual atiende su juego y terminó la era de las exclusividades. Europa y su agencia espacial (ESA) se enfocan en la exploración de los planetas (sonda Cassini) o de cuerpos celestes como los cometas (sonda Rosetta) y junto con Rusia mantienen en buen porcentaje la Estación Espacial Internacional, lo mismo que Estados Unidos, cuya más importante innovación posiblemente tenga que ver con las voluminosas inversiones espaciales privadas (SpaceX, del millonario Elon Musk, entre el turismo y la frontera tecnológica; o la Moon Express, que se propone traer de allí agua y explotar otros recursos minerales).

En tal sentido, los Estados Unidos de Trump están más cerca del abandono de su programa tripulado marciano. O, por lo menos, cada vez son más fuertes las quejas públicas porque predomina ahora una poco entusiasta financiación. Así lo deslizó recientemente el jefe de vuelos espaciales humanos de la NASA, William Gerstenmaier. "No puedo poner una fecha para nuestra llegada (con astronautas) a Marte. En los niveles de presupuesto que manejamos simplemente no tenemos los sistemas de superficie necesarios", dijo hace días en un foro aeroespacial. De hecho, el acuerdo sería: los capitales privados se dedican a los vuelos espaciales, digamos, de rutina y que generan réditos económicos, y la NASA a las fronteras del sistema solar. Ahora esa pata parece trunca.

Como fuera, dado el panorama, lo más probable es que el próximo humano que ponga su pie sobre la Luna tenga los ojos rasgados. Y, una vez más, será lógica consecuencia de todo lo que pasa aquí abajo.

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