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Eduardo Rubinschik. "Si me dicen escritor raro, para mí es un elogio"

Domingo 23 de julio de 2017
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LA NACION
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Decir de un escritor que es original es lo menos original del mundo. Designarlo como inclasificable, la más fácil de las clasificaciones. Las dos definiciones caben -siempre hay una excepción para cualquier regla- para Eduardo Rubinschik (Buenos Aires, 1967), o para sus libros, que parecen empeñados en esquivar cualquier designación inmediata. Después de Lisboë o las partes del agua y La suma del olvido, el escritor -poco afecto a la autopromoción- acaba de publicar La entereza (Paradiso), novela en que la cabeza del protagonista, después de que el amante de su mujer la rebane con limpidez con la cuerda de su violín, continúa sus peripecias, separada y alejada del "torsito" con la que componía un todo llamado cuerpo.

Cómica sin buscarlo, grotesca con toques gogolianos, siempre verbal y musical, La entereza fluye sin pausa, por caminos siempre inesperados. ¿Cómo se escribe un libro así, que por momentos recuerda a Gogol y otros a Felisberto o Aira? Qué es esa cabeza desvalida que no para de moverse y elucubrar? Lo explica su propio factotum, el elusivo Rubinschik.

Eduardo Rubinschik. Foto: Archivo
Eduardo Rubinschik. Foto: Archivo.

Mis libros se vinculan entre sí de distinto modo, verlos como obra es iluminador, al menos para dinamitar el espanto de la coherencia o la originalidad, ya que no tengo nada parecido a un programa de trabajo. Laura Estrín escribió que La suma del olvido era una novela de espejismos, por lo tanto muy argentina. Además la primera, Lisböe o las partes del agua, es un viaje que empieza en la Buenos Aires de fin del siglo XX y termina en la San Petersburgo del XIX, o sea que fue un bondi que me dejó en la parada que retomé en La suma...La entereza es porteña, pero no por eso más argentina o menos rusa que las otras dos.

Escribo buscando una singularidad en el decir, que me conforme y no me aburra: una prosa tensa que apunte a cierto vértigo, producto de mover las palabras en imágenes lo más potentes posibles, con una musicalidad variable, una trama que no sea muy convencional y que tenga un ritmo con alguna sorpresa o un poco disruptivo. No busco tanto efectos específícos, concretos, como puede ser el efecto cómico. Me ha pasado que gente conocida me diga que algo les causó gracia, y recién entonces noto ese rasgo.

En El doble de Dostoievski y en La nariz de Gógol se da esta usurpación de identidad. Es por parte de un doble esquivo y siniestro, que abordé en La suma... abrevando en el tono zumbón de Gógol pero quizás con cierta carga sombría y delirante de Dostoievski. En La entereza, la usurpación funciona diferente. Está el rebanamiento como en Gógol, aunque es una decapitación. También se naturaliza un hecho absurdo, como en La metamorfosis, de Kafka. Mi estilo, si hubiera tal cosa, viene de la respiración, de aquello que sentimos nuestro o no, simplemente. Y algo que aleje de la verosimilitud realista tiene que haber en lo que escriba, de otro modo me aterroriza, sentir que estoy ante la sequedad de acontecimientos opacos, demasiado dependientes de un lenguaje que tendría la horrible misión de hacerlos brillar.

La cabeza conserva todos los sentidos, y acaso de lo que se trata, entre otras cosas, es cómo puede. Es sentir de nuevo un hombre separado. El "torsito" está signado como un animal bobo, justamente por no contar con el órgano del pensamiento, ni con la mirada, el oído, el olfato, la vista. Esa voz del narrador es cerebral, el cuerpo tendría otras necesidades e intenciones. De hecho, en la parte del cuerpo, que ya está escrita, no es el cuerpo quien cuenta, si no un tercero, porque el lenguaje del torso se da de otros modos. Además, enfocarse en la cabeza es invertir los términos de lo usual, el jinete sin cabeza, y esas cosas: si vamos a escribir un disparate, en todo caso que trate de mantenerse lejos del disparate más transitado.

Tengo una cuestión con los nombres, que van cambiando durante la novela. ¿Será que mi nombre no me gusta demasiado? No sé, pero en La entereza lo que me repiqueteaba era esa reminiscencia moderna del tabú, según Freud, cuando uno no logra retener o dice siempre mal el nombre de alguien. El cambio de género del protagonista por un rato es, creo, a causa de la crisis que "se lo lleva puesto". El cambio de escenario tiene que ver quizás con un agotamiento de la escena, de la trama, y éste arrastra el cambio lingüístico. Una protoversión de esta novela se llamaba "La lucidez de nuestra clase media", donde Brasil juega un lugar, ¿no? Ahora, con el liberalismo reinstalado, lo podemos ver fuerte de nuevo, por desgracia.

No me siento parte de una tradición literaria en particular. Voy picoteando, yo navego, no es lo mío hacer un trabajo de ubicación e identificación. No obstante, si me dicen escritor raro, lo siento como un elogio. A fines de los años 90 una editorial rechazó mi libro de cuentos Amor a las deudas por raro, y yo me fui frustrado por no publicar, pero con una convicción de que ahí algo podía haber. Felisberto es raro, cierto Aira también, pero Una excursión a los indios ranqueles es rarísimo, Bernard Malamud también, pero raro respecto de qué, cosa que me resulta por el momento un poco estéril pensar.

Lo que me gusta de escribir, es escribir. La circulación social literaria nunca me ha alimentado mucho la escritura, creo, aunque quizás me equivoque o esté mintiendo vilmente. Me encuentro con un par de amigos con quienes me siento cómodo y no tengo que escuchar egos galopantes ni desplegar el propio. Me interesa publicar lo que voy escribiendo, que los libros anden, se hagan a sí mismos como cierto modo de hacer una ficción con desubicadas aspiraciones poéticas, si eso es posible o cierto. Yo los ayudo un poco como con esta entrevista; del resto paso.

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