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Leonardo Oyola y Mariana Enriquez. Obsesiones literarias de una generación

Apuestan a la literatura de género sin solemnidad, atraen a los jóvenes, son traducidos y premiados: Enríquez y Oyola hablan de sus recientes novelas, y rescatan la música y la poesía como ingredientes clave de su escritura

Domingo 23 de julio de 2017
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PARA LA NACION
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Leonardo Oyola y Mariana Enriquez. Foto: Ignacio Sánchez
Leonardo Oyola y Mariana Enriquez. Foto: Ignacio Sánchez.

"La música rock es lo que más me gusta en la vida", asegura Mariana Enriquez. Leonardo Oyola asiente con una sonrisa cómplice, y amplía el concepto: "El mejor formato narrativo que existe es el de una buena canción". No es lo único que los une. Por ejemplo: los dos nacieron en 1973, crecieron en el conurbano bonaerense y tuvieron debuts literarios que les trajeron notoriedad y trabajo. Ambos, también, siguieron escribiendo y llegaron a un presente de esplendor creativo.

Ahora están en una vermutería del barrio de Almagro que parece detener el tiempo. Oyola disfruta una cerveza artesanal y Enriquez, un café. Mientras tanto, el sol roza los libros en la mesa: Chamamé y Éste es el mar, publicados por Literatura Random House. Son las dos novedades de estos autores, representativos de una generación que aborda la literatura de género sin ninguna solemnidad, que incluye sexualidades disidentes en sus historias y que tiene a la música como algo más que a un soundtrack de fondo: la vuelven un elemento más de vitalidad y potencia dentro de sus maquinarias narrativas. Además, las obras de estos autores atraen a los jóvenes y ya rompieron los cercos territoriales: fueron traducidas y publicadas en distintas partes del mundo. Leonardo Oyola, que en sus ratos libres es DJ en el festival mensual Rucho Fest y cuya novela Kryptonita fue adaptada al cine y al formato serie, y Mariana Enriquez, una de las periodistas culturales más respetadas del país, utilizaron sus obsesiones literarias para intervenir la realidad de su tiempo. Los lectores, que cada vez son más, agradecidos.

LN: -Ustedes empezaron con perfiles altos en sus primeros libros Siete & el Tigre Harapiento y Bajar es lo peor. ¿Qué repercusiones hubo en sus trabajos posteriores?

LO: -En esta vida como escritor tuve toda la suerte que no tuve en la otra. No creo que lo que me pasó a mí sea para que lo tome otro y piense que es normal. La verdad es que no. Es muy difícil. Yo soy agradecido a la escritura, a los colegas, a todos, pero hay que decir que al libro no hay que pedirle más que terminarlo. Punto. Si te sentás a escribir pensando en popularidad y reconocimiento sonaste, porque entrás en el camino de la frustración y eso te aleja de la felicidad de la escritura. A mí leer y escribir me hacen mejor persona. Y estoy contento con poder dedicarme de lleno a eso. No pretendo más.

ME: -Fue raro lo que pasó con mi primer libro, pero me sirvió para conseguir trabajo. Yo estudiaba periodismo por estudiar algo, la verdad. Y porque sabía que podía escribir. Mi sueño era simplemente hacer reseñas de conciertos: entrar gratis a un recital y escribirlo. Eso era todo lo que yo quería en la vida. Al publicar la novela me llamaron de Página 12 y es el lugar en el que sigo trabajando todavía. Esa novela me dio un oficio, la posibilidad de seguir escribiendo y algo con lo cual mantenerme. Con la literatura no podía y aún no puedo vivir de los libros. Ni cerca.

LN: -¿Hoy tampoco, a pesar de las traducciones?

ME: -No. Todavía no entró la plata y tampoco es tanta guita. Hay una fantasía muy importante sobre cuánto te pagan por una traducción.

LO: -Aparte está el tema de las regulaciones legales, impositivas. Vos estás contento y cuando te llega es un treinta por ciento. Te descuentan de todos lados.

ME: -Existe esa fantasía de pegarla, del dinero, pero no tiene nada que ver con la realidad. Quizás lo que te pasa con eso es que por primera vez en tu vida tenés un ahorro. Siempre viviste al día y de pronto podés permitirte ciertas cosas o pensás la posibilidad de tener en algún futuro muy lejano, si no se va todo al demonio en este país, una casa. Después de mi primera novela tardé diez años en publicar otra cosa. Y estuvo bien porque fueron años formativos. Escribí una novela que descarté, me puse a pensar si quería dedicarme a la literatura o al periodismo y hubo un trabajo personal para ver en qué sentido iba a trabajar con la palabra.

LN: -¿Cómo se produce la inclusión de personajes de sexualidades disidentes en tu literatura, Leonardo?

LO: -Se da a nivel inconsciente. Cuando me quiero acordar, tengo a tres chicas trans en tres novelas. Por ahí la más conocida es Lady Di por Kryptonita. Pero el tema es que son funcionales a la historia, y es eso en lo único que pienso cuando escribo. De qué forma mejorarla y a partir de qué elementos. Después no pienso ni considero si estoy haciendo inclusión. Se genera a un nivel instintivo, si querés. Tampoco lo considero a un nivel de reivindicación de ciertas realidades.

LN: - En Este es el mar las figuras femeninas, igual que en algunos de tus otros textos, son protagonistas.

ME: -Cuando una es mujer y escritora se tiende a pensar que detrás hay intencionalidad, pero yo empecé escribiendo Bajar es lo peor, en la que los protagonistas son hombres que tienen un romance. Mujeres hay pocas. Empecé escribiendo sobre gente que no era de mi género. No había ninguna intención reivindicativa, más bien una historia y una cuestión erótica. Empecé a escribir mujeres para resolver un problema técnico: como venía escribiendo muchos hombres tenía ganas de escribir mujeres. Cuando lo hacía, no me gustaban porque se parecían a mí y eso me irritaba. Por eso empecé con cuentos de terror: para poder controlar esa voz. Desde el género, que te impone reglas, y desde el cuento, que te marca tiempos. Después sí pensé lo que era estar escribiendo mujeres y sobre cuestiones femeninas: violencia hacia la mujer, chicas adolescentes y vulnerabilidad. Pero tiene que ver con la historia que quiero contar. No te puedo narrar cómo manejar un camión porque no sé manejar. Me resulta más cercano construir una adolescente conflictiva y un poco demente, antisocial, que un tipo que maneja un camión por la Patagonia. En Este es el mar siempre fueron mujeres las protagonistas y sí hubo una idea de reivindicar el fenómeno de las chicas en el mundo del rock, como participantes. Ahora es una cultura minoritaria, pero fue algo masivo que se nutrió y se cimentó sobre lo que le aportaron las fans. Eso fue durante mucho tiempo ninguneado. Entonces hay una reivindicación tenue. Por admiración a lo que esas chicas provocaban.

LN: -¿Hablamos de groupies?

ME: -No, de las chicas que gritan en los recitales. Igual, todas quieren acostarse con el tipo que canta. O quieren ser el que canta. Lo que me pasaba cuando era chica era que quería estar con Keith Richards y ser él también. Me resultaba indivisible esa sensación. En el libro, cuando las chicas mágicas se meten adentro del músico tiene que ver con esto. Para mí no había distancia de género: yo podía ser eso y estar con ellos.

LN: -¿Y qué pensas de las groupies?

ME: -Las mujeres que hagan lo que quieran siempre. Mientras se las respete, todo bien. Si alguna tiene ganas de estar con su ídolo o el que le gusta, ninguno tiene derecho a abusar de ella. En todas las situaciones donde hay un varón en situación de poder puede ocurrir un abuso. Puede ser tu jefe, tu profesor de la facultad, el músico que te gusta. El problema no es la música ni la groupie, sino el hombre con poder que abusa a una chica fascinada a la que le destruye la autoestima. Eso es un problema de machismo endémico de nuestras sociedades. Me parece respetable que una mujer quiera estar con el músico o alguien que la erotice y es responsabilidad de él respetarla. Si no la respeta es un mal tipo.

LN: -Tus personajes masculinos se imponen, Leonardo.

LO: - Sí, son hipermachistas. Pero lo más interesante es cuando a los personajes los podés humanizar. En el momento en el que aparece algo con lo cual podés empatizar o ellos pueden salir de la trampa que se construyeron. Los personajes de Chamamé son más reales cuando cuentan sus historias de amor y tal vez los podés llegar a apreciar un poco. Me parecía que eso era importante para el verosímil policial. Lo que sí me pasa es que no me gusta quedarme con la imagen de la mujer como femme fatale o damisela en apuros, me atrae la complejidad. Ahora estoy escribiendo una novela que se llama "Ultratumba" y me planteé que los tipos aparecieran de manera pasiva y de forma oral porque transcurre en una unidad penitenciaria femenina. Es todo un tema. Con el tiempo fui pensando por qué me salían las voces de las chicas todas iguales. Y me respondí: porque no tengo mucha pollera en mi haber. Y no es eso. Ése era mi pensamiento machista. Se trata de verlo desde otra perspectiva.

LN: -Los lectores jóvenes se acercan mucho a sus libros. ¿Cómo incluyen a ese público?

ME: - Cuando escribo, no pienso en el lector. Escribo para mí, y tengo ciertas características medio juveniles de mi personalidad: entusiasmos, inseguridades, cosas que identifico como sanamente juveniles. Y los jóvenes son mi público favorito. Me encanta ir a las escuelas o que se acerquen. No hay momento más interesante para un escritor que el de formar lectores. Poder aportar algo a una generación mientras se forma para leer es fundamental. Aparte son muy zarpados en lo que te dicen, tienen menos cuidado. Me gusta esa frescura desafiante.

LO: -Los chicos no tienen casete, preguntan de corazón lo que necesitan. Lo que aprendí de todas estas experiencias no sólo es la gratitud a los pibes, sino también dar las gracias a los profesores. Los libros nuestros no están en los programas. Ellos los incluyen. Después la espontaneidad de los chicos te saca de lo que estás acostumbrado.

LN: - Tanto en Chamamé como en los cuentos de terror trabajan con materiales muy primarios e imperecederos: el miedo y la violencia. ¿De qué forma se acercan para poder narrarlos?

ME: -Es lo primero que me sale. Es lo que más cerca tengo, siempre. Entiendo que eso es un problema en el sentido de que tengo una facilidad clara de llegar rápido a situaciones perturbadoras. Pero a mí no me perturban, no sufro cuando escribo. Puedo padecer porque el texto no me sale como quiero pero no me conmueve lo que atraviesan mis personajes. Y si hay algo traumático que hizo que después yo llegue a ese texto, está resuelto dentro de mí. No hago catarsis. Tengo una mirada educada por mi propia sensibilidad, cierto pesimismo, oscuridad, humor negro, lecturas y consumos culturales incluso, que están todas en un tono muy parecido. Admiro mucho a escritoras que pueden llegar a cosas profundas pero no desde la herida. Leo a Natalia Ginzburg y me emociona con cosas que son suaves. Eso me cuesta más. Creo que cada escritor trabaja con poco. Y eso tenés que aprender a explotarlo y abordarlo desde distintos lugares. No hay tanta variedad. Tengo cuentos donde los personajes tienen problemas en alguna parte del cuerpo. Evidentemente, tengo un temita con el cuerpo desfigurado o los cuerpos enfermos. Llego muy rápido ahí.

LO: -Lo que pasa con mis policiales es que son personajes que no cumplen con la ley. Uno en la vida real jamás se animaría a desafiar la ley. El enganche mío viene por ese lado: todo lo que vos harías con total impunidad. Eso, a la hora de escribir, te abre muchísimo el abanico. Me paro del lado del que está fuera de la ley. Eso es lo que tiene cierto halo romántico. Después, me sirve mucho lo del humor negro.

LN: - Más allá del componente temático, en Chamamé y en Éste es el mar hay un ritmo poético en muchas frases.

LO: -Sí, yo leo muchísima poesía. Lo básico viene de la oralidad. El primer espacio que tuve para leer en vivo fue en el taller de Laiseca. Pero es otra cosa. La contundencia y brevedad que tiene la poesía te ayuda. Yo tengo una búsqueda con la oralidad y laburo pensando en eso, como si fuera una lectura en vivo, ahí la poesía es importante.

ME: -Tengo una relación intensa con la poesía, leo cualquier cantidad. La mayoría de mis influencias literarias son poetas. Me gusta José Watanabe, Antonio Cisneros. También Keats, T. S. Eliot, Byron, los que son románticos y trabajan con la cuestión mitológica y cierta cadencia me sirvieron para pensar las chicas de esta novela. También la poesía contemporánea: Mariano Blatt, Zelarayán y Fernanda Laguna. Además Anne Sexton, Sylvia Plath, Frank O'Hara. Pero los bordes poéticos de mi prosa son tomados también de la música: repeticiones, estribillos, remates. Leonard Cohen, por ejemplo, que tiene cierta cadencia y trabajo con las palabras, me fascina. Y que estén en otro idioma me sirven porque me ayudan a traducirlo mentalmente.

LN: - Los dos ganaron premios importantes en el exterior y sus libros tienen presencia en muchos países. ¿Repercute de alguna manera en su confianza para lo escriben después?

ME: -Es ambiguo. Saber que un libro se edita en varias lenguas, trabajar con Jorge Herralde, que los editores se copen mucho con lo que hacés, todo eso es un envión a tu autoestima. Y eso tiene una parte neurótica. Te preguntás si vas a perder todo eso. Después está la parte halagadora: te invitan a charlas, lugares, congresos. Y eso está lejos de la escritura. Porque para mí es algo solitario: no le muestro a nadie lo que escribo. Y no puedo escribir cuando viajo. Por eso en algún momento tenés que tener la seguridad de parar: decidir qué hacer y qué no. No es fácil porque está la cuestión de la inseguridad y la ansiedad.

LO: -Es cierto. Y la verdad es que tenés que aprender a decir que no. No podés estar disponible para todo lo que te están demandando. Uno se siente halagado de que lo inviten de todos lados, pero después te das cuenta de que no es saludable.

LN: -La música es un elemento muy importante en las dos novelas. ¿Definió los textos?

ME: -Lo que estructuró Éste es el mar es la mitología del rock, la devoción de las fans, el ídolo con un pasado que le arma esa cosa vulnerable y a la vez valiente de enfrentarse a cuarenta mil personas. Eso tiene una complejidad importante. También los muertos del rock y el erotismo de la música: quería un texto tranquilamente erótico, nada de orgías. Y es una sensualidad que estaba en ciertas músicas que escuchaba mientras escribía el libro. No se trató tanto de la cuestión de la música como estructuradora del ritmo de las palabras, eso es un trabajo literario. Yo uso la música como disparador de emociones. Eso sí. Como éste era un texto que trataba sobre música, la usé más que en los cuentos, porque los cuentos son más parecidos a canciones, no tienen tantos momentos. Una novela tiene más variaciones, momentos planos: necesita otra playlist.

LN: - En Chamamé la música marca un territorio emocional más allá del género.

LO: -Tiene que ver un poco con la época en la que fue escrita, cuando justo salió YouTube y descubrí canciones subtituladas. Fue un flash. Chamamé se escribió en locutorios, salvo el final que lo escribí en la casa de Selva Almada. Y antes de escribirla recordé algo que hablábamos en el taller de Laiseca: lo importante de armar un buen índice. Y a partir de eso me propuse hacer que una canción estructure el índice de la novela. El índice de Chamamé forma Llamarada de gloria de Bon Jovi. Me sirve y me gusta.

ME:-Cuando era chica el rock era importante. Ahora para los chicos es algo más. Yo agarré la última ola importante con una mística determinada. Quería escribir sobre eso, sobre ese final.

Biografías

MARIANA ENRIQUEZ

Es periodista y escritora, editora en el suplemento Radar de Página 12. Escribió Bajar es lo peor, Cómo desaparecer completamente y Las cosas que perdimos en el fuego, entre otras. Sus novelas y cuentos se han traducido en todo el mundo.

LEONARDO OYOLA

Escribe policiales con un guiño al género fantástico y colabora en la revista Rolling Stone. Es autor de Santería y sacrificio, Siete y el Tigre Harapiento, Hacé que la noche venga, Bolonqui, Gólgota y Kryptonita, que fue llevada al cine.

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