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#LectoresEnRed. José Montero: "Ser adolescente y skater es como una doble condena"

El autor argentino acaba de lanzar su nueva novela, El skate del diablo, una historia que combina el suspenso, el terror y el policial

Viernes 21 de julio de 2017 • 16:30
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LA NACION
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José Montero
José Montero.

"Es como una doble condena: ser adolescente y skater", dice José Montero, el autor argentino que lanzó recientemente El skate del diablo. El escritor, guionista y periodista se sumerge en esta ocasión en un universo diferente, el de los skaters. El protagonista es Santi, un chico de 14 años que busca desesperadamente dejar de sentirse sapo de otro pozo. Para ellos se someterá a una escalofriante prueba de iniciación que alterará su vida y la del pueblo donde vive.

Tras títulos reconocidos como El miedo viaja en colectivo, El tambor africano y Misterios urbanos I y II, Montero anticipa en esta entrevista que ya está trabajando en una novela relacionada con el mundo de las motos.

-¿Cómo nació El skate del diablo?

-Siempre me llamaron la atención los chicos que patinan en plazas y en explanadas de bancos y edificios públicos. Más de una vez vi cómo los echaban los guardias de seguridad. Es como una doble condena: ser adolescente y skater. Quería mezclar esa subcultura con una trama de terror. No le encontraba la vuelta hasta que decidí irme de la ciudad al campo. La acción se ponía más interesante si transcurría en un pueblo chico, con poco asfalto. Patinar tenía que ser más difícil aún.

-Al leer la novela uno descubre el universo que mueve a muchos chicos apasionados por el skate. ¿Conocías este mundo? ¿Cómo llegaste a él?

-Cuando yo tenía diez años, en época de la "plata dulce", llegaron los primeros skates a la Argentina. Eran de plástico y se doblaban como bananas. Por más que insistí, no me lo compraron. La verdad es que nunca patiné. Como escritor pensé en la alternativa de sumergirme en el mundo skater para construir una novela de jerga. Pero eso dejaba a mucha gente afuera. Así que opté por un lenguaje universal, no sólo para fanáticos, con elementos reconocibles para chicos que patinan. En programas de deportes de acción vi a unos pibes que tapaban con cemento los pozos de un viejo canal de agua para patinar. Después vi un documental sobre el skate en California en los años 70. La onda de intrusar casas con piletas vacías para patinar adentro fue producto de un año de sequía. Había un montón de elementos para incorporar a una novela como si ocurrieran por primera vez en estas pampas.

-En esta historia volvés a explorar sobre géneros que te apasionan como el suspenso, el policial y el terror, pero el corazón de la novela es la historia de Santi, este chico de 14 años que quiere dejar de sentirse sapo de otro pozo, que busca su lugar de pertenencia. ¿Cómo se construye un relato que combine todos estos elementos?

-Me parece que en el enunciado de la pregunta está la respuesta. El corazón de toda novela es el protagonista. En este caso, con tal de pertenecer a un grupo, Santi acepta algo terrible, como es ir de noche a un cementerio y profanar una tumba como rito de iniciación para ser parte de Los Capos, la banda de skaters del pueblo. Imaginemos a alguien con un deseo tan profundo que es capaz de someterse a semejante prueba. Una vez que tenemos un protagonista bien definido, los distintos elementos de la narración, con un poco de suerte, van encajando.

Tapa de El skate del diablo, de José Montero
Tapa de El skate del diablo, de José Montero.

-¿Cuáles son tus desafíos como escritor para seguir sorprendiendo al lector a través de géneros como el suspenso o el terror, a los que ya creemos conocerlos de memoria?

-Sospecho que la clave es generar empatía. Que el lector sienta a través de los personajes. Tiene que haber conexión emocional. Si una narración no emociona, ocurre lo mismo que con un chiste mal contado. Falla. En lo personal, a mí me interesa que el terror ocurra dentro de un marco de cotidianeidad. Todo está bien hasta que la realidad se desplaza cinco centímetros de lo normal y nos ataca aquello que da miedo.

-Sin duda, otro de los atractivos de la novela son los elementos de realidad con los que construís la historia, como la mismísima corrupción que develás en el pueblo. ¿Está búsqueda está relacionada con tu faceta periodística?

-Seguramente hay algo de deformación profesional. El trabajo en periodismo otorga una especie de radar para detectar todo lo que puede salir mal. Acá imaginé un pueblo donde varios poderes son corruptos, y casi naturalmente se me ocurrió que esa corrupción podía llevar a construir un skate park para obtener un rédito político y también para canalizar coimas, sin importar que las instalaciones fuesen defectuosas y pudieran causar accidentes. Lo loco fue que lectores de las provincias de Buenos Aires y Entre Ríos, entre otras, me dijeron que algo similar ocurrió en sus ciudades. O sea, no inventé nada. La realidad siempre está varios pasos adelante.

-¿Qué te atrae de escribir para el público joven? ¿Cuáles son los pros y los contras?

-Siento que, cuando escribo para chicos y jóvenes, puedo hacerlo con más libertad y menos prejuicios. Puedo mezclar géneros, subvertirlos, deformarlos. Otro pro es que, como diría Mirtha, el público se renueva año tras año. No veo contras, salvo el temor a cierto encasillamiento. Pero juro que ese miedo se disipa cuando vas a un colegio y un chico medio tímido se queda último para decirte que se enganchó con la lectura gracias a tus textos. Se te aflojan las medias. Salvando las distancias, te sentís Salgari. Te sentís Verne. Te sentís Mark Twain.

-¿Ya estás trabajando en una nueva historia?

-Estoy escribiendo Motoquero, una novela que aborda el tránsito entre los 17 y los 20 años, aproximadamente. Es una historia de chicos que empiezan trabajando en el delivery de comida y luego pasan a las mensajerías de documentación y correspondencia. Hay carreras clandestinas de motos mezcladas con el mundo de la bailanta y la cumbia cheta, amor, traiciones, negocios, peleas por dinero y acoso a través de la tecnología. Y también hay una trama policial, por supuesto.

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