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Economía para no economistas: el PBI medido en "globones"

¿Podría la Argentina tener una mayor producción por habitante? Adoptar una unidad de medida para ver la dimensión de la actividad en el país, ayuda en la búsqueda de la respuesta

Domingo 23 de julio de 2017
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Foto: LA NACION

La unidad natural para la economía argentina no es ni el peso ni el dólar, sino el globón per cápita. Un globón (nombre que acabo de inventar) es lo que produce un ser humano promedio en un año, en alguna unidad monetaria normalizada. Medir las cosas en globones resulta práctico porque los números son chicos, las comparaciones se pueden hacer de manera bastante directa, y, siempre que uno no requiera mucha precisión de detalle, se pueden ignorar cuestiones como el progreso tecnológico, crisis mundiales, crecimiento poblacional, cambios en las expectativas sociales, etcétera.

Estos son los tres números fundamentales de la economía local: la Argentina produce un globón con veinte centavos por año; un tercio (40 centavos) se los queda el Estado, y a su vez el Estado gasta 50 centavos por año.

Esos 50 centavos de globón resultan poco para proveer los niveles de educación, salud, servicios, seguridad, etcétera, que la ciudadanía espera. Si bien la ineficiencia y la corrupción no son precisamente desconocidas en el Estado, no hay lugares obvios para cortar los 10 centavos de globón que harían falta ahorrar para evitar el déficit fiscal: son casi la mitad de todo lo que se transfiere a provincias y municipios, casi todo lo que va a jubilaciones, o siete veces el gasto total en asignaciones familiares y la Asignación Universal por Hijo.

Pero una presión tributaria de un tercio está en el límite de lo aceptable, y el país no puede endeudarse eternamente a las tasas a las que aceptan prestarle. ¿Qué puede hacer un Gobierno? Si sube el gasto público, como no puede subir los impuestos sin que la sociedad explote, tiene que endeudarse más, y eventualmente la situación estalla. Si baja los impuestos, como no puede bajar el gasto público sin que la sociedad explote, tiene que endeudarse más, y eventualmente la situación estalla.

La apuesta del Gobierno es la única lógicamente posible: si la economía crece y la Argentina produce más globones por año, entonces el Estado puede gastar lo mismo quedándose con una proporción menor, gastar más quedándose con la misma proporción, o incluso gastar más y recaudar relativamente menos. Las matemáticas no le dejan otra salida. Hoy la Argentina no produce suficientes globones por año para que el Estado ofrezca servicios aceptables con un nivel de presión impositiva razonable sin endeudarse o gastar reservas constantemente. Eso no se puede sostener más que unos pocos años.

El problema es qué pasa cuando uno mira la historia de la economía medida en globones. A principios de los 60, la Argentina producía más de dos globones y cuarto por año. Eso es casi el doble de lo que hoy producimos, pero no era el mismo mundo. China estaba entre la Gran Hambruna y la Revolución Cultural -dos de los desastres autoinflingidos más graves de la historia mundial- y la India estaba replicando el programa de desarrollo económico de la Unión Soviética con resultados igualmente pobres. Con los dos países más poblados del mundo implementando esas políticas económicas y sociales (y muchos otros en situaciones parecidas o peores) no era difícil duplicar la productividad por persona promedio. Entre 1960 y 1980, con algunos altibajos, la economía bajó de dos globones y cuarto por año a un globón y cuarto por año. No es que la economía se achicó: en dólares constantes per cápita, era más del doble en 1980 que en 1960. Pero es fácil crecer cuando se pasa de la tecnología de 1960 a la de 1980, y lo que hizo el país fue crecer mucho menos que el resto del mundo, que quintuplicó su productividad durante esos 20 años.

Desde entonces, la Argentina tiene una economía relativamente inestable pero con un techo muy claro: oscila alrededor de un globón y cuarto por año desde hace décadas, con un máximo de aproximadamente un globón y medio. No es algo que se pueda demostrar, pero mirando esos números sin una dosis deliberada de optimismo, es casi inevitable pensar que la sociedad, cultura, geografía, e instituciones dan para una economía de un globón y cuarto por año en promedio, con veinticinco centavos de globón más en períodos muy buenos.

En la medida en que este techo es real, es mucho el daño que un gobierno puede causar, pero hay un límite muy claro a lo que puede alcanzar: con la mejor economía posible (un globón y medio por año), y la mayor tasa de impuestos aceptable (un tercio), el Estado sólo puede gastar el mínimo aceptable en servicios públicos (cincuenta centavos de globón por año). De más está decir que "aceptable" es un eufemismo para decir: "probablemente llegás a las elecciones, aunque nada dice que las ganes."

Esta es la antigüedad y profundidad de la situación del país. Para poner la carga impositiva en línea con el resto de la región, o, equivalentemente, para subir en un tercio el gasto público real, la economía tendría que llegar a al menos dos globones por año, una productividad comparada con la del resto del mundo que jamás hemos tenido desde que China e India empezaron a dejar de ser perversamente autodestructivos.

Es comprensible que, por razones políticas y prácticas, el Gobierno muestre una actitud profesional de calma y confianza al hablar de la necesidad de inversiones, modernización, inserción en el mundo, educación, seguridad, etcétera. Todo eso es cierto, y parte de lo que hace efectivo a un gobierno -incluso, y simplemente, capaz de llegar a ser gobierno- es poder transmitir que lo que hace falta hacer puede ser difícil pero es claramente posible, y sólo requiere que todos hagamos las cosas bien.

Al no tener responsabilidad administrativa o política, me puedo tomar la libertad de decir que no, no es claramente posible, y hacer las cosas bien va a ser insuficiente. La Argentina es exactamente tan rica como puede serlo dado su capital institucional, político, humano, y físico. Hoy estamos en una situación social dolorosa y humanamente inaceptable, pero no es una crisis en el sentido de algo inusual o causado por algo específico: contextualizando su historia económica con la del resto del mundo, la Argentina de 2017 no está muy lejos de ser todo para lo que da la Argentina -todo para lo que hasta ahora ha demostrado que puede dar- y tiene un techo que no alcanza para una situación significativa y sustentablemente mejor.

Esta es una limitación sistémica, no un problema puntual. En términos de su historia, la Argentina no es una sociedad de tres globones (digamos, Italia) con un problema al que no encuentra solución, sino una sociedad de un globón con veinticinco centavos que funciona a su ritmo normal. Pasar de donde estamos a donde insistimos que tenemos que estar no es arreglar una economía, sino prácticamente construir una nueva.

No lo veo como algo descorazonador. Generalmente no intentamos hacer las cosas lo mejor posible porque "lo suficientemente bien" es menos riesgoso, pero hace mucho que esto dejó de ser cierto para la Argentina. Hay que hacer las cosas mejor que nunca antes, mejor de lo que nuestra experiencia personal, nuestra memoria institucional, y nuestra tradición política dicen que es siquiera posible, porque nada menos que eso va a ser remotamente suficiente.

El autor es científico de datos

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