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Lejos de la guerra: una nueva vida en los campos de refugiados en Turquía

El país construyó 23 establecimientos para hacer frente a la llegada de los miles de inmigrantes que escaparon de Siria e Irak; tienen hospitales, escuelas y mezquitas

Sábado 22 de julio de 2017
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PARA LA NACION
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La imagen de Erdogan, siempre presente en el campo de refugiados Kahramanmaras
La imagen de Erdogan, siempre presente en el campo de refugiados Kahramanmaras.

KAHRAMANMARAS. Turquía.- Rodeado de terrenos sembrados y con los montes Tauro como fondo, el asentamiento temporario de refugiados Kahramanmaras llama la atención por los altos murales, los alambres de púas y las cabinas de seguridad que custodian el predio de 374.000 m2. Allí, al sur de Turquía, 24.000 inmigrantes dejan pasar el tiempo, agradecidos de estar por fin lejos de la guerra.

Desde 2011, 3,5 millones de personas ingresaron en Turquía en busca de asilo. La mayoría escapa de los conflictos armados en Siria e Irak. Pero apenas un 9% vive en los 23 campos de refugiados que el gobierno turco construyó para recibirlos. El resto intenta integrarse al ritmo de las ciudades, aunque pocos lo logran en condiciones aceptables, sin caer en la obligación de tomar trabajos clandestinos o de pedir dinero en la calle.

Nuh Çebbus, de 63 años, es uno de los 5368 refugiados iraquíes que viven en el asentamiento Kahramanmaras. Hace tres años, un bombardeo aéreo destruyó su casa y el almacén del que era dueño en la ciudad de Tal Afar, al oeste de Mosul. Sin más posesiones, pagó 450 dólares a un traficante de inmigrantes para que lo ayudara junto a su familia a llegar a Turquía.

Çebbus vive ahora en un contenedor de seis metros de largo y 2,5 de ancho con su mujer, Welek (33), que está embarazada, y con cuatro de sus seis hijos: Sausen (14), Muhanneb (11), Esinet (5) y Muhammad (2). Su hija mayor, Maruem (18), también a punto de dar a luz, vive con su marido, Feriss (20), en otro contenedor independiente apilado arriba del de su familia. El segundo hijo, Mehdi, que ahora hubiera tenido 16 años, murió por una herida en el hombro cuando la familia ya había logrado cruzar la frontera.

El campo de refugiados de Kahramanmaras es considerado un asentamiento modelo en el mundo. Cada contenedor cuenta con electricidad, lo que permite a los residentes disponer de agua caliente, heladera, televisor, lavarropas y ventilador; muy distinto a los típicos centros temporarios que usan carpas como viviendas. A su vez, las calles están asfaltadas y en el centro hay un hospital, un colegio, un jardín de infantes, una mezquita, canchas de fútbol y de básquet, juegos de plaza y hasta un supermercado. La bandera de Turquía se ve por todos lados como recordatorio de dónde están alojados, mientras tres imágenes del presidente Recep Tayyip Erdogan, del tamaño de un cartel de publicidad, dan la bienvenida a la entrada del predio.

Los adultos pasan desapercibidos en las calles, se ocultan ante la insistencia de las cámaras. Los chicos, en cambio, son amos y señores del campo, y se desviven por figurar en las fotos que toman los periodistas. Orgullosos, muestran su conocimiento sobre algunas frases en inglés, y al instante que reconocen la palabra "Argentina", recitan la lista los jugadores de fútbol que más conocen: Lionel Messi, Ángel Di María y Paulo Dybala están en el podio.

Cada residente recibe una ayuda estatal mensual de 30 dólares por persona. Pero, además, los mayores tienen permiso para salir del campo y buscar empleo en la ciudad. Feriss, por ejemplo, trabaja en la fábrica de papel que queda a 2,5 kilómetros de distancia. "Si la situación en Irak mejora nos encantaría volver, pero, por ahora, los terroristas no nos dejan", lamenta.

"Tenemos familiares y amigos que quedaron allá y por teléfono mantenemos contacto. En Turquía la comida y la cultura es muy distinta", agrega Nuh, arrodillado sobre uno de los dos colchones, muy delgados y llenos de almohadones, que ocupan casi la totalidad del espacio central de la vivienda, junto con la cocina. Dentro del contenedor hay además una habitación de 3,5 m2 y un pequeño baño privado con ducha. Sausen, que tiene un hiyab que le cubre su cabeza, pero deja libre la cara, ofrece bizcochuelo y té que preparó ella, mientras traduce a idioma turco lo que su padre dice en árabe.

Mantener un campo de refugiados así cuesta 1,4 millones de dólares por mes, que el gobierno afronta en parte con su presupuesto. La gran mayoría del financiamiento, sin embargo, es aportado por Unicef, Naciones Unidas y la Unión Europea (UE), que en marzo de 2016 firmó un acuerdo con Ankara por el cual se comprometió a pagarle dos cuotas de 3300 millones de dólares, a cambio de que Turquía reciba a todos los inmigrantes ilegales que cruzan a las islas griegas.

En las semanas anteriores a la implementación de la declaración, había alrededor de 1740 cruces diarios de inmigrantes hacia Grecia. Luego, el número medio diario de llegadas se redujo a 47, una disminución de más del 95%. Así, Turquía frenó gran parte del flujo de personas ilegales que llegaban a Europa, y aplacó el malestar de los ciudadanos europeos hacia sus gobiernos, expresado en las urnas con el resurgimiento de partidos extremistas y líderes populistas.

El gobierno turco, sin embargo, se queja de que mientras ellos cumplen con su parte del acuerdo, al momento la UE solamente pagó la mitad de la primera cuota.

Con más de seis años de conflicto transcurridos en Siria e Irak, el drama de los refugiados parece no tener fin. Si bien el grupo terrorista Estado Islámico (EI) retrocede cada vez más en el control de territorios, los gobiernos de Damasco y Bagdad no garantizan un futuro mejor para sus ciudadanos.

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