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La implosión de un modelo que sólo tuvo cohesión por el dinero

Sábado 22 de julio de 2017
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MADRID.- En América latina están en marcha tres transiciones que golpean a la extrema izquierda: el fin de la lucha armada en Colombia; el retorno gradual, pero irreversible, de Cuba al capitalismo, y el final de la revolución bolivariana. Venezuela es el eje de estas tres transiciones.

Con más de 400 presos políticos y la negación a la alternancia mediante elecciones libres, el régimen chavista se destapó como dictadura. Después del intento de Alberto Fujimori, se terminaron en el continente las dictaduras de extrema derecha, y tras casi 40 años de democracia sólo quedan las de extrema izquierda en Cuba y Venezuela. En este contexto, los más de 100 días de protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro se convirtieron en la rebelión pacífica más prolongada y de mayor participación en la región. Ninguna dictadura anterior enfrentó un rechazo tan contundente.

Si Maduro hubiese aceptado el referéndum revocatorio en 2016, posiblemente hubiera perdido conservando un 40% de los votos. Pero ahora, cada día que pasa su soporte es menor, con lo cual el presidente se está convirtiendo en el sepulturero de la revolución bolivariana.

Es totalmente falso que en Venezuela haya una lucha entre izquierda revolucionaria y derecha fascista; el régimen venezolano está enfrentado a una coalición de fuerzas esencialmente de centro que incluye a partidos, líderes, organizaciones sociales e intelectuales de izquierda que creen en la democracia y el mercado. Lo que está en juego en Venezuela es el futuro del centrismo político en América latina, porque en esta ocasión las fuerzas democráticas no son compañeras de viaje de extremistas, ni de derecha ni de izquierda. La derrota del extremismo abre la posibilidad de alcanzar una mayor madurez democrática en el continente.

Hugo Chávez pudo darle unos años más de vida al régimen cubano que ahora, literalmente, está buscando desprenderse de la teta petrolera venezolana para agarrarse de la teta financiera norteamericana. Hace 18 años era intelectualmente obvio que la revolución bolivariana tenía fecha de caducidad. La historia de sube y baja de los precios del petróleo volvía absurda la pretendida eternidad de un socialismo petrolero que permitiera repartir sin producir. Sin embargo, izquierdistas de toda América latina y del resto del mundo vieron en Chávez la resurrección del mesías, y en Venezuela, el renacimiento de la utopía que había muerto en Europa oriental y agonizaba en Cuba. La euforia fue tal que, para muchos, ser de izquierda implicaba aplaudir a Chávez y no criticar a Fidel Castro. La chequera venezolana compró lealtades a escala universal.

Pero, finalmente, tal como era previsible, se produjo la implosión del socialismo del siglo XXI y la crisis humanitaria que generó es descomunal. La fiesta del despilfarro revolucionario y del robo oportunista terminó. El modelo chavista saltó de la inclusión social a la multiplicación exponencial de la miseria. El modelo está muerto y absolutamente nada puede recuperarlo. El régimen de Chávez fue el único de los llamados bolivarianos que le declaró una guerra abierta al mercado con expropiaciones que acabaron con la economía de Venezuela. Ahora sólo le queda la fuerza bruta del carácter militar que siempre tuvo. Las ideas que acogió Chávez fueron más una oportunidad para la tradición militarista venezolana que una definición ideológica. El principal factor de cohesión de la revolución bolivariana nunca fue la ideología, sino el dinero. Con los miles de millones de dólares en ingresos petroleros fue fácil que un grupo de militares se decidiera, para beneficio propio, confesarse izquierdista.

Los militares venezolanos tienen más generales que Estados Unidos, ocupan miles de puestos de gobierno, armaron paramilitares, se involucraron en el narcotráfico, expropiaron empresas, se beneficiaron de la corrupción y el mercado negro. Reprimen, apresan, torturan, juzgan y encarcelan opositores.

En 17 años, los militares mataron a casi 300 venezolanos por protestar. En la historia de las dictaduras latinoamericanas no ha existido una elite militar que haya podido enriquecerse tanto como la venezolana, y todo esto lo defendieron como "revolución popular" los extremistas de izquierda en todo el mundo.

En el pasado, los revolucionarios latinoamericanos fueron perseguidos por Estados Unidos; los bolivarianos, por el contrario, tienen propiedades y cuentas bancarias en Florida. A Venezuela no necesitan invadirla como a Cuba, tampoco requieren armar contrarrevolucionarios como lo hicieron con Nicaragua. La revolución bolivariana no depende de Rusia ni de China, sino de que su enemigo, el "imperialismo", le siga comprando petróleo. Venezuela cubre sólo el 8% del mercado norteamericano. Suspender esa compra no afectaría a Estados Unidos y no sería una agresión, sino una decisión de mercado. Por ello, aunque parezca inaudito, Maduro sigue gobernando gracias a la compasión de Donald Trump.

Los enormes progresos en bienestar logrados por la centroizquierda en Costa Rica, Chile, España, Suecia, Noruega o Dinamarca contrastan con el desastre social y económico de Cuba y Venezuela. Es incomprensible la terquedad de los utópicos de querer hacer posible lo imposible. Chávez no inventó un nuevo socialismo para el siglo XXI, sino que repitió el camino equivocado al pelearse con las fuerzas del mercado, y sus herederos hacen lo mismo contra la democracia.

El supuesto marxista era que la revolución bolivariana lograría el desarrollo de las fuerzas productivas, pero, al igual que en Cuba, lo que hubo fue destrucción de las fuerzas productivas. Los bolivarianos no sólo se contradijeron con Carlos Marx. En Venezuela a los de arriba se les volvió imposible gobernar, hay un agravamiento extremo de la miseria y una intensificación extraordinaria de la lucha popular. Estas son las tres condiciones que estableció Vladimir Lenin para reconocer la existencia de una situación revolucionaria. Qué triste debe ser comprarse una revolución de mentiras y ser derrotado por una de verdad.

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