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Marginalidad y fútbol. Cuando clubes y jugadores son rehenes sin esperanza de una realidad atroz

La inseguridad es evidente en las cercanías de las canchas: utilerías saqueadas, predios tomados, clubes atrapados por la delincuencia y vecinos atrincherados

Lunes 24 de julio de 2017
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LA NACION
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Márgenes de exclusión y frustraciones con el Riachuelo como testigo; la cancha de Victoriano Arenas del lado de Valentín Alsina y, enfrente, la villa Zavaleta en la Capital. El fútbol también vive con miedo, espejo de una sociedad alarmada
Márgenes de exclusión y frustraciones con el Riachuelo como testigo; la cancha de Victoriano Arenas del lado de Valentín Alsina y, enfrente, la villa Zavaleta en la Capital. El fútbol también vive con miedo, espejo de una sociedad alarmada. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

La esquina de Huergo y Ramallo parece que cambió para siempre: los pibes juegan con vainas servidas enfrente de la cancha de Deportivo Merlo, postal de tiempos violentos. Clubes vandalizados, utilerías saqueadas y pensiones que alojan chicos con antecedentes delictivos. Una cancha tomada como asentamientos de emergencia junto al camino del Buen Ayre y una escuela que cierra sus puertas en La Matanza cuando Almirante Brown juega entresemana. Vecinos que deciden atrincherarse en casa si hay partido en el estadio de Laferrere. Al mediocampista Gonzalo Castellani todavía le dura el susto al recordar cuando fue asaltado a punta de pistola en el predio de Defensa y Justicia, en Bosques. El mismo miedo que acompaña a los juveniles de Quilmes que son asaltados en el boulevard Otamendi que desemboca en el predio de las inferiores cerveceras.

El fútbol se encuentra en constante erupción. Caja de resonancia de penurias, frustraciones y rencores. Entre peligros y saqueos el fútbol también vive con miedo, espejo de una sociedad alarmada. La cancha de Victoriano Arenas está en Valentín Alsina, pegada al Riachuelo, y del otro lado se encuentra la villa Zavaleta, una de las más peligrosas de la ciudad de Buenos Aires. La situación social alrededor del equipo que juega en la primera D es muy compleja, envuelta en un cóctel de droga y marginalidad. Los vecinos le cuentan a la nacion que sería mucho peor si la cercana fábrica Siam volviese a estar cerrada, como ocurrió hasta 2014. Sienten que sin esa fuente de trabajo, los índices de delincuencia se dispararían aún más.

Temperley dispone de un predio que no puede utilizar: "El Fortín", ubicado en las calles Baigorria y Quilmes, del barrio San José. Era el lugar de las inferiores celestes, pero los recurrentes hechos de inseguridad y el riesgo que significaba para los chicos de las divisiones menores, forzaron la decisión de relegar el espacio. Así fue como debió dejar ese sitio propio (hoy se encuentra tomado por parte de la barra brava, que se aprovecha del lugar a cambio de 'días pacíficos' en el club) para alquilar las canchas de la Sociedad Alemana de Gimnasia, en Almirante Brown.

Desde mediados de los 90, cuando le fue cedido por 100 años a partir de una ordenanza municipal, "El Fortín" era el semillero de Temperley, donde los juveniles se entrenaban y competían en los torneos de liga, los que corren paralelos a los de la AFA. Con el paso del tiempo los padres de los jugadores comenzaron a cuestionarle al club la presencia de sus hijos ahí por los amenazadores accesos y los hechos de inseguridad. Así fue como en el año 2012 el Gasolero abandonó el lugar.

Las adyacencias de muchos estadios se han empobrecido. En recursos, en bienestar, sin dudas, y en educación, contención y respuestas también. Varios clubes se fundaron y crecieron en un barrio humilde, sí, pero ahora quedaron atrapados por un asentamiento o una villa plena de urgencias e insatisfacción. La civilidad, la instrucción y el respeto se han devaluado. En muchos casos, la desesperación y la exclusión habilitan a la marginalidad. "Hay canchas que han quedo encerradas por la criminalidad. Desde la Aprevide estamos peleando en dos direcciones: desarticular el fabuloso negocio de las barras en los grandes clubes, y desarmar la lucha territorial que se da en las pequeñas instituciones. Unos pelean por millones y los otros para manejar barrios, cuadras, zonas donde administrar el menudeo de la droga y el manejo de los delitos", le explica a la nacion Juan Manuel Lugones, encargado de la Agencia de Prevención de la Violencia en la Provincia de Buenos Aires.

El caso de Los Andes se asemeja al de Temperley, aunque el Milrayitas resiste en su predio de Villa Albertina. Lo hace adaptándose como puede; por caso, los chicos que sueñan con llegar a profesionales se acostumbraron a esperar el colectivo dentro del club, detrás de las rejas para correr a la parada cuando lo ven acercarse. De las líneas que resisten, porque algunas dejaron de circular por la zona. Los frecuentes robos, que en algunos casos también se producen dentro del predio, le provocan a Los Andes un daño que también sufren otras instituciones: quedan relegadas en la captación de jugadores en la zona, porque los padres, aun siendo hinchas, prefieren llevarlos a otros clubes ubicados en lugares menos conflictivos.

En 15 años se triplicó el número de villas en el conurbano. Los datos oficiales indican que en el censo de 2001, el año en que la Argentina sufrió una de sus peores crisis socioeconómicas, se contabilizaban 385 asentamientos en el gran anillo bonaerense; el año pasado, el gobierno de María Eugenia Vidal dio a conocer un nuevo relevamiento: hoy son 1134 las villas del conurbano, a las que se suman otras 451 en el interior bonaerense. La Plata, con 129 barrios precarios; La Matanza, con 115; Almirante Brown, con 78; Lomas de Zamora, con 64, y Florencio Varela, con 66, son los distritos que más villas tienen. Los nuevos datos fueron difundidos por la Subsecretaría Social de Tierras, Urbanismo y Viviendas del gobierno provincial, a partir de los informes del Registro Público de Villas y Asentamientos.

Frente a la conocida ausencia de estadísticas oficiales en los últimos diez o quince años, el crecimiento de las villas bonaerenses fue analizado por diferentes instituciones, como la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) o la ONG Techo. Ya en 2006, la UNGS registraba 819 villas y asentamientos entre el conurbano y la Capital Federal. Señalaba entonces que allí vivían 1.144.500 personas, casi el doble de los 638.657 que registró el censo de 2001. Hoy se estiman cerca de dos millones.

"Hay canchas que han quedado encerradas por la criminalidad. las peleas por el negocio del delito o por el territorio se llevan a las canchas y explota en sus adyacencias "
Juan M. Lugones, encargado de Aprevide

Utilerías con alarmas

"¿Alguien se podía imaginar que a una utilería hubiese que ponerle alarma? Bueno, pasó: después de cuatro robos, a la utilería de Almagro hubo que ponerle alarma. ¡Cuatro veces nos robaron en el predio de Pontevedra!", exclama Felipe de la Riva, histórico referente del ascenso, con 13 clubes desde 2003 a hoy. "Cuando yo jugaba, todos dejábamos el auto en la vereda. Si hoy hacés eso no lo ves nunca más. Todos los autos se guardan en el interior del club, se cierran con llave y se paga vigilancia. Es otro mundo y no podés distraerte ni confiarte", dice el entrenador uruguayo que hoy dirige a Villa Dálmine, y que se tuvo que ir de Almagro por enfrentarse a la barra brava.

"Los barrabravas están dentro de los presupuestos de los clubes, son un cáncer; saben cuándo cobrás y al otro día ya te piden la plata. El capo siempre viene bien a hablarte, digamos, pero lo acompañan dos o tres que están dados vuelta por la droga y esos nunca sabés cómo van a reaccionar. La droga se convirtió en un negocio enorme y arruinó todo. Es normal que los jugadores anden con miedo", enfatiza De la Riva.

Hay un club junto a un brazo del Riachuelo en el que durante mucho tiempo no hubo fútbol. "Zona de alto riesgo" fue la explicación de los organismos de seguridad. Y por cinco años, entre 2006 y 2011, San Telmo no jugó en la isla Maciel, un lugar que no ha dejado de estar oprimido por la pobreza y la inseguridad. Clausurado el estadio Osvaldo Baletto, el Candombero se transformó en un exiliado que se paseó por Armenio, El Porvenir, Huracán, Barracas Central, Español, Atlanta, Defensores de Belgrano. y más canchas. Con el puente Nicolás Avellaneda como mudo testigo y a no más de 15 minutos de la Casa Rosada, la isla Maciel no pierde su peligrosidad mientras sí se desvanecen sus ilusiones de crecimiento y urbanización. "La isla es un mundo aparte de unos 10 mil habitantes, es una zona de alto riesgo, con accesos muy encajonados y tiroteos frecuentes. Por ejemplo las ambulancias no se atreven a entrar, salvo que las escoltemos", le confían a la nacion desde la comisaría 3era, destacamento Dock Sud. En los conventillos, cruzados por el azul y el celeste de Telmo, la gente sueña con un tiempo mejor que no llega.

Huir del espanto

Los peores cuadros se ven en el ascenso, clubes expuestos a la intemperie porque no cuentan con dinero para blindarse con fuertes medidas de seguridad. Generalmente, un alambrado los separa del peligro. Los robos a los chicos de las inferiores, por ejemplo, además del momento desagradable, deja otro perjuicio: esos pibes se van y no vuelven. "Habíamos alquilado un predio en Lavallol, pero casi todas las semanas nos saltaban los candados y nos robaban todo -cuenta un dirigente que prefiere el anonimato-; también asaltaban a los chicos en las cinco cuadras que caminaban desde la estación de tren. Mientras con nosotros les roban una y otra vez, otro club, quizá en una zona igual de marginal, pero con más dinero, les paga un remis. Chau. Quizá era un pichón de crack y se nos fue."

"Cuando yo jugaba, dejábamos el auto en la vereda. Si hoy lo hacés, no lo ves nunca más. Es otro mundo y no podés distraerte. Los barras están adentro de los presupuestos de los clubes. son un cáncer"
Felipe de la Riva, histórico DT del ascenso

Dock Sud no escapa de las generalidades. Bolsillos empobrecidos recortaron su masa societaria y la cercana 'Villa Inflamable' crece amenazante, rodeada de pestilencia y contaminación en el Polo Petroquímico del Docke. Hace algunos meses, la utilería de las inferiores fue saqueada en el Estadio de los Inmigrantes. Desaparecieron pelotas, conos y bebidas isotónicas. La sorpresa llegó unos días después, y trajo un mensaje de esperanza: un chico del barrio había sido el ladrón y su familia devolvió cada elemento sustraído. Es más, también aportó dinero para reparar la puerta violada y enrejar el acceso. Porque varios vecinos de las instituciones valoran el sentido social y la contención que ofrecen los clubes. Es que en muchos casos representan la última línea de defensa.

Daniel Meissner es fanático de Argentino de Quilmes, pero no va más a la cancha. Hace años abandonó una rutina que antes era casi una ceremonia. Por miedo dejó de ir. "No voy más, no tiene sentido. Pero como sólo me faltan dos años para ser vitalicio, sigo pagando la cuota. Eso sí, voy dos veces al año y saldo seis meses con anticipación. Apenas es un trámite, pero ya caminar frente a la sede por la calle Cevallos, y aunque sea un día de semana, me genera sugestión y temor", cuenta este hombre que relata cómo cambió la escenografía de la zona, especialmente en los alrededores del Tiro Federal, justo pegado a una cabecera del estadio del Mate.

Las disputas por un búnker de drogas o los kioscos de venta han cubierto de inseguridad al conurbano profundo. Muchas canchas se disfrazan de ring para resolver liderazgos y territorialidad. Lugones retoma el análisis. "Generalmente las peleas por el negocio o el territorio las llevan a las canchas y explota en sus adyacencias. Con los trastornos que eso representa para los vecinos. A ellos también debemos ayudar. Por eso el impulso de la gobernadora Vidal es combatir a las mafias, que no se pueden sentir más las dueñas de la pelota. Y para eso necesitamos de todos: de policías honestos, de dirigentes comprometidos, de hinchas genuinos que quieran diferenciarse de los delincuentes y de jueces que nos acompañen, particularmente algo que en la provincia de Buenos Aires nos cuesta mucho conseguir", explica el funcionario, que convive con frecuentes amenazas.

Las metamorfosis barriales ya son una incómoda costumbre. Si se juega al fútbol, se altera la vida de todos. No importa la hora ni el día. Si hay fútbol en la cancha de Los Andes, por ejemplo, la avenida Santa Fe se corta en las esquina de Rivera y de Boedo. Y en cada estadio y sus adyacencias es igual, zonas que quedan sitiadas, virtualmente apresadas por algunas horas. El miedo toma a los vecinos de rehén.

Partido de La Matanza, un territorio superpoblado con 2.200.000 habitantes y con el mayor índice de mortalidad infantil en el conurbano. Con villas grandes y peligrosas como Puerta de Hierro, San Petersburgo y villa Palito. Isidro Casanova pertenece a La Matanza. Y allí está Almirante Brown. Al Centro Educativo Terapéutico San Martín de Porres -calle Estocolmo al 2400- concurren 380 chicos que padecen TEA (Trastornos del Espectro Autista). Están a 300 metros de la cancha y decidieron suspender las clases cuando Almirante Brown juega de local en días de semana porque el escenario se vuelve riesgoso.

Autos 'económicos' para disimular

En primera hay jugadores y entrenadoresque van a las prácticas con un auto alternativo, nada llamativo, el de alta gama queda en el garaje. En vestuarios de primera y del ascenso, a veces falta algo de las pertenencias de los jugadores y entre ellos se miran con desconfianza. Llegan desde las inferiores chicos con vidas muy marginales y algunos, incluso, arrastran antecedentes policiales. Generalmente, por robos menores. Cuanto más pequeño es el club y más chica la categoría, la ciénaga se vuelve más pestilente. La profundidad del conurbano devuelve relatos escalofriantes. "El lugar se ha transformado en tierra de nadie, y la policía no protege la zona como correspondería. Algún patrullero se ve los días de los partidos, pero después, nunca más. Estamos solos", le cuenta con resignación a la nacion el delantero de un equipo de Primera C que prefiere que no se conozca su nombre.

La historia de Central Ballester es única: a su cancha se la devoró una villa, literalmente. Después de ascender de la D a la C, en 1996, descuidó su viejo estadio porque en la nueva divisional no lo podía utilizar y la lindera villa La Cárcova, en José León Suárez, partido de San Martín. se la usurpó. Jamás la recuperó y hoy es un asentamiento de emergencia. Desde entonces nómade, con mucho esfuerzo el club todavía está construyendo su futura casa, en Sarratea y camino del Buen Ayre, en San Isidro. Hace algunos años sobrevolaron fantasmas cuando un grupo de familias intentó apropiarse del predio, pero la intervención policial desalojó a esas personas. La toma del estadio también amenazó a Barracas Central, muy cerca de la villa 21 en la Capital. No faltaron discusiones -y algunos heridos- entre los vecinos y los dirigentes que hasta durmieron en la cancha para custodiarla.

Hospitales atacados, comisarías incendiadas y aulas violentas. Piquetes sin control. Calles salvajes, plazas enjauladas, cementerios profanados y estatuas decapitadas. Retratos de una Argentina que cruje. Instantáneas de insensatez, marginalidad, exclusión y delincuencia que también capturaron al fútbol. El derrumbe se hace visible en las canchas, en los clubes, en un complejo deportivo. El mapa del miedo cambió hábitos y reconfiguró la geografía. Líneas de colectivos que alteran su recorrido si ése día hay fútbol, socios atemorizados que rompen el carnet y negocios que ven caer sus ventas porque el barrio queda encapsulado por los operativos de seguridad. Barbarie, salvajismo y pillaje. Los coletazos de la inseguridad castigan al fútbol. Desde varios puntos del conurbano se repite el relato: la práctica termina abruptamente, todos cuerpo a tierra, cuando algún ajuste de cuentas desata un tiroteo en la zona.

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