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Antonio Berni, enamorado: visita a la pasión otoñal y secreta del artista

El maestro firmaba como "Antón Perulero" dibujos y collages que dedicaba a "Graciela Amor", la modelo de su último cuadro; un recorrido por la muestra que empieza a fin de mes y con cita previa

Lunes 24 de julio de 2017
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PARA LA NACION
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La muestra, un sutil show de la privacidad, inaugura el 31 en la galería Jacques Martínez
La muestra, un sutil show de la privacidad, inaugura el 31 en la galería Jacques Martínez. Foto: Anatole Saderman

Una planilla Excel muestra dos semanas de 17 turnos de veinte minutos repartidos entre el mediodía y la última hora de la tarde, completas, full. En la oficina de la galería Jacques Martínez muestran la pantalla de una notebook donde han armado el cronograma de las visitas a la muestra "Graciela Amor y Antón Perulero". Los mails y llamados fueron incesantes a partir del adelanto publicado el domingo 9 en el suplemento Ideas de LA NACION. Desde el 31, de una persona por vez, se podrá acceder por espacio de veinte minutos a la teatralización del apasionado flechazo que sintió Antonio Berni ("Antón Perulero") por la modelo de su último cuadro inconcluso, una abogada a la que le llevaba treinta y seis años y a la que llamó "Graciela Amor". LA NACION tuvo acceso ayer a una preview de este sutil show de la privacidad.

Entre marzo y octubre de 1981, Berni sublimó su deseo por esta mujer a través de una correspondencia febril y un libro de dibujos y collages que llamó El libro de Graciela Amor. Fueron muy pocos quienes supieron de la existencia de este material hasta que la historia fue contada en el libro Los ojos (2005), la biografía de Berni donde se incluyeron una de las ilustraciones, fragmentos de las cartas y el testimonio de esta mujer que desde entonces ha preferido no revelar su identidad. Allí, la modelo del maestro recordaba el primer retrato que le hizo. Una carbonilla de dos metros por uno setenta y cinco.

Cuando ahora se descorre el telón negro que separa el pasillo de la galería de la sala uno queda de frente contra aquel retrato. "Graciela Amor" posa semidesnuda, camisa ligeramente abierta y tanga, en lo que se reconoce como el tercer piso del taller que Berni tenía en la calle Lezica esquina Rawson, en el barrio de Almagro. Junto a ella hay una silla vacía de cuyo respaldo cuelga la camisa de un hombre ausente. Vemos a la "Graciela Amor" de 1981, el pelo corto es época pura, e inmediatamente la escuchamos. Una grabación en loop nos acerca su voz cálida y concentrada repasando un diario íntimo de aquellos meses en los que Berni la quiso suya pero no. Hay una situación híbrida de radioteatro (género al borde de la extinción) y salón de pintura en esto. La muestra, si se tiene que llamar así, es multimedia de baja intensidad. Hay video, pintura, sonido, pero no se trata de un asalto a los sentidos, sino más bien de la compleja deconstrucción de un sentimiento. Ahí es donde la experiencia invita a preguntarse si este acceso voyeur a la intimidad de Berni revela un cuerpo de obra hasta ahora inaccesible o se vuelve obra sólo porque se lo integra al circuito de exhibición.

Lo cierto es que las hojas que vemos desplegarse en una pantalla de video (el cuaderno original está bajo una vitrina) sirven para darnos una idea de la vitalidad asombrosa con la que Berni había llegado al último tramo de su vida. La mixtura de técnicas, de la fibra al collage con las noticias y titulares de diarios y la fotografía intervenida, pone al rosarino en el umbral de lo que llamamos hoy arte contemporáneo. Berni demuestra aquí que se puede hacer arte con casi cualquier cosa. Su destreza en el dibujo está en sintonía con un humor ácido a través del cual el pobre "Antón Perulero" asume el improbable éxito de su persecución. Hay cierto fetichismo en esos desnudos de "Graciela Amor" con taco aguja y escenas de un probable Kamasutra berniano en dibujos que dan rienda suelta a una imaginería erótica que fue parte constitutiva de su estética a lo largo de toda su obra. Bastan segundos de cada imagen para advertir el nivel de detalle y esmero en la representación de los genitales de sus criaturas.

En la sala a oscuras, el despliegue se completa con una larga mesa donde se mezclan cartas originales de "Antón Perulero" a "Graciela Amor" y sus copias. Pero la experiencia tiene algo perverso. No permite que accedamos del todo a nada. Si nos detenemos a leer las extensas cartas manuscritas y mecanografiadas por Berni dejamos de ver la pantalla por donde pasa completo el mítico Libro de Graciela Amor. Que por otra parte es una percepción virtual, hay una cámara mediando entre las hojas originales y el visitante. Al mismo tiempo, es difícil abstraerse del relato íntimo y sentido de "Graciela Amor". Una frase define la experiencia acaso. Palabras más, palabras menos, la mujer dice que "esta historia no se repetirá ni en mil años".

Tal es la singularidad de este material que "Graciela Amor" ha querido sacar del rincón de los secretos. Pero aun así el secreto no es del todo compartido. Así, el visitante tiene el punto de vista de un voyeur al que acaso le falten elementos para completar la escena. No podrá sacar fotos; tomar notas de poco le serviría. No hay exhibición aquí, apenas las penumbras de un amor no consumado.

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