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Religión y política, un cóctel peligroso

Loris Zanatta

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PARA LA NACION
Martes 25 de julio de 2017 • 00:33
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El artículo publicado por Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa en La Civiltà Cattolica ha causado gran escándalo y debate. El eco llegó a los medios de todo el mundo y muchos católicos de Estados Unidos respondieron resentidos. No es de extrañar: tocó temas importantes y delicados y lo hizo sin irse por las ramas. Denunció sin titubeos el curioso ecumenismo formado en los Estados Unidos por evangélicos y católicos integralistas; un eje fundamentalista, según los autores, que conduce a una visión maniquea de la realidad que atrajo a los presidentes republicanos de las últimas décadas. Al revés del ecumenismo que mira hacia el futuro y construye puentes, el fundamentalista postula la misión providencial de los Estados Unidos, interpreta el mundo como el terreno de la eterna lucha entre el bien y el mal y anuncia el inminente apocalipsis para teorizar la violencia purificadora contra los enemigos: la guerra santa, el Dios de los ejércitos.

Para aquellos que, como yo, no son creyentes, pero respetan las religiones y creen en la libertad de profesarlas libremente dentro de una sociedad laica, estas palabras suenan formidables. Yo también detesto los esquemas maniqueos, las guerras santas, el mesianismo providencialista, la violencia en nombre de Dios, el sueño teocrático de los cristianos fundamentalistas, su pretensión de someter la política a la religión. ¿Y podemos acaso negar que varios gobiernos de Estados Unidos de las últimas décadas han actuado como verdugos en nombre del bien que pretendían monopolizar? Hasta aquí, sigo a los autores con entusiasmo.

Al mismo tiempo, no niego que el artículo me desorientó un poco. Suena raro leer dos pastores procedentes del mundo latino y católico, donde más prosperó el Estado evangelizador, acusando a los Estados Unidos, tierra de Estado neutral, libertad religiosa y catolicismo liberal, de abandonarse a la pulsión teocrática. Y más aún suenan raras las respuestas de muchos católicos de Estados Unidos, que los acusan de someterse a la doctrina liberal de la separación de la política y la religión. ¿Se habrá dado vuelta el mundo?

En realidad, no. La historia sigue reclamando sus derechos y es en ese plano que Spadaro y Figueroa se exponen a la crítica. Dejemos de lado su dura crítica a la "teología de la prosperidad" desarrollada por algunos de aquellos cristianos mesiánicos: a mi tampoco me gusta, pero no me suena peor que la "teología de la pobreza" tan en boga en la Iglesia Católica. Cuestión de gustos.

Por otro lado, el peso que le atribuyen a la influencia política del ecumenismo fundamentalista me parece excesivo, en una sociedad tan compleja como la de Estados Unidos. Resulta difícil de digerir el audaz paralelo que establecen entre éste y el Estado Islámico. Paralelos semejantes traen a la memoria el sueño recurrente de “terceras posiciones”, de terceras vías entre dos Males: por un lado, el occidente cristiano encarnado por los Estados Unidos, y por el otro, a falta del comunismo, el terrorismo islámico; el primero llamado con nombre y apellidos y el segundo evocado como un fantasma que no tiene nada que ver con la religión. ¿Cómo no reconocer la diferencia entre un fanatismo que junto con otras muchas ideas peregrinas se manifiesta en una sociedad libre y plural y otro fanatismo que le corta la garganta al pluralismo y a la libertad?

Pero hay un pasaje, al final del artículo, que me hizo volver a la realidad. La peor desgracia, se lee, es “la idea de la realización del Reino de Dios en la Tierra”. ¡Música para mis oídos! De entender así la noción de pueblo elegido, se daría pie a "un complicado entramado de las dimensiones religiosa y política". Eso es verdad. Pero, ¿estamos seguros de que este peligro sea especialmente grave en los Estados Unidos? ¿No lo es aún más en los países de mayoría católica? El populismo latinoamericano está ahí para demostrarlo. ¿Acaso no pretendió siempre ser la encarnación política de los valores del Evangelio? ¿No ha sido siempre muy maniqueo al oponer su pueblo, síntesis de todas las virtudes católicas, a una oligarquía demoníaca? ¿No suele considerar legítimo pisotear los derechos de sus oponentes y burlarse de la democracia pluralista invocando un mandato divino? ¿Y nadie jamás en la Iglesia le ha brindado cobertura teológica? Baste recordar las palabras de Hugo Chávez en la clausura de un conocido discurso en las Naciones Unidas: los Estados Unidos eran el "diablo" que "huele a azufre"; pero, afortunadamente, "Dios está con nosotros".

¿Por qué esta digresión, que no tiene nada que ver con el artículo de Spadaro y Figueroa? Hay un par de buenas razones. La primera es que los populismos latinoamericanos también son fanáticos y mezclan peligrosamente la religión y la política, pero no recuerdo que hayan sido nunca objeto de parecidas excomuniones. Suelen más bien disfrutar en casi todas partes de simpatías entre el clero. ¿Acaso hay fanatismos buenos y fanatismos malos (yankees los primeros y latinos los segundos, por tanto "progresistas")? Sería muy maniqueo.

La segunda razón, más importante, tiene que ver con la historia: más allá del ecumenismo mesiánico que no me causa ninguna simpatía, no debe olvidarse que el catolicismo de Estados Unidos tiene una fuerte tradición liberal (tradición que el latino nunca tuvo tan fuerte); y que el sistema democrático de Estados Unidos posee una extraordinaria capacidad para metabolizar los retos del fanatismo. ¿Podemos decir lo mismo en los países católicos de Europa y América? Un ejemplo: Donald Trump completa seis meses en el gobierno, pero la mayoría de sus intenciones siniestras están varadas debido a la resistencia del tejido democrático de Estados Unidos. En cambio, Hugo Chávez se había adueñado de todos los poderes del Estado en nombre de su inspiración cristiana, y el resultado está ante nuestros ojos.

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