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Un trayecto iluminado de Split a Dubrovnik

Domingo 30 de julio de 2017
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LA NACION
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La semana pasada visitamos Split y también conocimos un poco la historia de Marinko, el Rey del Chocolate. ¿Qué les parece si ahora nos subimos al auto, tomamos la carretera y nos dirigimos a la ciudad de Dubrovnik? Y para eso salimos por la ruta 8, en dirección al Sur, y bordeando las perfectas aguas azules del Adriático comenzamos nuestro camino.

Había decidido hacerlo temprano por la mañana, no sólo para encontrarme con menos tránsito -que en el verano europeo puede ser intenso-, sino también por una cuestión lumínica. Como ustedes bien saben el sol sale por el Este y, dada la posición geográfica de la costa dálmata y su orientación, la espectacular luz de la mañana baña el paisaje con una tonalidad única. Lo que más me había sorprendido al tomar la ruta era lo prístino de las vistas que tenía enfrente. Como si todo resaltara con esa brisa cálida libre de polución, no había nada que obstaculizara la vista.

Así pasaron unas buenas horas de manejo, descubriendo pequeñas playas y poblados, sintiendo los aromas del viento que se colaban a través de la ventanilla abierta, con esa sensación en el cuerpo de no apuro y anotando mentalmente aquellos lugares dignos de ser visitados nuevamente (la verdad, muchos). Una de las particularidades al realizar este trayecto por ruta es la de atravesar un país diferente para llegar a destino. Porque en un determinado momento uno deja Croacia y entra en Bosnia-Herzegovina, realizando una distancia de tan sólo 20 kilómetros para reingresar a territorio croata.

En este pequeño trayecto bosnio, en el cual uno recorre la región de Herzegovina, paré a tomar algo en Neum, una simpática ciudad costera llena de pequeños hoteles, restaurantes y la que le permite a este país tener su salida al mar. Aquí me quedé una buena hora, no sólo para estirar las piernas un poco y tomar ese refrigerio bajo el increíble sol de la media mañana. También lo hice para sentir que no sólo estaba de paso por aquí.

Una vez satisfecho y sintiendo que le había hecho honor a mi pasaje por una nación diferente, subí al auto nuevamente, pasé por migraciones e ingresé nuevamente en Croacia.

Me quedaban poco más de 65 kilómetros y repasaba en mi mente los datos más significativos del lugar que me esperaba: su increíble muralla que la rodea, sus uniformes tejados, su importante puerto protegido por la fortaleza de Sveti Ivan (San Iván), sus ancianos monasterios, la famosa farmacia franciscana (una de las más antiguas del mundo que comenzó a funcionar allá por el siglo XIV), sus callejuelas llenas de vida y secretos, y caminando por aquí uno se puede dar cuenta perfectamente cómo la producción de Game of Thrones eligió la ciudad para representar King's Landing, capital de los Siete Reino, por eso hoy en día Dubrovnik también te transporta a un mundo de fantasía.

Ya los carteles anunciaban mi llegada a la vieja Ragusa (como se la conoció también a Dubrovnik) y sabía perfectamente qué tenía que hacer. Iba a realizar esta nueva visita aquí de una manera particular: de afuera hacia adentro.

Para eso me dirigí directamente a calle Petra Kresimira IV, lugar donde parte el teleférico de la ciudad que lleva a la cima de Srd (sí, así se escribe y significa roble) para comenzar con la mejor vista panorámica. Me agencié un espacio para estacionar, compré la entrada en la boletería, ingresé en la cabina y el teleférico inició su ascenso. La inmensidad del océano y la roca sobre la que se construyó la ciudad aparecieron de repente. Cada metro que ascendía mejor se veía la ciudadela-fortaleza y desde mi privilegiada posición la imagen era como la de un viejo grabado cartográfico.

Ya sabía lo que sucedería después. Iba a realizar un zoom in personal para conocerla casi centímetro a centímetro...

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