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Mecánica y cocina rudimentaria

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 30 de julio de 2017
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Son innumerables las historias que abrazan mis muchos años de trajinar la Patagonia austral, ya sea por carretera, enripiado, trillo, sendero, vadeo, sirga, bote, esquí o a pie.

A propósito de los objetos de gallina, hace más de treinta años un pequeño avión Twin Otter de LADE en el que viajábamos quedó averiado en la pista de tierra de Alto Río Mayo, en Chubut. Descendimos al pueblo y mientras buscábamos transporte para continuar viaje (una vieja camioneta F100) nos sentamos con mi novia y una amiga a almorzar en un restaurante del pueblo. El mozo, sin menú, nos ofreció de palabra milanesas con ensalada, a lo que respondimos al unísono que sí. Al poco tiempo regresó y nos preguntó si queríamos las milanesas con objetos o sin objetos. Inmediatamente le pregunté a qué se refería. Me guiñó un ojo y al oído me dijo... ¡huevos fritos! Consideró que los oídos de mis bellas acompañantes no merecían escuchar tan indigna palabra.

Foto: Ilustración: Flor Sánchez Elia

Terminado el almuerzo, sin poder contener risas y carcajadas por la solemne consideración, reanudamos el andar en la vieja camioneta por un camino polvoriento. Las jóvenes adelante, al resguardo del conductor, y yo en la caja, sentado sobre una llanta, mirando el desierto patagónico.

Al vadear un río y golpear contra una piedra bocha, un estruendo grave hizo detener la marcha. Nos encontrábamos en una de aquellas regiones desérticas y ventosas serpenteadas por los ríos que tienen naciente en las altas cordilleras. El conductor, luego de una veloz mirada entre las ruedas, se pronuncio: "Se partió el palier". Para recorrer estas tierras con amabilidad es preciso tener tiempo y paciencia y saber amoldarse a la magnífica adversidad. Con gran preocupación pregunté, mirando ya la hora tardía y la desolación del camino: "¿Qué vamos a hacer?" El hombre, con una enorme sonrisa, me contesto: "¡Cambiamos el palier!" Así, desenfundó de una rotosa arpillera una pieza nueva mientras me decía que en la Patagonia siempre hay que tener un palier de repuesto, y sacando su caja de herramientas se dispuso al arreglo.

Nosotros, mirando el atardecer sentados sobre la pala de una topadora de vialidad que se encontraba al costado del camino, felices de tener un conductor precavido y bien dispuesto. Ya con la última noche y luego de varios vadeos, el hombre nos depositó a salvo en destino, donde pernoctó y procedió a regresar a la mañana siguiente luego de un copioso desayuno.

Puedo aseverar que el ingenio y la habilidad de los habitantes de estas tierras realzan la condición y espíritu humano, demostrando que siempre es mejor abrazar los contratiempos y buscar dignidad en los peores momentos para desmantelar los infortunios con parsimonia cordillerana. Paso a paso, como el tiro imbatible de una yunta de bueyes. Lo miré alejarse hasta que desapareció, lleno de admiración.

Así la adversidad puede ser extensiva a la cocina, llegar a casa para preparar un menú de bajo presupuesto parece difícil, pero debiera siempre ser un premio, ya que a veces cocinar con productos caros lleva al cocinero a un intento de estar a la altura de receta y componente, complicando el hacer o elongando la receta hasta lugares desacertados. Si en el canasto de las verduras encontramos papas, ajo y cebollas y en la alacena descansan magníficos algunos objetos de gallina, podemos hacer una épica tortilla de sartén negra con perejil, un soufflé de papas acebollado o unas papas hervidas y pisadas con huevos escrachados.

Mecánica y cocina rudimentaria deben ser materia de agrado.

Queda una vez más demostrado que la vida en la Patagonia puede ser solitaria y ventosa, pero que estas tierras crían mujeres y hombres heroicos que abrazan desventura y alegría por igual. Precavidos y sonrientes.

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