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Ciencias sociales vs. ciencias naturales: la lucha continúa

A 20 años del "affaire Sokal" y pese al reclamo de transdisciplina propio de nuestra era, dos investigadores repitieron la experiencia: ¿las ciencias "duras" y "blandas" siguen sin encontrarse?

Domingo 30 de julio de 2017
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PARA LA NACION
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Ilustración: Alejandro Agdamus
Ilustración: Alejandro Agdamus.

En el prólogo de su último libro, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, la escritora norteamericana Siri Hustvedt vuelve sobre una idea enunciada en 1959 por Charles Percy (C. P.) Snow y aún vigente: existen dos culturas opuestas, la científica (con rigor, método) y la humanística (blanda, bajas calorías), que generan un abismo de mutua incomprensión. "Snow identificó un problema que no ha hecho más que agravarse en el último medio siglo", escribe Hustvedt. (Entre otras varias razones, por el hecho de que la ultraespecialización hace que incluso en ocasiones no se pueda seguir al detalle qué hace un colega del mismo campo científico.)

Quien le echó más sal a esa vieja herida fue el norteamericano Alan Sokal, físico de partículas para más datos. Hace veinte años, junto con su colega belga Jean Bricmont publicaron Imposturas intelectuales, el libro en el que reúnen una colección de críticas a lo que podría sintetizarse como pensamiento posmoderno, basado en estudios sociales, de lingüística y apoyados en el relativismo epistemológico. Pero la polvareda ya había empezado el año anterior cuando Sokal -hoy de 62 años- publicó en la revista de estudios culturales Social Text un trabajo deliberadamente paródico, con jerga sociológica intrincada, tras apenas tres meses de estudio para "dominar el lenguaje posmoderno". Ya desde el título "Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica" le sacaba la lengua a ese posmodernismo relativista e incluía burlas similares a consagrados como Lacan, Latour, Baudrillard o Deleuze. La cuestión es que Social Text publicó el artículo congratulándose de que la ciencia dura aceptara por fin los términos sociales blandengues sin sospechar nada. Cuando Sokal advirtió la trampa -que incluía citas verdaderas y, al menos en ese contexto, desopilantes- que les había tendido a los editores, estalló la polémica mundial. "Estoy contra la idea de que cuanto más oscuro es un texto más profundo es", argumentó Sokal.

El debate fue álgido y duró bastante tiempo; en cierto sentido, nunca se acalló del todo (volvió, por ejemplo, cuando Lino Barañao asumió por primera vez como ministro de ciencia, en 2007). Los combatientes se dijeron de todo menos intelectual; por más líneas que tuvieran los currículums y referencias a las universidades prestigiosas, muchas veces la disputa tuvo el esquema de la reducción ad hominem que abunda en los programas de televisión de "debate" (valgan las comillas). Incluso se acusó a Sokal de antifrancés por haberse concentrado en pensadores de esa nacionalidad.

A manera de celebración (o para sumar líneas argumentales, vaya a saber), en mayo de este año otros científicos repitieron el modus operandi de Sokal. Peter Boghossian y James Lindsay, un filósofo y un matemático, entregaron con pseudónimos a la revista Cogent Social Sciences un artículo titulado "El pene conceptual como un constructo social". Empieza así: "La evidencia androcéntrica científica y meta-científica de que el pene es el órgano reproductor masculino se considera abrumadora y en gran medida no controvertida". Leña al fuego.

Amable traidor

En 1998 Sokal estuvo en la Argentina en plena vigencia de su acotada fama, dio una conferencia en la Universidad de Buenos Aires y se prestó a un debate en la sede capitalina de la Universidad Nacional de Quilmes. "Yo estaba aterrorizada porque sólo veía pasar a cientificistas", dice la epistemóloga y ensayista Esther Díaz, invitada como contrapeso del físico en aquella ocasión. "Pero él fue amable y hablaba perfecto español así que al final estuvimos bastante de acuerdo y hasta aceptó mis puntos de vista", recuerda ahora Díaz, que entonces le reprochaba al físico que las ciencias duras también están plagadas de palabras y conceptos extrapolados de otras ciencias y nadie se escandaliza por eso. "Los conceptos de orden y ley, sin ir más lejos, provienen de la abogacía y el derecho", puntualiza. Por eso, "la impostura es de él. Una broma muy ingeniosa que hizo en la que utilizó prejuicios de esas dos culturas. Los prejuicios de los lacanianos, por poner un lugar común, de creer que si algo no se entiende es más profundo. Y los remanidos prejuicios de los científicos duros en general de creer que son los dueños de la verdad", narra la autora de Problemas filosóficos, libro a publicarse en la próxima primavera. Pero dos décadas después, Díaz cree que aquello quedó apenas en una broma y una buena cuenta bancaria para Sokal y su socio. "No cambió nada, no hubo ningún movimiento sísmico que se haya producido. Fue un divertimento; hoy, es anécdota", dice.

Para Pablo Jacovkis, matemático y ex decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, "no es que haya habido una burla a los estudios sociales en general, sino a algunos. Basta leer dos párrafos de cualquier texto de Max Weber (por dar un ejemplo) para darse cuenta de que juega en primera, a un nivel al cual muy pocos llegan, sean de una de las culturas a las que se refiere C. P. Snow o de la otra. Hay una burla a las chantadas. Las ciencias sociales son tan serias como las naturales (y tal vez más difíciles: hay más variables, es difícil a veces decidir qué es causa y qué es efecto)". Y agrega que "por supuesto que hay diferencias de culturas en cuanto a códigos (todos respetables): los 'naturales' en general no leen sus ponencias en los congresos; los sociales y de humanidades sí, los sociales y de humanidades tienen más tendencias a publicar en libros. Pero esos códigos distintos no se refieren a la calidad, sino que son más bien instrumentales".

Ahora bien, ¿fue una crítica de izquierda o de derecha? Sokal y Bricmont creen que de izquierda, se aceptan herederos de la Ilustración y el racionalismo; de hecho Sokal domina el castellano por haber leído Mafalda y enseñado matemática en Nicaragua, durante el primer sandinismo, e intercambia opiniones con Noam Chomsky, ícono de lo que en Estados Unidos llaman liberals. En el mismo sentido escribió Jacovkis en su momento cuando hablaba de que las críticas de Sokal también iban contra cierto "irracionalismo progresista".

En el mismo lodo

Sin embargo, para Pablo Rodríguez, doctor en ciencias sociales e investigador adjunto del Conicet en el Instituto Gino Germani, la cosa va más allá de ese binarismo político. "La interpretación de la broma no es 'qué chantada son las ciencias sociales' sino qué chanta es el sistema para todas las ciencias; todos estamos 'ranqueados' según cantidad de investigaciones, según cantidad de papers, lo mismo que las revistas. Todos esos 'ranqueos' suponen un sistema económico donde la competencia no es por ver quién tiene la mejor teoría o una verdad, sino más bien cómo seguir produciendo más publicaciones. Eso hace que nadie se pregunte qué está haciendo, sino que lo haga automáticamente." En ese contexto es que flaquean las revisiones de pares y se cuelan los trabajos falsos o falsificados. "A nadie le importa si está buena la investigación o si aporta novedad al campo de estudio. Es una industria que necesita seguir produciendo. No hay tantas ideas buenas para 40.000 papers al año, por decir un número", señala Rodríguez, que remarca la ventaja de un par de siglos de las llamadas ciencias duras respecto de las otras que recién están en proceso de armado. "Es más difícil mentir sobre física newtoniana o sobre Darwin, pero porque llevan siglos de papers." ¿Y qué cambió en este par de décadas desde el primer Sokal? "En este tiempo se exacerbó el sistema académico mundial erigido sobre corruptelas. No sólo en sociales, sino también en exactas. Se podría hacer la broma inversa, publicar un artículo sobre algo de biología con sandeces y pasaría el filtro. Las sociales llegaron más tarde al sistema, sólo eso, y por lo tanto se le ven más rápido los calzoncillos."

Díaz señala algo muy parecido: "Ésa es la verdad profunda del barro de la ciencia. La revisión es de amigos, cuántos papers me publicaste vos y cuánto yo a vos, casi no hay referato ciego (donde quien evalúa desconoce al evaluado). Más allá de las teorías, desde mi lugar práctico, pragmático, sé cómo se maneja la ciencia con sus amiguismos. Y ojo que es algo de todo el mundo, un problema universal".

Entonces el asunto ya no es la división interna entre las ciencias sino cómo se hace cualquier ciencia hoy. En esa grieta caerían todos los integrantes del sistema científico, empantanados en una maraña que no crearon pero que los envuelve, más allá de los pecados de origen y discusiones epistemológicas: publicar o quedar afuera del sistema.

Ajeno a las burocracias y sistemas científicos (justamente por la libertad que le da a su autora ser escritora y conferencista por la libre), el prólogo de Hustvedt termina con cierto optimismo: "Aunque a veces me deprime un poco el hecho de tener que vivir en el abismo que dio a conocer Snow hace años, en la mayoría de los casos no me importa. Se ha hablado mucho de la construcción de un puente grande y hermoso sobre ese abismo. Por el momento, sólo tenemos una pasarela provisional e inestable, pero me he fijado en que cada vez hay más viajeros recorriéndola en ambos sentidos".

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