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La gente feliz en las redes, ¡qué depresión!

Juana Libedinsky

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LA NACION
Sábado 29 de julio de 2017
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NUEVA YORK.- Es esa época del año. Momentos capturados en fotos donde todos los chicos (ajenos) siempre están divertidos revolcándose en el mar o en la nieve, voluntariamente lejos del iPad. Donde se ven familias sonrientes en lugares exóticos, llevándose todos tan, tan bien. O, si se quedan en la ciudad, mostrando cómo saben disfrutar de sus tesoros ocultos, resaltados con el perfecto encuadre y filtro. Son, por supuesto, las vacaciones de los demás en versión Facebook/Instagram.

¿Cómo sobrevivirlas? "La comparación es el ladrón de la alegría", les enseñan aquí a los chicos que dijo Theodore Roosevelt. Y aquel presidente posiblemente tenía razón. Pero en la era de los medios sociales que bombardean esas imágenes todo el tiempo, hace falta algo más que esa máxima. Sobre todo cuando uno se dedica a mirar las fotos ajenas en la oficina con el aire acondicionado que nunca funciona en la hora pico, o en el subte que se para eternamente entre estaciones por arreglos para el otoño. O en las propias vacaciones, que por alguna razón nunca se sienten tan increíblemente extraordinarias y maravillosas como las de los demás.

The New York Times vino al rescate. Justo antes de que comience la temporada, publicó un ensayo de Seth Stephens-Davidowitz, el autor del libro del momento, Todos mienten. El libro fue reseñado por todas partes, pero el matutino logró ir directamente al meollo de la cuestión y ofrecer una solución.

Stephens-Davidowitz cuenta que pasó cinco años estudiando data agregada de búsquedas en Google. Encontró que, en soledad frente a la pantalla y de manera anónima, la personas le dicen a Google cosas que no publican en los medios sociales. Incluso le dicen a Google cosas que no le dicen cara a cara a sus amigos íntimos. Un dato elocuente fue cómo las mujeres hablan de sus maridos. En medios sociales, lo que más encuentra después de las palabras "mi marido es" son frases como "el mejor" y "el más grande". En Google, "un imbécil" y "tan molesto" están entre las primeras.

Uno mismo puede hacer la prueba de esto. Sólo hace falta teclear el comienzo de cualquier frase en el buscador de Google para ver cuáles son las opciones más pedidas para completarla (que son las que automáticamente aparecen).

El autor dice, entonces, que cada vez que se sufre un ataque de envidia después de ver las fotos que postean los demás, hay que salir de los medios sociales. En su lugar, hay que adentrarse en las búsquedas de Google para ver algo más cercano a lo que, en realidad, está atravesando la mayoría. Luego hay un tema estético. Un lector del matutino que se confesó con antecedentes de depresión, dijo que no entraba en Facebook o Instagram para ver fotos de pilas de platos sucios e imágenes políticas deprimentes sino que quería ver fotos agradables como escapismo. Y otros sencillamente las disfrutaban.

Así que la propuesta de Stephens-Davidowitz no resultó perfecta. Pero en un mundo en que temas como big data suelen ser sólo para especialistas, fue muy simpático y bienvenido el intento de mostrar que algo derivado de estos conceptos tan complejos podía intentar usarse para aliviar pequeños pesares veraniegos.

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