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Lo que significan nuestros perros

Daniel Gigena

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LA NACION
Martes 01 de agosto de 2017 • 00:52
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Hasta hace poco existió el mito de que los taxistas sólo escuchaban Radio Mitre durante el día y la FM Aspen por la noche y de que compartían ciento por ciento las ideas de Jorge Lanata, al que cuando hacía un comentario audaz por la radio elogiaban con un "Qué fenómeno". Si el pasajero lo permitía, también realizaban interpretaciones al volante.

En la década de 1990, como un signo de los estragos de la desocupación en el país, se afirmaba que a los arquitectos e ingenieros no les había quedado otra que conducir taxis por la ciudad. Siempre se consideró a los integrantes de ese gremio el súmmum de la porteñidad, pese a que (lo vi con mis propios ojos) en otras ciudades del país también existen los taxis y los taxistas.

No viajo tanto en taxi como quisiera pero mi percepción es diferente cada vez. Hay de todo en los embotellamientos y las autopistas del Señor.

Una tarde decidí darme un gusto y paré un taxi. Para empezar, el conductor contó que en los últimos meses había sumado dos horas a la jornada laboral para ganar una cifra parecida a la que juntaba en épocas anteriores. Ese uso del verbo "juntar" despertó mi interés. Salía desde Ezeiza a la madrugada y en los días fríos todavía podía ver la escarcha en los lotes sin edificar. Habló bastante de sus dos perros durante el viaje.

Cerca de esa localidad bonaerense, había vivido uno de mis tíos, el hermano menor de mi padre (los dos integraban una fraternidad de siete). Cuando en los años noventa se quedó sin trabajo, estuvo a punto de comprarse un taxi pero decidió que sería más rentable convertirse en proveedor de golosinas en los quioscos de la zona. Recorría los barrios, de Ciudad Evita a Tapiales y de Aldo Bonzi a María S. de Mendeville, donde había una estación de trenes que parecía habitada por fantasmas, pese a que una amiga me aseguró que viajaba diariamente. Gran parte del trabajo de mi tío consistía en desplazarse con chicles, alfajores y chocolates a bordo, en la parte de atrás de una Citroën anaranajada.

Aunque en esa familia se aceptaban perros en la casa, al regreso él solía hablar de los perros de los clientes. A las historias con perros las contaba con mayor detalle que las que protagonizaban personas. En esas ocasiones, que eran habituales, los perros poseían mucha personalidad (más que los propios dueños). Bien podían ser magnéticos y bulliciosos como irritados y distantes. Cuando mi tío quería dar una idea de lo desolado que era uno de los barrios al que le había tocado visitar por trabajo, pronunciaba solamente tres palabras: "No hay perros".

Los destinos de los perros y los de mis tíos paternos, que crecieron en la pampa gringa cordobesa (aunque ellos no eran "gringos"), parecían cruzarse siempre.

En varias oportunidades, episodios de la historia familiar salían a flote gracias a la aparición de un perro en el recuerdo. "Eso pasó cuando el Capitán se peleó por un hueso con uno de los chanchos", evocaban. O: "Vos no conociste al Negro, era muy chúcaro". (Allí se usaban los artículos antes de cualquier nombre de animal o de humano.) Y de ese hilo, al que yo imaginaba que colgaba de la boca jadeante del Capitán o del Negro, se desarrollaba una historia florida, como aquella vez en que la Blanquita había rescatado al loro que se había caído al río o cuando el Tuqui había sobrevivido una semana perdido en los alrededores de Alpa Corral. Había vuelto a "las casas" lleno del polvo gris de las tosqueras.

Si hago cálculos (¿hacemos otra cosa en estos días?), la edad del taxista debía rondar la de mi tío si él aún viviera. Antes de bajarme, terminó de narrar la anécdota que pintaba la actitud que habían adoptado los perros cuando había nacido su hija mayor. "Dejaron de hacerme fiestas por un mes", dijo. Así fue como esa tarde supe que también existían los perros celosos.

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