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Cambiaron radicalmente su alimentación para conseguir un mayor bienestar

Martes 01 de agosto de 2017 • 00:41
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LA NACION
Hace cinco años Romina empezó a sentir rechazo por las carnes y las harinas y logró que toda su familia se sume al cambio de alimentación
Hace cinco años Romina empezó a sentir rechazo por las carnes y las harinas y logró que toda su familia se sume al cambio de alimentación.

A los 17 años, la alimentación de Romina era más o menos la siguiente: cuando salía del secundario trabajaba en una cadena de comidas rápidas, lo que implicaba tentarse con una de esas opciones diariamente, y al volver a su casa la esperaba una cena a base de carnes y harinas. Los fines de semana se sumaban las pizzas y en ocasiones especiales era tradición comer cerdo.

Uno de los primeros recuerdos que Romina tiene de su infancia es empanando milanesas y contestando a los clientes preguntas sobre cortes de carne detrás del mostrador, en la carnicería de su papá.

El motor del cambio

Hace cinco años, embarazada de Victoria su tercera hija, empezó a sentir rechazo por las carnes, hasta el olor le producía nauseas, no podía acercarse a la carnicería ni cocinar. Estaba anémica, se sentía hinchada y pesada. Ante ese panorama e intentando mejorar los valores nutricionales, su obstetra le indicó que comiera el almuerzo y la cena una ensaladas con dos cucharadas de lentejas–“y yo que pensaba que las lentejas sólo se comían en guiso con chorizo colorado y panceta en invierno”, dice–. También le indicó que sume frutas y jugos naturales.

Cada vez se sentía mejor: tenía más energía, su piel lucía radiante, su colon irritable formaba parte del pasado y sus carteras ya no cargaban medicamentos para la pesadez.

Hoy se siente con más energía, su piel luce mejor y ya no se siente pesada después de cada comida
Hoy se siente con más energía, su piel luce mejor y ya no se siente pesada después de cada comida.

Lejos de todo pronóstico, cuando nació Victoria el rechazo por las carnes en lugar de aminorarse se acentuó. Ahí empezó una búsqueda. Ahí tomó consciencia de que tenía que cambiar su forma de comer.

Empezó leyendo en soledad el libro Cocina del arco iris de Gabriel Cousens. Después siguió con los manuales de Néstor Palmetti sobre los efectos de los lácteos y las harinas en el cuerpo y a sintonizar en la radio los consejos de Pablo Martín sobre alimentación consciente y a los integrantes de La Revolución de la Cuchara, sobre veganismo.

Más leía más se convencía de que tenía que hacer un cambio, de que aquello que comemos repercute en nuestro cuerpo y nuestro humor, y que es nuestra responsabilidad como padres la alimentación de nuestros hijos.

Lo bueno se contagia

Tres influencias fueron la clave para que un año después su marido se sume a este camino de bienestar: el libro Malcomidos de Soledad Barruti y los documentales Fat, sick & nearly dead (Gordo, enfermo y casi muerto), y Fork over knife (Tenedores sobre cuchillos).

El libro Malcomidos de Soledad Barruti y los documentales Fat, sick & nearly dead (Gordo, enfermo y casi muerto), Fork over knife (Tenedores sobre cuchillos) la ayudaron a tomar la decisión
El libro Malcomidos de Soledad Barruti y los documentales Fat, sick & nearly dead (Gordo, enfermo y casi muerto), Fork over knife (Tenedores sobre cuchillos) la ayudaron a tomar la decisión.

En las reuniones familiares no faltaban las bromas sobre que tomábamos leche de alpiste o que vivíamos a pasto. Pero de a poco fuimos inspirando a amigos y familiares y hasta mi papá que al principio nos miraba con cara rara empezó a tomar agua con limón y bicarbonato en las mañanas y hasta se compró una juguera”, cuenta Romina orgullosa.

Modificar los hábitos alimenticios no se trata sólo de evitar fritos y dulces. Romina dice que también es “poder conectarse con ese alimento que estamos preparando. Se trata de saber de sus nutrientes y cómo va a influir en nuestro organismo”. Tanto ella como su marido cocinan con música suave y piensan el menú en función de los nutrientes que van necesitando.

“Ver a tu hija de cuatro años mirar dibujos mientras se come un pepino es un placer –dice–, y que tu hija de trece consuma más frutas y verduras porque ve que su acné desaparece y que elija agua en vez de gaseosa para mi es tarea cumplida”.

Hoy lleva cinco años sin consumir carnes y lácteos, y las harinas solo forman parte de algún permitido fuera de casa. Su rutina consiste en preparar leches vegetales de coco o almendras para el jardín de su hija más pequeña, en su cocina cuelgan hierbas secándose para hacer infusiones, hay frascos con kefir –probiótico natural– y abundan las frutas, verduras, legumbres y cereales.

"Ver a tu hija de cuatro años mirar dibujos mientras se come un pepino es un placer", dice Romina
"Ver a tu hija de cuatro años mirar dibujos mientras se come un pepino es un placer", dice Romina.

“Ver los resultados de todo este camino es maravilloso. Mis hijas ya no se enfermen y en casa no entra un antiinflamatorio hace cinco años. Eso es impagable. Al fin y al cabo, alimentarse es mucho más que llenarse el estómago”.

"Qué no falten nutrientes"

La nutricionista Eliana Bazar, que después se convirtió en amiga de la familia, fue transitando con ellos el cambio, acompañándolos con planes nutricionales para asegurarse que no les falten nutrientes y aprendiendo a combinar los alimentos y a comerlos adecuadamente para aprovechar todo su potencial.

“Romina se acercó con la intención de dejar las carnes –cuenta Bazar–, entonces armamos un plan para cubrir nutrientes con alimentos de origen vegetal. Sumamos a su dieta diaria legumbres, cereales integrales, semillas y frutas secas. El plan no consistía solamente en hacer reemplazos sino en re-aprender a comer. Fue un proceso personal y muy paulatino hacia la alimentación natural.”

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