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Postales de una decadencia cada vez más pronunciada

Miércoles 02 de agosto de 2017
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No hace mucho, las sorpresas tenían un efecto mayor en la sociedad. Los violentos, los desubicados, los "vivos", podían manifestarse, "hacer de las suyas", pero quedaban expuestos, había hasta una condena social, capaz de llegar hasta donde las leyes nunca accedían. Hoy todo se desnaturalizó tanto que hasta se justifican actitudes desleales: "Venimos de la D, había que festejar", dijo Leandro Freyre, el futbolista que pretendió dar por terminado el partido antes de tiempo. "Podemos jugar cinco minutos más, seis. Si en 90 minutos no nos patearon al arco, ¿qué problemas va a haber?", agregó ayer Jorge Benítez, el DT. El mismo Benítez es el técnico de un equipo argentino que agranda las áreas para ascender y esas imágenes recorren el mundo. Otro ladrillo para entender por qué el fútbol argentino pierde credibilidad. El punto está en tratar de hacer las cosas bien, sin trampas, en no pretender alcanzar un resultado a cualquier precio. Porque una cosa es la rivalidad, el folclore bien entendido, y otra es no tener problemas en ganarle a un adversario con trampa. Federico Barrionuevo, de Comunicaciones, hizo una comparación muy clara: "Antes, la gente invadía un campo de juego para festejar cuando el partido había terminado para llevarse una camiseta, un pantalón, un souvenir; acá el que invadió el campo fue un colega y para sacar ventaja deportiva", explicó en TyC Sports.

Hace unas semanas, Federico Allende, de Pacífico General Alvear, equipo que eliminó a Estudiantes de la Copa Argentina, reconoció haber pinchado con alfileres a Otero durante el partido: "Lo maté, pero ¿qué querés que haga? Esto es para vivos y veíamos que esa era la forma", dijo el día después Allende. Tampoco se trata de quedarse en eso. Otero sostuvo que le avisó al árbitro cuatro veces y que no le creyó: "Le dije al referí y no me dio bola. Se lo repetí al línea y sólo se reía". Al menos habría que dudar e involucrarse en la situación. Se insiste. El problema es mayor aún. Hoy el fútbol argentino se debe autocensurar para evitar escándalos, parece que es la única forma de prevenir incidentes. Se juega con una sola hinchada y no se la puede contradecir. Por el contrario, el jugador debe aguantar toda clase de insultos o agresiones. "Los hinchas tienen razón en enojarse", es común escuchar en un equipo cuya campaña es floja. No se debe gritar un gol a un ex club, un delantero no debe gambetear porque en lugar de eso ser entendido como una maniobra de desequilibrio individual se lo acusa de "cancherear". En el último clásico en Rosario, tras el triunfo de Central, algunos intentaron justificar las agresiones o proyectiles que caían al campo de juego porque los futbolistas canallas habían festejado mucho el tercer gol. Cambiar la camiseta en un clásico puede costar la rescisión del contrato, como sucedió con Leguizamón (Gimnasia) ante Estudiantes en 2007. Ahora, hasta los organismos de seguridad recomiendan que, en caso de que un equipo salga campeón de visitante, no dé la vuelta olímpica.

El fallo de Riestra-Comunicaciones todavía no salió, pero el reglamento de la AFA es claro: deben darle los puntos a Comunicaciones. Más si Claudio Tapia desea despegarse de gestiones anteriores. Porque lo que está en juego no es el resultado de un partido o un ascenso, sino un estilo de vida que acepte con una mayor tolerancia la derrota y encuentre al ganador festejando con altura, sin golpes bajos ni provocaciones.

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