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Por una malformación lo iban a sacrificar, pero un buen diagnóstico cambió su suerte

Martes 01 de agosto de 2017 • 14:00
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Fue parte de una de las incontables camadas que aquella joven gatita había parido en el Mercado de Frutas y Verduras de Lomas del Mirador, partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires. Era julio de 2015, el frío del invierno se hacía sentir y Cabeshón, con tan solo 20 días sobrevivía con un destino incierto. Había nacido con una malformación en su cabeza y en sus patas que le impedía caminar y desenvolverse como todo gatito hace en esa etapa de su crecimiento. Y, para quien era su dueña, este bebé representaba un problema por lo que sencillamente había decidido sacrificarlo.

"El alerta por este caso me llegó un sábado a la noche. Cuando vi la foto pensé que el animalito no iba a sobrevivir porque hasta el lunes a la mañana no nos iban a dejar ingresar al predio para poder sacarlo", cuenta Alejandra Muñoz, quien ese mismo lunes se convirtió en su rescatista y en la persona que literalmente le salvó la vida. Cuando lo llevó al veterinario, luego de un examen minucioso, el diagnóstico fue duro pero alentador. Cabeshón tenía una malformación ósea que había afectado su cabecita -de allí su nombre- y sus patas delanteras producto de la desnutrición de su mamá. Por eso había nacido con muy bajo peso y descalcificado. "La doctora que lo atendió y siguió su caso me explicó que lo primero que necesitábamos era alimentarlo correctamente, administrarle calcio y vitaminas y esperar para que sus pequeños cartílagos pudieran crecer un poco más. Luego se le iban a hacer una serie de vendajes para darle forma a sus patitas", recuerda Alejandra y aclara que tuvo suerte de dar con la profesional ya que, en la mayoría de los casos, se suele recomendar amputar las patas y, en el peor de los casos, dejar que el estado del animal evolucione sin intervenir, lo que complica el cuadro a futuro.

Los primeros días bajo el cuidado de Alejandra fueron difíciles para Cabeshón. No solamente recibía sus dosis de vitaminas y calcio vía oral sino que, además, tenía controles diarios con la doctora para hacer el recambio de vendas de sus patas y asegurarse de que todo marchara según se esperaba. "La primera vez que lo vendamos se tiró al piso y quedó como en trance por unos segundos. Es la reacción natural que tienen los gatitos cuando se les colcan vendas. Por eso, con mucho amor, le fuimos mostrando que podía pararse y lo ayudamos para que diera sus primeros pasos", dice Alejandra. Afortunadamente Cabeshón salió adelante en forma progresiva y, a los diez días, ya le pudieron poner unas tablillas que darían forma y sostén definitivo a sus patas. Pasó un mes desde que había llegado a la casa de Alejandra y los cambios eran realmente notables. "Con el alta de la médica veterinaria, decidí ponerlo en adopción porque yo tengo muchos animales en tránsito en mi casa y que él gatito pudiera tener una familia que lo amara y cuidara era lo mejor que le podía pasar", explica Alejandra.

Para sorpresa de esta experimentada rescatista, la familia que adoptaría a Cabeshón no se hizo esperar. "Un día me escribió Luis para decirme que estaba interesado en adoptar al gatito. Le expliqué su historia, que todavía necesitaba algunos cuidados especiales y que tenía un pasado triste. Y fue muy emocionante cuando me dijo que estaba todo bien, que lo quería adoptar con seguridad para cambiarle su vida", recuerda Alejandra con una sonrisa. Aunque al principio Cabeshón se mostró un poco arisco con Luis y Mariela, sus nuevos padres, poco a poco este matrimonio se fue ganando su confianza y cariño y hoy el gatito vive feliz. "Para nosotros Cabeshón es un gatito especial porque su infancia fue difícil. Por sus problemas físicos fue discriminado y por eso decidimos traerlo a casa. Es un compañero que nos alegra los días", asegura Luis Guiastrennec, su dueño.

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