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Línea directa con Macri: ¿hacia dónde va el deporte argentino?

Jueves 03 de agosto de 2017
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Rio 2016 nació condenado al éxito –los primeros Juegos Olímpicos de la historia de Sudamérica, todo un hito–, pero celebra su primer año arrastrando fracasos: es la antítesis de Barcelona 92, no le cambió la historia al deporte brasileño. Por eso es que vale preguntarse hacia dónde va el deporte argentino cuando faltan apenas 14 meses para que el nombre “Buenos Aires” se grabe indeleble en la historia olímpica.

¿Qué son esos Juegos Olímpicos de la juventud (YOG) que se celebrarán del 6 al 18 de octubre del año próximo? Deportivamente, una competencia menor, porque lo que se verá en acción es a 3962 atletas de 15 a 18 años. No habrá estrellato, no habrá figuras, pero sí un impagable asiento en primera fila para entender cómo los jóvenes viven hoy el deporte y para ver disciplinas que hace 20 años nadie imaginaba practicar. Unos Juegos políticamente correctos –1981 mujeres y 1981 hombres– que en algunos círculos se han vendido como “un 40 por ciento” de lo que son los Juegos Olímpicos de verano.

Error que abre la puerta a falsas expectativas. Es cierto que los Juegos porteños tendrán, en cuanto a competidores, una dimensión apreciable (3962 participantes contra 11.237 de Río 2016, el 35,2%), pero en el resto de las comparaciones –trascendencia deportiva, repercusión mediática, impacto en la ciudad, esfuerzo presupuestario– son liliputienses, menos de un cinco por ciento de lo que mueve el hermano mayor. ¿Quiere decir esto que no son importantes? En absoluto, los Juegos porteños son una apuesta muy inteligente de Gerardo Werthein para posicionar olímpicamente a Buenos Aires, que tiene la mira puesta en 2032 para tomar el testigo de Los Ángeles. Lo que sucede es que nadie lo quiere decir aún con todas las letras en el Comité Olímpico Argentino (COA), mucho menos en un gobierno ya obsesionado con las elecciones y que sabe, tras la decisión del COI de entregar de una tacada los Juegos de 2024 y 2028, que una eventual Buenos Aires olímpica no será un asunto por decidir en el próximo lustro. Entretanto hay tiempo, por ejemplo, para impulsar en serio la natación y encarar los endémicos problemas de la Confederación Argentina de Atletismo (CADA).

Mientras muchos se preguntan por qué Luis Lobo, responsable del deporte porteño, tiene tan poco vínculo con Buenos Aires 2018, por las oficinas de la Casa Rosada circula un decreto que debería firmarse en los próximos días: la secretaría de Deportes pasa a depender directamente de la Secretaría General de la Presidencia. Una forma interesante de acabar con el estéril debate de si el deporte debe estar integrado al Ministerio de Educación o al de Desarrollo Social. El deporte, por el impacto que tiene en la sociedad, debería contar con su propio Ministerio. Si esto no es posible, que tenga línea directa con la presidencia es una buena noticia.

“Estar cerca del presidente nos va a dar mucha mas visibilidad, nos va a facilitar cosas”, dijo a LA NACION Carlos Mac Allister, secretario de Deportes.

El deporte argentino estará así comandado por un cuarteto. Fernando De Andreis, secretario general de la Presidencia, supervisará todo, Mac Allister seguirá siendo el titular de la Secretaría y Werthein, desde la presidencia del COA y su habilidad política, trabajará con ellos. Hay un cuarto integrante de papel no menor: Fernando Marín. El exitoso productor, ex gerenciador de Racing y ex titular del Fútbol Para Todos (FPT) funcionará como una especie de “electrón libre” en la secretaria. ¿Sus funciones? Impulsar la comunicación, las relaciones internacionales y los grandes eventos. Un ejemplo es el del Mundial de fútbol Argentina/Uruguay 2030, interesante objetivo que demandará cambiar casi de raíz la pobre infraestructura actual de los dos países. Nada fácil. Con acceso directo a la oreja del presidente, del que es amigo desde hace décadas, Marín puede ser el as en la manga cuando las cosas se compliquen en los vericuetos internos del gobierno. ¿Será suficiente? En un país hiperpresidencialista como la Argentina, mucho depende del humor del jefe de Estado. Sigue llamando la atención, entonces, que al presidente con más pergaminos futboleros de la historia del país se lo haya escuchado hablar una y otra vez de la barbaridad que es (era) que el Estado financie al fútbol (estaba en lo cierto), pero casi no diga palabra sobre qué se quiere hacer con el mayor de los males del deporte argentino, la violencia que contamina todo dentro y fuera de las canchas.

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