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Guillermo Kuitca: "El público interesado en arte es un fenómeno nuevo"

Referente del arte argentino, creador de una beca que lleva su nombre, inspirador de las nuevas generaciones, el artista anticipa el desembarco, en octubre, de la extraordinaria muestra de la Fundación Cartier: más de 800 obras de 24 protagonistas de la escena mundial

Foto: Ignacio Coló
Domingo 06 de agosto de 2017
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PARA LA NACION
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Desde que conozco a Guillermo Kuitca vive en el mismo lugar. Una casa elegante y señorial en Belgrano R, que ha ido mutando con el tiempo y con la carrera del artista, que pasó del siglo XX al XXI sin dejar de ser el referente número uno del arte argentino contemporáneo.

El día de la entrevista compartimos un frugal almuerzo vegetariano, sentados en los bancos altos de la cocina comedor, con Martín, colaborador y mano derecha en la producción de la ambiciosa muestra que tiene en marcha, para unir la Fundación Cartier y el CCK. Esta vez será el artista como curador, aunque Kuitca, cuyo umbral en el uso del lenguaje es perceptivo y cuidadoso, prefiere quedarse con la palabra mirada para hablar de su participación en Los visitantes, la exposición que desembarcará a fines de octubre en las salas del centro de artes visuales más grande de América latina, con 800 obras de 24 artistas que se expresan en todos los lenguajes y se valen de todos los soportes.

Será una oportunidad única para hacer una inmersión en la escena del arte cutting edge, con "guiños inesperados y mestizajes, entre ideas, artistas y obras". La crème de la crème, pero no del establishment, o, como le gusta decir a Kuitca, "no estarán los nombres de la shopping list", léase Demian Hirst, Jeff Koons, Murakami o los hermanos Chapman.

Llegarán al ex Palacio de Correos -edificio ejemplar del arquitecto francés Norbert Maillart- obras de Tony Oursler, William Eggleston, Douglas Gordon, Hiroshi Sugimoto, Patti Smith, Agnès Varda, Nan Goldin, Artavazd Pelechian, Francesca Woodman, Raymond Depardon, entre otros, y del propio Kuitca, cuya memorable instalación Living Room, inspirada en una pieza maestra de David Lynch, creada en octubre de 2014 para el 30° aniversario de la Fundación Cartier, se verá en La Gran Lámpara, la sala nobile del CCK.

Con los auspicios de la Fundacion Cartier, de la embajada de Francia, del Instituto Francés y del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, Los visitantes será el punto más alto de la agenda cultural de Buenos Aires en un año excepcional, cuando la ciudad está en la mira del mundo arty, tras ser elegida por los gurués suizos para arrancar con el programa de Art Basel Cities.

Foto: Ignacio Coló

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Fundada en Francia en 1847, la marca Cartier es sinónimo de altísima calidad; de relojes de lujo y de brillantes con varios quilates. Desde 1984 es también puerta de acceso a la innovación y un catalejo de nuevos artistas, procedentes de todas las latitudes, fichados por expertos para integrar la colección propia o para las muestras temporarias.

La Fundación Cartier de Arte Contemporáneo fue creada por iniciativa del presidente de la compañía, Dominique Perrin, y en las últimas dos décadas, bajo la dirección de Hervé Chandès dominó el panorama parisino desde un descomunal edificio de vidrio y acero diseñado por Jean Nouvel en el corazón de Montparnasse, más precisamente en el 261 del Boulevard Raspail.

Este centro de legitimación de las últimas tendencias decidió mirar en los bordes; capturar el centro, pero también la periferia: Japón, Corea. y América latina. Mucho antes de la creación de la monumental sede de Louis Vuitton en el Bois de Boulogne, signé Frank Gehry, la Fundación Cartier formó una colección de notables y deslumbró con las muestras del australiano Ron Mueck y de la brasileña Adriana Varejão, entre muchos otros.

En tres oportunidades, Guillermo Kuitca fue el interlocutor de monsieur Chandès. En 2000, lo convocaron a Raspail 261 para montar una retrospectiva de sus series históricas completas: los diarios, los mapas, los teatros y los planos de departamentos. Volvió para festejar los veinte años de la Fondation, con una muestra de artistas sub 30, de la que participaron Catalina León y Flavia Da Rin, ambas becarias Kuitca, integrantes de una recordada edición de la Beca Kuitca, que tuvo como base de operaciones una escuela de Once y como socio estratégico al Centro Cultural Rojas y a la UBA.

En 2014, cuando celebraban los treinta años, Kuitca montó en París su Living Room après David Lynch, y, según recuerda ahora, "resultó una experiencia feliz desde el comienzo al fin". Esa historia reciente de encuentros y reencuentros lo convirtió en la persona justa para el momento justo, cuando la Fundación Cartier y el CCK sellaron una alianza de cooperación inédita, con el apoyo de su equipo curatorial y , especialmente, con la colaboración de Hélène Kelmachter, por años curadora de Cartier y ahora agregada cultural de la Embajada de Francia en Buenos Aires.

Los planetas se alinearon bajo el impulso de Hernán Lombardi, dos veces ministro de Cultura de Macri, amigo de Francia desde siempre y en la actualidad al frente del Sistema Federal de Medios, y de ese gigantesco centro cultural que es el CCK.

Los visitantes, una mirada de Guillermo Kuitca a la colección de la Fondation Cartier pour l'art contemporain será un punto de inflexión en el programa de exposiciones generado desde una institución oficial en diálogo con la empresa privada.

Foto: Ignacio Coló

Para encontrar una iniciativa de este nivel en la escena cultural argentina, habría que remontarse a muestras históricas del siglo XX como De Cézanne a Miró y Contrastes de Forma, ambas organizadas por el Museo Nacional de Bellas Artes con apoyo de los Amigos y de instituciones norteamericanas. Muchos artistas argentinos descubrieron en esas muestras su artista fetiche. Esa experiencia les cambió la vida. Todavía recuerdo a Polesello, el querido Pole, diciendo hasta qué punto "mirar la obra de Vasarely fue un viaje de ida".

Y ahora estamos con Kuitca. El elegido de los creadores ha fijado su mirada en la Colección de la Fundación Cartier y ha compartido la visión con el director Chandès. "Es difícil encontrar en el mundo del arte una persona como él. Podría cambiar la mejor idea, por el cuidado con que él trata a los artistas. Es excepcional."

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Lo dicho vale doble en boca de quien ha recorrido un largo camino de éxitos sucesivos. A los 13 años Kuitca colgó por primera vez sus trabajos en la galería Lirolay, mítico espacio de los setenta. Antes de los treinta había participado en la Bienal de San Pablo; tenía un libro sobre sus tempranos comienzos firmado por el crítico Fabián Lebenglik (compañero de banco en el Colegio Nacional Sarmiento); tenía obras colgadas en los grandes museos, y había conquistado la chapa de consagrado, rótulo esquivo y codiciado por los jóvenes artistas argentinos.

Las muestras en el IVAM de Valencia y en el Tamayo de México, en los años noventa, abrirían una carrera de éxitos coronada por ventas en sus dos galerías de cabecera: Sperone-Westwater y Hauser & Wirth, ambas jugadoras en las ligas mayores. Pero también en las subastas latinoamericanas y contemporáneas de Christie's y Sotheby's. Algo inusual en esta latitudes, el pintor de los mapas tuvo siempre un gran eco entre los coleccionistas globales. Su muestra en el Centro Hélio Oiticica, muchos años atrás, fue impulsada por la coleccionista Frances Reynolds, entonces casada con José Roberto Marinho, magnate de los medios y heredero del imperio de O Globo. Kuitca era su artista fetiche. Lo fue también para Hans Herzog cuando comenzó a formar la colección Daros, para una millonaria coleccionista suiza con base en Zurich.

Aunque deliberadamente soslaye el tema del mercado, las obras de Kuitca integraron también las colecciones argentinas, cuando el arte contemporáneo comenzó a tallar en las preferencias del gusto nacional, anclado por años en la pintura europea y en el post impresionismo. Va como botón de muestra el apoyo recibido por el coleccionista Jorge Helft, en forma individual, y por la Fundación Antorchas como institución, que donaría a fines de los ochenta un conjunto de obras al Museo Nacional de Bellas Artes. Incluido un Kuitca.

Foto: Ignacio Coló

En 2007, fue elegido por la Dirección de Asuntos Culturales de la cancillería argentina para representar a nuestro país en la Bienal de Venecia. Mostró entonces, en el Ateneo Veneto, obra nueva, desconocida, asumiendo el riesgo que representaba dar ese paso, justamente, en la madre de todas las bienales. Pero lo hizo. Se había cerrado un círculo y se iniciaba un registro pictórico distinto, anudando la abstracción con una paleta casi monocromática, acerada y punzante. Ese Kuitca inédito llegaba a la Bienal dirigida por Robert Storr de la mano de Inés Katzenstein, su curadora y luego aliada estratégica en la realización de las Becas Kuitca con la Universidad Di Tella.

¿Las becas fueron una forma de estar presente sin exponer?

Sin haberme ido nunca, siempre estuve pensando en volver. Pasé 36 años sin exponer en la Argentina y volví con la muestra del Malba, que antes se había visto en el Reina Sofía de Madrid. Creo que la beca ha sido todos estos años un semillero por el que pasaron más de 160 artistas, pero el agradecido y quien más aprendió fui yo. Ser parte de la escena sin estar en la escena, y compartir tiempo y experiencia con artistas como Diego Bianchi, Flavia da Rin, Luciana Lamothe, Matias Duville, Sofía Bohtlingk, Eduardo Basualdo, Catalina León, Carlos Herrera, Jazmín López, Juan Tessi, Tiziana Pierri, Rosa Chancho y muchos más.

La Beca Kuitca, ya en el formato DiTella, ganó el lugar de excelencia en la formación de artistas y fue, al mismo tiempo, espacio de legitimación para los artistas. Intuyo que también Kuitca reforzó el lugar de referente, de inspirador.

La beca ha sido un lugar de trabajo compartido. Estábamos mirando lo mismo con el artista. Discutíamos, pensábamos y dudábamos juntos. No creo en la idea de las clínicas como lugares para bajar línea y determinar rótulos. Todo lo contrario, se necesita tiempo, mucho tiempo, y eso es exactamente lo que permite el formato de una beca. En cuanto a ser inspirador, nada me parece mejor si esto es realmente así.

***

La conversación transcurre en el piso alto de la casa-taller, a metros de la maqueta de la muestra Los visitantes, ideada por el artista-curador, obsesivo y perfeccionista.

"La particularidad, lo que convierte a esta muestra en un hecho excepcional es que cada artista tendrá su propio espacio, son muchas muestras monográficas en simultáneo, esto permitirá una mayor intimidad con las obras. También el descubrimiento de artistas desconocidos por el público local en un marco de referencia que tiene un programa de actividades, como las Noches Nómades y otros formatos que importamos directamente de París porque son realmente muy buenos."

Será interesante ver cómo opera una muestra llegada de la Fundación Cartier de París, que imagino dirigida al público conocedor, en un gigantesco centro de publico ecléctico como es el CCK. Y gratuito.

Me gusta la idea de la provocación, de ver cómo recibe ese gran público una muestra coral. Además, estará seis meses, lo que vuelve posible volver a ver lo visto, regresar, preguntar, aprender. Es muy generoso de parte de la Fundación Cartier anclar la colección en Buenos Aires tanto tiempo, y también de parte del CCK comprometer su espacio de exhibición.

Si se toma como antecedente lo ocurrido en la Noche de la Filosofía, que convocó en la trasnoche de un sábado a 42.000 personas, hasta es posible pensar en un blockbuster.

Supongo que estamos frente a un nuevo fenómeno que es el público interesado en arte. Esto ha cambiado radicalmente. Comenzó a cambiar en los tiempos de Warhol, que con Bacon y Picasso forman el eje de mis intereses y el centro de mi admiración. Tengo una serie inspirada en Warhol, de la que he sacado la figura humana, pero mantengo color y formato. Y a Bacon diría que lo sigo desde que era un chico y descubrí sus figuras contorsionadas. Picasso es la energía sin límites, la entrega y la capacidad para empezar siempre de nuevo. La instalación Living Room tenía en París un retrato de Bacon (Man in Blue) y un Tarsila (Urutú) del año 28, casi una línea de tensión. Tarsila es la representación de la Antropofagia, una visión que me fascina y es tan latinoamericana.

No hay curador o director de museo que pase por Buenos Aires sin hacer una escala en el taller de Kuitca. El último fue Jeff Rosenheim, responsable de la muestra de Diane Airbus en Malba. ¿Hay una institución Kuitca?

Son muchos años, conozco mucha gente, tengo infinidad de contactos. También las galerías que trabajan mi obra están insertas en el gran circuito. Rosenheim es un profesional, un gran curador, me gustó verlo interesado por los Diarios.

Y podrían estar en breve colgados del museo de la Quinta Avenida. [Risas] Es Kuitca un elegido de los curadores, un enfant gâté...

No hay elegidos. Lo que hay es el trabajo de todos los días. Hoy es la muestra de la Fundación Cartier, mientras preparo un libro de mis dibujos desde los años setenta. El año próximo tendré una muestra en Los Angeles y antes estaré en Escocia, pintando un mural en la casa de un coleccionista.

No te ha ido mal.

Yo soy el que baja todas las mañanas al taller a enfrentar la tela en blanco. Ese es mi esfuerzo. Siempre empezar de cero. Si tengo que decir algo de mi vida de artista, tal vez lo que más me asombra es haber logrado sostener una carrera de tantos años, sin perder el entusiasmo original".

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En el camino se perdió la figura humana. La última vez que Kuitca pintó una figura fue en Siete últimas canciones, obra paradigmática y bellísima.

"La figura no está, pero están sus huellas. Me estorbaba. Alguien estuvo allí y me interesa más esa huella de lo humano que la figura misma. Nada recuerda más la presencia de lo humano que un colchón. Mis camas con mapas formaron una serie que dio la vuelta al mundo, hasta tal punto que cuando escuché hablar de mí como el artista de los mapas, decidí que había llegado el momento de cerrar el círculo. Como los Diarios, que son tondos (redondos), porque son telas que cubren mi mesa de trabajo. Marcan el registro de la cotidianeidad, hasta que saltan a la pared y se convierten en pinturas con vida propia. Se termina una. Y se termina para siempre.

Y luego vinieron los planos y los teatros, un entorno muy escenográfico que delata tu amor por el teatro y que tuvo como culminación el telón del Colón.

Hice tantos planos de teatros que me pareció justo tener finalmente la oportunidad de hacer el plano del Colón y que ese fuera el leitmotiv del nuevo telón. El teatro ha sido en mi vida, desde muy chico, fuente de inspiración, un lugar de donde saqué ideas e inspiración para mis pinturas. Siempre he vuelto a la pintura, porque creo que mientras un pincel y la tela sirvan para expresarme, allí estaré. Pero no estoy defendiendo la pintura como la antorcha de un cruzado. Nada me interesa más que lo contemporáneo, jamás miro al pasado con nostalgia ni con melancolía.

¿El espacio y el tiempo son dos paradigmas de Kuitca?

Ver la obra de la coreógrafa alemana Pina Bausch fue para mí un flash. Pero antes estuvo la prédica respetuosa y necesaria de mi maestra Ahuva Szlimowicz, me enseñó sin cambiarme. Me dio libertad para expresarme sin mandatos. En su taller estuve desde los nueve hasta los dieciocho años. Quizás lo más importante es que ella supo guiarme, pero también guiar a mis padres. ¿Qué hacer con un chico de nueve años que pinta como un adulto?

¿Y el tiempo? ¿Cuál es tu tiempo hoy?

[Silencio] Creo que es un tiempo de pausa. Con la beca hay un paréntesis necesario para la reflexión. No se trata de hacer sino de entender para qué se hace. Ahí estamos. Frente a la tela. estoy pensando. Y esperando.

Kuitca es sereno, reflexivo, inteligente, un poco fóbico. Casi, diría, que siempre está un paso adelante. Tengo una recuerdo que lo pinta de cuerpo entero. Hace muchos años compartimos un curso que dictaba Lucas Fragaso en la casa de Adriana Rosenberg. Creo que se hacía los martes y el grupo era buenísimo. Fragaso leía un texto, generosamente hermético, con comentarios al pie, y recomendaba lecturas para la clase siguiente. El único que leía siempre todo, y en el idioma original, era Guillermo. Auténtico Kuitca.

1961

Nace en Buenos Aires el 22 de enero

1970

Ingresa en el taller de pintura de Ahuva Szlimowicz, su maestra hasta los 18 años

1974

Realiza su primera exposición individual en la galería Lirolay

1984

Cuelga su primera muestra en la galería Julia Lublin de la serie Mar Dulce

1985

Participa en la XVIII Bienal de San Pablo con el grupo La Nueva Imagen

1992

Es invitado a la Documenta IX de Kassel, donde presenta una instalación de veinte colchones

1993

Recibe el premio al Artista Joven del Año de la Asociación Argentina de Críticos de Arte por la serie Nadie Olvida Nada

2003

Realiza una retrospectiva en Malba procedente del Reina Sofía de Madrid

2007

Representa a la Argentina en la Bienal de Venecia. Es seleccionado por el director Robert Storr para exhibir los Diarios en Arsenale.

2014

Monta en París su Living Room après David Lynch

El futuro

"Preparo un libro de los dibujos que hice desde los años setenta. El año próximo tendré una muestra en Los Angeles y antes estaré en Escocia, pintando un mural en la casa de un coleccionista"

Asistente de fotografia: Lucas pérez Alonso. asistente de producción: Maki Dell. Pelo y make-up: Andrea Gonzalez Mollo para Id Estudio. Agradecimiento: Estudio Cabeza

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