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Barenboim y Markevitch, una visión del mundo a partir de la música

Por separado y en distintas épocas, el precoz alumno y su fugaz maestro coincidirían en organizar la sociedad con criterio orquestal

Hugo Beccacece

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PARA LA NACION
Jueves 03 de agosto de 2017
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Por la precocidad con que empezó su carrera, el pianista y director Daniel Barenboim es no sólo un protagonista sino un testigo excepcional de la vida musical de los últimos setenta años. Conoció a las grandes figuras de un período riquísimo en el campo artístico e intelectual. Esa fue la razón por la que pedí hablar con él. Quería preguntarle sobre una de aquellas figuras de la que fue discípulo durante un brevísimo período de la niñez, en 1954: Igor Markevitch, el compositor y renombrado director de orquesta ucraniano (1912-1983). Me interesaba indagar la continuidad asombrosa entre el pensamiento musical y político del músico argentino y el de aquel temprano maestro con el que supuse debía de haber tenido contactos posteriores a 1954.

Foto: LA NACION

Desde hace unos meses, investigo sobre las dos estadías de Vaslav Nijinsky en Buenos Aires para escribir una serie de episodios porteños sobre artistas y personajes relacionados con los Ballets Russes de Serguei Diaghilev, entre ellos, Markevitch. Éste, a los 16 años, fue descubierto precisamente por Diaghilev en los últimos meses de su vida. El empresario y esteta quedó deslumbrado por el talento del compositor y el porte aristocrático de ese adolescente, especie de Tadzio de La muerte en Venecia. Los dos pasaron juntos una parte del verano de 1929 recorriendo los festivales musicales europeos. Por compromisos profesionales, Diaghilev debió viajar solo a Venecia, donde murió unas semanas después. En 1936, Markevitch se casó con Kyra, la hija de Nijinsky.

En su autobiografía, Una vida para la música, Barenboim cuenta que, a los 9 años, en la casa de Ernesto Rosenthal, tocó el piano delante de Markevitch. Éste le dijo a Enrique Barenboim, el padre de Daniel: "Su hijo toca el piano admirablemente, pero puedo afirmar por la forma en que lo hace que es en verdad un director". También le propuso que el niño participara de los cursos de dirección orquestal dictados por él en Salzburgo. Los Barenboim emigraron a Israel en 1948 y, en el verano de 1954, Daniel fue llevado por sus padres a la ciudad de Mozart para que tomara clases con el maestro ucraniano. El entusiasmo de Markevitch por Daniel creció aún más y lo llevó a ponerlo en contacto con Nadia Boulanger, que había sido su maestra en la juventud.

En 1980, tres años antes de su muerte, Markevitch, que tenía una sólida formación de intelectual, publicó Être et avoir été (Ser y haber sido), sus memorias, donde cuenta su vida y despliega su pensamiento sobre la orquesta entendida como una confederación, forma política que recomienda para el desarrollo de los pueblos. Quien lea ese libro comprobará las coincidencias de opinión con el director argentino.

La conversación con Barenboim en el Salón Blanco del Colón me abrió una perspectiva distinta de la que esperaba: "Tuve a Markevitch como maestro un mes o un mes y medio a los 11 o 12 años. No hablamos de temas sociales, yo era muy chico. En cuanto al parentesco entre su pensamiento y el mío, lo ignoraba hasta hoy. Después de aquellas clases de Salzburgo, no tuve más contacto con él. No leí su libro de memorias pero me anoto su título para encargarlo."

De todos modos, había algo en esa coincidencia de pensamiento musical y político que me seguía intrigando. Se me ocurrió una hipótesis mucho más lógica. Markevitch era, como lo es Barenboim, no sólo músico sino intelectual. Los dos construyeron una visión del mundo a partir de la música. Las conclusiones a las que llegaron acerca de la interpretación y de la conducción de una orquesta, cada uno por su lado, los llevaron a pensar en organizar la sociedad y la educación a imagen y semejanza de una formación orquestal. Era casi forzoso que, por sus ideales progresistas, coincidieran. Además, los dos habían tenido una maestra en común: Nadia Boulanger. En la rueda de prensa de Barenboim, reseñada de modo excelente por Pablo Gianera en este diario el martes de la semana pasada, el director dijo: "Una de las cosas más interesantes de la música es que está basada en el contrapunto, en los contrastes, pero cuando está todo terminado tienen una unión: tiene que volverse Uno. En ese sentido, es como la religión."

La primera vez que Markevitch dirigió obras no compuestas por él (Varsovia, 1938) tomó conciencia de los principios que rigen la orquesta: "Su jerarquía notable, libre, consentida, y donde cada elemento es igual a todos los otros por su utilidad." Y más adelante, en el mismo pasaje de Être et avoir été: "Pocas cosas me exaltaron más en esos días que el descubrimiento de ese humanismo musical y de la solidaridad sonora que implicaba. (...) Cuando comprendí que la música sinfónica era también una expresión social superior, tomó para mí una dimensión antes desconocida. Lo que en la música facilitaba la colaboración de todos era el espíritu de la obra que unía el esfuerzo colectivo y le daba un sentido". El papel del director era dar unidad a esa proliferación de esfuerzos: "Cada vez que lo lograra, la felicidad estética del oyente se duplicaría con un significado ético cuyo valor me parecía superiormente bello". El ser de la música, según el músico ucraniano, trascendería lo sensible, "su razón se ennoblecería con el espectáculo de una sociedad cuyo funcionamiento, podía, gracias a la obra que la unía, alcanzar la perfección". Del mismo modo que concebía la orquesta como una "confederación" entre los instrumentos, pensaba que los pueblos, más que las naciones, debían organizarse según ese criterio. Cada uno con sus propias palabras, el músico argentino y Markevitch, defensores de la unión de Europa en épocas distintas, dicen lo mismo.

Barenboim dio un paso más allá: del pensamiento pasó a la acción. En 1999, creó con el pensador palestino Edward Said la Orquesta West-Eastern Divan (WEDO) en la que trabajan y conviven jóvenes músicos judíos y de países árabes.La WEDO devino un símbolo y un ejemplo de que los enfrentamientos raciales, étnicos y nacionalistas pueden resolverse en una unidad mediante el diálogo y la persecución de un fin común.

También Markevitch tuvo actividades políticas, pero de un tipo muy distinto. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, radicado en Florencia se integró a un grupo de la Resistencia contra el fascismo. Se desempeñaba como mensajero e informante. En su libro Made en Italy, el director recuerda su pasado de partisano. Con el tiempo, se dijo que había sido espía de los aliados. A fines de la década de 1990, esas sospechas tuvieron una derivación espectacular, difícil de creer, de la que jamás hubo pruebas definitivas a pesar de que se escribieron libros y artículos sobre el tema: se dijo que había participado como intermediario en las negociaciones para salvar la vida de Aldo Moro, secuestrado por las Brigadas Rojas en 1978. Sus memorias, más allá de los rumores, sintetizan un credo basado en el arte, que defiende la paz, el humanismo y el progreso. Barenboim, batuta en mano, no defiende otra cosa.

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