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Más grande que Elvis

Las Vegas no sería lo mismo sin el Rey, de quien se cumplen 40 años de su muerte. Tampoco sería lo mismo sin Pete Vallee

Foto: Juan Serrano
Domingo 06 de agosto de 2017
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PARA LA NACION
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LAS VEGAS

Pete acaba de terminar su primer pase del día cantando Suscipious minds. Se seca el sudor de la frente. Limpia el vaho que empaña sus lentes de cristales ahumados azules y montura dorada. Posa sonriente, levantando el enorme pulgar de su mano derecha como si ofreciera un amarre para barcos, con los fans que se le aproximan como se acercan los niños a Papá Noel en Navidad. Y después, por fin, resopla, se relaja y echa mano de la tartera negra que ha dejado en una mesa junto al descomunal trono de madera pintada de oro donde está sentado. Una silla talla XXXL en la que se ha arrellanado al llegar y de la que sólo se levantará durante las próximas cuatro horas a mitad de alguna canción para agitar las caderas y la cola para sorpresa y regocijo del público. Pete saca de la misma una manzana como los magos extraen conejos de sus galeras. Una manzana roja, muy roja, de cuento, que brilla cubierta por su manaza y bajo el oro de los anillos con forma de herradura y el zafiro negro que acorazan sus dedos.

-Se está comiendo una manzana. Si hubiera venido hace 10 o 15 años, ¿qué hubiera comido en este momento?

-Pues seguramente una hamburguesa doble con queso o una pizza, o cualquier otra cosa de esas que saben tan bien.

Pete ha llegado a trabajar una hora y media antes. La chica que atiende el estacionamiento del hotel Linq no sabe quién es Pete Vallee. Hasta que le cuento que es el tipo que imita a Elvis Presley en el Harrash's, el casino contiguo. Y entonces sí, dice que claro, que es Big Elvis, y que sí, que claro también, que ahí deja él su coche los tres días a la semana que baja al Strip, la sección del Las Vegas Boulevard donde se alinean a ambos lados los hoteles más famosos, donde brotan torres Eiffeles, pirámides y palacios, a trabajar. Y en ese momento un compañero suyo, un negro con chaleco rojo que sonríe curioso abriendo mucho la boca como si fuera un catálogo de pianos, me señala una puerta en la verja de alambre y me dice que ahí, justo ahí, es donde se detiene siempre Pete Vallee. Porque ahí, justo ahí, es donde hay menor distancia entre el estacionamiento y la entrada al Piano Bar del casino en el que actúa. Y ahí, justo ahí, lleva razón, pocos minutos después aparece el Chevrolet Tahoe azul con Pete al volante, ya vestido de satén negro y lentejuelas doradas, ya con sus lentes de sol puestas, ya transformado en Big Elvis, ya izando su pulgar y sonriendo. Y ahí, justo ahí, es donde, cuando se abre la puerta del vehículo, emerge de verdad Pete Vallee en todo su esplendor.

Desde hace 20 años, Pete le rinde homenaje al Elvis de la última etapa, gordo y extravagante, que tenía la mejor voz de su carrera, profunda, densa y con matices
Desde hace 20 años, Pete le rinde homenaje al Elvis de la última etapa, gordo y extravagante, que tenía la mejor voz de su carrera, profunda, densa y con matices. Foto: Juan Serrano

Las Vegas no sería lo mismo hoy sin Elvis Presley. El 16 de agosto se cumple el 40° aniversario de su muerte. Pocos meses antes, en diciembre de 1976, había actuado por última vez en la ciudad. Entonces se quejaba la crítica especializada de que Elvis parecía una parodia de sí mismo. No era el mismo que había batido récords años antes: 636 noches de shows con todas las entradas vendidas. No era aquel cantante salvaje que había actuado por primera vez allí en 1956, cuando empezaba todo, cuando el rock and roll sólo era una manifestación incipiente del demonio, anunciado en el hotel New Frontier como El cantante atómico. Tampoco era el Elvis que se había pasado semanas allí en 1963 filmando Viva Las Vegas, de donde saldría la canción que es hoy el himno oficioso de Las Vegas. Era aquel Elvis crepuscular, gordo y extravagante. Pero era el Elvis que tenía también la mejor voz de su carrera, profunda, densa y con matices. Y ese es el Elvis al que Pete Vallee rinde homenaje desde hace más de 20 años. El Elvis Presley en el que se convierte. Porque Pete Vallee en realidad no fue Pete Valle hasta que empezó a ser Elvis Presley.

Vallee, como Elvis, nació en Memphis. Lo hizo en 1965, cuando aún vivía el cantante allí. De hecho recuerda siendo un niño haber visto pasar su caravana de coches a toda pastilla atravesando la ciudad. Desde entonces Pete ha visitado Graceland, la mansión donde vivió Presley, una docena de veces. Pete, cuando era aún aquel niño, cantaba en la iglesia y sus vecinos le decían que lo hacía igual que Elvis. Y decir eso allí es como alabar a Jesucristo. Pete creció y continuó cantando. Tuvo un grupo de rock en el que tocaba el bajo y cantaba. Pero su madre se empeñó en que se mudasen al estado de Washington y lo hicieron. Y después se empeñó en que Pete debía estudiar Derecho y Pete lo hizo. Pero él lo que quería era cantar, así que abandonó los estudios, encontró un trabajo y siguió cantando, aunque por pura afición, en bares y karaokes. Después se casó. Y su esposa quería que se mudaran a Colorado y que fuese fontanero.

Foto: Juan Serrano

Pero esta vez Pete se plantó. Dijo que no, que qué demonios, que él no quería irse a Colorado ni ser fontanero. Que él lo que quería era cantar. Así que se divorció, mandó su vida anterior al carajo y se mudó a Las Vegas. Él soñaba sólo con poder cantar. Y en ese momento fue cuando un amigo suyo se lo propuso, cuando surgió la idea de que montara un espectáculo en el que cantase canciones de Elvis, de que se convirtiese en Big Elvis. Y Pete se miró al espejo y pensó que sí, que tenía el Big, porque era grande, extremadamente grande, con 400 kilos de peso. Y que también tenía el Elvis, porque cantaba como él, como le habían dicho desde que era pequeño. Y decidió que por qué no. Y empezó a actuar como Big Elvis, imitando al rey en un bar del norte de la ciudad lejos del strip y de las masas. Pero el público no le prestaba atención, apenas ganaba para poder pagarse las hamburguesas que devoraba de cinco en cinco cada vez que pisaba un McDonald's y se hundía emocionalmente. Así estaba, a punto de enviarlo de nuevo todo al infierno, cuando le ofrecieron una prueba en el hotel Barbary Coast. Se presentó vestido con un traje blanco de pernera y manga de elefante como los que llevaba el Elvis de los años 70, cantó cinco temas. El dueño del hotel lo vio y lo fichó. Veinte años después, Pete Vallee sigue siendo Big Elvis. Veinte años después, Big Elvis es Pete Vallee.

Pete cuenta que hace tres años conoció a Linda Thomson, que fue una de las últimas novias de Presley. Que ella estaba de viaje en Las Vegas y acudió a su show y que cuando lo escuchó cantar, lloró. Lo mejor que puede decirle la gente es que cuando canta y cierran los ojos están viendo a Elvis. Dorothy, una septuagenaria sonriente que confiesa que recorre el país buscando a los imitadores de Elvis para escucharlos, dice muy rotunda que Pete es el mejor: "Hay otros que imitan muy bien sus bailes y todos aquellos gestos tan sensuales que hacía. Pero con la voz. Ay, con la voz le prometo que Pete es el mejor que he visto nunca".

Wild Billy, un marine retirado amigo de Pete, es quien vende camisetas, discos y calcos de Big Elvis, quien tiene su propia estrella, desde febrero, en el Paseo de la Fama
Wild Billy, un marine retirado amigo de Pete, es quien vende camisetas, discos y calcos de Big Elvis, quien tiene su propia estrella, desde febrero, en el Paseo de la Fama. Foto: Juan Serrano

Vallee ofrece tres días de espectáculo a la semana, con tres pases cada día. Antes actuaba todos los días, pero que con 52 años se lamenta de ya no tiene el mismo aguante que antes. Además se ha mudado recientemente a 100 kilómetros de la ciudad, donde está muy orgulloso de haberse podido comprar una casita con un pequeño terreno, lejos del ruido, lejos de los neones, lejos de Las Vegas. Pero sobre todo está orgulloso porque ese terrenito es suyo y de su segunda esposa, y después de tantos años posee por fin algo. Pero todo esto no es una cuestión exclusiva de Pete Vallee. La historia de esta ciudad no sería la misma sin Elvis. Él y Frank Sinatra son probablemente los dos íconos más importantes de Las Vegas. Pero sobre todo son dos símbolos de su pasado. Aunque cuatro décadas después de la muerte del Rey, eso parece no ser suficiente garantía de presente ni mucho menos de futuro. En Las Vegas hay calles con su nombre, cócteles, platos, hasta máquinas de juego... Pero también ha habido durante años una industria fallida que explotaba la imagen del cantante. Desde imitadores callejeros, que sigue habiéndolos, con disfraces ridículos y pelucas con tupés sobredimensionados que posan con los turistas a cambio de las propinas, hasta un espectáculo del Circo del Sol que se canceló por falta de público, museos también casi vacíos como el del hotel Westgate, recientemente abierto, o bodas horteras como las que ofrecen en el hotel Planet Hollywood donde te puede casar un Elvis que, por los 700 dólares del precio, además de las flores y las fotos del enlace, te deja elegir las tres canciones que te cantará durante la ceremonia. Y no es que Elvis Presley no tenga aún fans. Al contrario, sigue siendo, por detrás de Michael Jackson, el segundo famoso ya fallecido que más ingresos genera, según Forbes: más de 60 millones de dólares al año. Pero Las Vegas es, curiosamente, un mercado que hoy se le resiste. Irónicamente, la misma ciudad en la que uno de cada dos viajeros que llegaban en los 60 lo veía cantar, ahora ha perdido la atracción por su fantasma o por los negocios variopintos que brotan con su imagen.

Hoy, cuando Pete empieza a cantar, a las tres de la tarde, en el bar del hotel, eso también se nota. El espectáculo empieza descafeinado, con el local con apenas unas mesas ocupadas por un público que espera más curioso que expectante. Pero según canta, según atrona su voz por los altavoces, con la música enlatada de fondo, decenas de personas se acercan y se unen. Pete Vallee es un planeta con gravedad propia. Al final de cada espectáculo, los nuevos fans hacen cola para hacerse una foto con él en su trono dorado. Tras ellos, Wild Billy, un marine retirado, da saltos de alegría y vende camisetas, discos y calcos de Big Elvis. Wild Billy es un amigo de Pete que se jubiló y se mudó a Las Vegas desde California para estar a su lado. "Yo no cobro nada por esto -me dice-. Pero Pete es un hombre maravilloso y éste es el mejor trabajo del mundo." Wild Billy toma una guitarra naranja inflable y la toca como si fuera Keith Richards mientras Big Elvis canta.

Pete estaciona su Chevrolet Tahoe, ya vestido de Big Elvis, cerca de la entrada del casino donde actúa tres veces por semana. En 2016, allí lo vieron unas 200.000 personas
Pete estaciona su Chevrolet Tahoe, ya vestido de Big Elvis, cerca de la entrada del casino donde actúa tres veces por semana. En 2016, allí lo vieron unas 200.000 personas. Foto: Juan Serrano

Cerca de 200.000 personas vieron el año pasado actuar a Big Elvis en este hotel. Durante 45 minutos de sesión canta apoltronado en su silla gigante. Don't be cruel, In the ghetto, Love me tender... Tiene un repertorio de más de 900 temas. Desde el Elvis clásico del rock and roll diabólico y censurado de los 50 hasta el más gospel. Suspicious minds, por supuesto, su mayor éxito y el que más le reclama el público, incluida, que hoy cantará en los tres pases. Antes de cada tema lo presenta hablando de Elvis, de dónde salió cada canción o qué andaba haciendo el cantante en aquella época. Cuenta cosas como que Elvis hizo 33 películas en 14 años o que Can't help falling in love es la canción de amor más bonita que existe.

Pete Vallee, tenían razón los compañeros de parroquia en Memphis, tiene la voz de Elvis. Si uno se olvida, como le gusta que le digan, de dónde está, de cuándo está y de lo que está viendo y cierra los ojos, escucha a aquel último Presley. Una voz profunda y con alcance que sube y baja por las escalas. Los movimientos, claro, como bien decía Dorothy, son otra cosa. Porque Pete Vallee no se ha convertido sólo en uno de los imitadores en Las Vegas más famoso, con estrella incluida desde febrero en el Paseo de la Fama de la ciudad al igual que el Elvis verdadero, sino también por haber sido capaz de perder más de 200 kilos de peso por sí mismo

En 2005, la balanza llegó a marcar 408 kilos. Le costaba moverse. Le costaba respirar. Y, sobre todo, le costaba cantar porque se le bloqueaba el diafragma. Se percató entonces, por fin, de que necesitaba perder peso. Consultó a siete cirujanos y al fin decidió que no, que no se reduciría el estómago en el quirófano, que lo lograría por cuenta propia. Vallee confiesa con lástima que a él nunca nadie le advirtió que su alimentación era un peligro. Su madre siempre le decía: "Nene, comé pizza". Y él comía pizza. Pero entonces dejó de comer fuera, dejó de englutir comida procesada, de zamparse montañas de hamburguesas como Homero Simpson, cambió los espaguetis por fideos japoneses y empezó a hacerse sus propias pizzas de coliflor y se puso incluso a hacer ejercicio. "Sobre todo en la piscina, aunque al principio parecía una ballena flotando", me confiesa.

Foto: Juan Serrano

Lo logró. Así perdió en diez años 200 kilos. Aunque ahora se ha vuelto a descuidar. Dice que últimamente ha comido "algunas chatarras" y ha engordado 30 kilos. Por eso se está comiendo hoy esta manzana y por eso se comerá una banana en el segundo descanso. Se ha metido de nuevo en cintura. Su peso ideal, dice, serán 140 kilos. "Nunca voy a ser un hombre delgado. Tengo los huesos muy grandes, ¿ve?", se consuela, extendiendo su mano derecha.

Pete huele a colonia y es un tipo educado que dice "caballero" antes de dirigirse a mí, que quiere saber qué me parece Donald Trump, porque a él no le gusta hablar de política, pero el nuevo presidente le da miedo, y que me pregunta si en mi país, "como aquí en los Estados Unidos, la gente se pisa por 20 dólares". Pete asegura rotundo que como Elvis y los Beatles no ha vuelto a haber nada igual. Que Lady Gaga y otros artistas así están bien, pero que no han revolucionado el mundo como ellos lo hicieron. Pete me revela que al despertarse lo primero que hace es agradecerle a Dios haberle dado el don para entretener a la gente. Pete me dice que él sabe que no es Elvis, que no se cree Elvis, que sabe que esto es un trabajo y que él tiene su propio estilo, "porque hay otros por aquí que están desquiciados y sí se lo creen". Y Pete me cuenta que pensó en dejarlo cuando cumplió 42 años, porque esa es la edad a la que murió Elvis. Pero que luego reaccionó y pensó que por qué iba a hacer eso, que él no es Elvis. Y ahora dice que seguirá. "Mientras Dios me lo permita y el publico siga viniendo."

Vallee no es el único que tiene un espectáculo así. Compite con otros imitadores del Rey. Auque a ellos no les gusta que se diga que son imitadores, prefieren que se los considere artistas que hacen un homenaje. Cuestión de semántica. Pero son imitadores puros. Lo es Vallee, con esa forma tan característica de decir thank you, thank you very much, forzando la mueca, como lo decía Elvis. Y lo son otros como Travis Allen, con su show en Planet Hollywood, y Steve Connolly, en el Canyon Club y el Four Queens Hotels.

Pete confiesa que muchas mañanas se mira al espejo y piensa qué demonios está haciendo. Que hay días que aborrece cantar Suspicious minds, que odia la canción. Pero que luego llega, se sienta en su trono, toma el micrófono, ve al público disfrutar y se le pasa. Lo dice con resignación. Como si se refiriese a un destino previamente escrito y ya asumido y aceptado. Como si no dependiera ya de él. Como si reconociese que Pete Vallee dejó de ser Pete Vallee el día en que se convirtió en Big Elvis. "Probablemente, el Elvis más grande de todo el mundo", como bromea él. Literalmente, el único Elvis más grande que Elvis. "¿Y sos feliz?", le pregunto de regreso al estacionamiento. Él, apoyado en un bastón, con paso oscilante como un péndulo, yo pequeño a su lado, marcando el compás de su vaivén. "Bueno, tengo un trabajo con el que hago a la gente feliz. Eso es bueno, ¿no?", responde. Después sonríe y alza de nuevo su pulgar derecho.

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