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"Me interné por apendicitis sin saber que después no iba a poder caminar"

Un fuerte dolor en el abdomen le dio la señal de alerta; consultó a diferentes especialistas hasta que obtuvo un diagnóstico que la enfrentó a una dura realidad

Viernes 04 de agosto de 2017 • 00:58
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PARA LA NACION
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La vida de Pamela Sejas transcurría como la de cualquier joven de su edad: con proyectos, sueños y metas por cumplir. Se levantaba todos los días al amanecer para asistir a sus clases; estudiaba para convertirse en Oficial de Policía en la provincia de Jujuy y, contenta con su rendimiento, ya estaba en su segundo año de carrera. Pero a mediados de mayo, cuando se animó a hacer una peregrinacion a la Virgen de Punta Corral de Copacabana de Tilcara que le exigió un gran esfuerzo físico, tuvo una señal de alerta. "Recuerdo que me había costado caminar las ocho horas del trayecto pero finalmente lo logré. Pasaron tres semanas de ese acontecimiento y un día senti un dolor muy fuerte en el costado derecho del abdomen. Fui entonces a una guardia y me diagnosticaron apendicitis", explica Pamela.

Pamela con su novio Cristian en la peregrinación a la Virgen de Punta Corral. Ese sería el comienzo de su odisea
Pamela con su novio Cristian en la peregrinación a la Virgen de Punta Corral. Ese sería el comienzo de su odisea.

La indicación inmediata fue la internación para practicarle una cirugía. "Iba a ser una intervención rápida y fácil pero lo que yo no sabía es que esos minutos anteriores a entrar al quirófano iban a ser los últimos en los que iba a caminar", explica Pamela. "Al momento de despertar sentí en mis piernas un hormigueo incómodo y muy fuerte. Se lo comenté al doctor y me dijo que probablemente fuera por la operación. Pero cuando pasaron las horas y, ya sin el efecto de la anestesia, me quise parar, me di cuenta que no podía. Las piernas no me respondían, especialemente la derecha", agrega. Sin embargo a Pamela le dieron el alta y la mandaron a descansar a su casa. Pero los días pasaban y las piernas de Pamela no mostraban signos de mejoría o alguna respuesta. Ahí empezó su calvario: consultó a traumatólogos, médicos clínicos e incluso se le indicaron sesiones de fisioterapia por una posible hernia de disco. "Nadie sabía lo que tenía. Pero seguía pasando el tiempo y aparecían nuevos síntomas: no podía ir de cuerpo, tenía dolores indescriptibles en la espalda y el hormigueo en las piernas era una tortura", explica la joven.

Finalmente un buen día Pamela tuvo un diagnóstico: una malformación arteriovenosa (MAV) en la médula espinal, un defecto del sistema circulatorio que ocurre por lo general durante el desarrollo del embrión o feto o poco después del nacimiento del bebé. Constituye un enredo de arterias y venas y, como en el caso de Pamela, puede tener consecuencias graves para el organismo entre las que se encuentran la pérdida de la coordinación, parálisis muscular y dificultades para caminar. Después de muchas "idas y vueltas burocráticas" Pamela logró que su prepaga la trasladara a Buenos Aires a la clínica ENERI del neurocrirujano Prof. Dr. Pedro Lylyk. "Yo solo queria saber cuándo iba a volver a caminar pero los médicos sólo me decían que no pensara en eso, que faltaba mucho camino por recorrer. La incertidumbre para mí era desesperante", asegura Pamela.

En menos de tres meses se sometió entonces a dos procedimientos en los cuales ingresaron con un catéter a través de su pierna y, a su vez accedieron con otro microcatéter a los pequeños vasos que alimentan a la MAV para tratarla. "Entré en depresión, mi vida había cambiado de un día para otro, no podía caminar, no sentía ni siquiera los dedos de mi pierna derecha y sólo obtenía respuestas desalentadoras de los doctores. Es más, un día una doctora me dijo que me hiciera a la idea de que lo que tenía era incurable y que muy probablemente no pudiera tener hijos por esa malformación", dice entre lágrima Pamela. "Lo único inexplicable era que hasta el momento y sin motivo aparente la malformación no había reventado, lo que me hubiera dejado parapléjica", agrega.

Con su mamá cuando tocó la campana de "alta" en el FLENI
Con su mamá cuando tocó la campana de "alta" en el FLENI.

Finalmente Pamela volvió a su Jujuy natal. "Estaba devastada, no entendía nada. Mis sueños se habían destrozado. Tuve que dejar mis estudios. Pasé de ser una persona 100% activa a estar tirada en una cama llorando todo el día", dice. Pero dicen que áun en los momentos más oscuros hay una luz que brilla para guiarnos hacia la salida y salir a flote. Fue en ese contexto que Pamela conoció a la Lic. Alejandra Peralta. "Desde un principio me entendió. Ella había superado un cáncer terminal y me dijo las palabras justas en el momento necesario para sacarme de la depresión", dice Pamela. Además de los profesionales de la salud Pamela estuvo acompañada incondicionalmente por su novio Cristian, su mamá Dora y su mejor amiga, Araceli.

Muy lentamente Pamela comenzó a sentir que estaba saliendo adelante. Llegaba a sus sesiones de fisioterapia en silla de ruedas, tenía pequeños pero importantes progresos, luego pasó a usar un carrito, muletas y bastones canadienses. Así pasó un año entero exclusivamente dedicado a la rehabilitación física, mental y emocional. Pero todo lo que Pamela había logrado se estancó y ella creyó que era necesario tomar nuevamente las riendas de su vida. "Empecé a buscar en Internet lugares del país donde podría mejorar y di con la Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (FLENI). Mis padres decían que era imposible acceder a un tratamiento en ese lugar ya que ahí sólo llegaba gente con dinero. Pero no bajé los brazos, llamé a la clínica, conseguí una consulta y para mi sorpresa logré quedarme tres meses", dice Pamela. En ese tiempo viajaba todos los días cuatro horas de ida y cuatro de vuelta desde Merlo a Escobar para hacer la rehabilitación y luego su prepaga le facilitó un lugar más cercano a la clínica donde instalarse.

Pamela volvió a Jujuy y se sentía una persona diferente. "Mi rehabilitacion había avanzado muchisimo. Hoy, despues de dos años de quedar en silla de ruedas y de uno de haber estado en el FLENI logré muchísimo. Con la ayuda del kinesiólogo que me atiende en Jujuy, Ramón Garay, puedo trotar, caminar sin bastones y muy pocas veces me manejo con un bastón sola en sitios donde el piso es inestable. Fue un camino difícil pero estoy convencida de que cuando uno sueña algo con todo su corazón y lucha todos los días por eso, finalmente el deseo se cumple y todo vuelve a acomodarse".

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