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Dulce condena: una historia de amor con divorcio incluido

Mónica y Daniel no se separaron una vez sino dos: durante 24 años fueron novios, esposos, amantes y otra vez novios

Señorita Heart

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PARA LA NACION
Viernes 04 de agosto de 2017 • 00:43
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Pergamino, 1993. Sonido de grillos y esos artificios de la noche. Ella y él no se conocen. El encuentro es en la casa de unos amigos que organizaron una cena. Vive Kurt Cobain, todavía. Está de moda el grunge, pensar en cómo será el año 2000, si vendrá el fin del mundo.

Él la mira, no la deja de mirar. Pero no le suena Nirvana en la cabeza, sino algo más del estilo "All for love", Bryan Adams, Rod Stewart, Sting. En un momento, con cualquier excusa -tal vez buscar otra botella de vino-, se le acerca adonde está sentada.

"¿Cómo te llamás?", le pregunta.

"Mónica", dice ella.

Él la vuelva a mirar. Sabe que ella sabe que la mira. De un modo distinto.

"Otra Mónica en mi vida no quiero", le murmura.

"¿Y quién dice que voy a estar en tu vida?", pregunta Mónica.

Sin embargo él, que le dice "me llamo Daniel", logra sacarle el teléfono. No el celular, que es una rareza, sino el fijo.

Una semana después la llama.

"¿Salimos?".

"Bueno".

Ahora Mónica no recuerda si salieron a cenar o tomar algo. Sí retiene lo que él le dijo esa primera salida: "No quiero una amistad con vos, quiero mucho más que eso". "A lo que me asusté y le pedí que me llevara a casa".

Daniel debió esperar un mes, con alguna que otra negativa en el medio. Se trató de una espera más de tahúr que piensa qué jugada realizar que la subordinación a una obediencia debida. Cuando lo creyó correcto volvió a marcar el número fijo de Mónica. Gol en el ángulo. La pasó a buscar por la casa y la llevó tomar algo económico, un café. Se miraron de nuevo. Realizaron círculos con sus cucharitas.

"¿Por qué no nos vimos antes?", él le preguntó.

"Es que realmente me asusté con que querías llegar a algo más lejos conmigo".

"¿Entonces?".

"Nada. Eso. Pero dale, estoy de acuerdo, intentemos algo más que una amistad".

"Tengo novia. Igual no te preocupes, te lo arreglo rápido a ese asunto".

Esa noche, dentro del auto de Daniel, ella se dejó besar. "La novia se llamaba Claudia, todavía me acuerdo", cuenta.

Mónica es Mansilla y tiene 47 años, profesión: ama de casa. Daniel es Fram, 56, empresario. Siguen en Pergamino. Cuatro meses después de aquel primer beso llegó el embarazo, la convivencia y la primera separación. Así todo tan junto. Discutieron, ella pidió un remís, dijo "me voy a lo de mis padres", tomó sus cosas. Se fue.

Dos años más tarde comenzaron un nuevo noviazgo y otra vez todo resultó precipitado. Se casaron por civil, por iglesia, hubo fiesta y anillos que llevó Eliana, la hija, que ya tenía 3 años y ocho meses, más padrinos, madrinas, cura, liga, ramo de novia y un destino, Las Varillas, Córdoba, adonde se fueron a vivir por motivos laborales. Pero hubo un nuevo bache. Esa segunda convivencia duró dos años y monedas. Mónica volvió a decir basta: "Tuvimos problemas económicos -recuerda-, debimos regresar a Pergamino. En la casa abrimos un taller de costura, pero llegó un día en que sentí que me ahogaba viviendo así. Él no quería, pero igual le dije que me quería separar. Eliana ya tenía 6 años".

Daniel se mudó a la casa paterna. Ella alquiló una casa y se quedó con la nena: "Sentí que había tomado una decisión apresurada, quería volver todo atrás, pero ya no había vuelta". "Yo nunca dejé de quererla", todavía dice Daniel.

Nuevas parejas

Con el divorcio en la mano los dos comenzaron nuevas relaciones. Pero tener una hija en común les pareció una razón suficiente para verse todas las semanas. El noviazgo de Mónica duró poco tiempo. El de Daniel no. Eso le generó a Mónica una sensación de incomodidad. ¿Lo seguía queriendo? ¿Estaba celosa? Mientras esas y otras preguntas se formulaba, comenzó a sacarle provecho a los encuentros con Daniel en la puerta de la escuela o por las calles de Pergamino. Se arregló, se maquilló, lo buscó.

"Hola, Daniel, ¿cómo estás?".

"No tan bien como vos, creo".

"Pasé a ser su amante -cuenta Mónica-. Sufrí mucho. Nueve meses así".

A escondidas de la novia oficial de Daniel, a escondidas de Pergamino y el mundo, volvieron a besarse, a compartir la intimidad de una cama. A él todo aquello lo devolvía a 1993, a esa música de principios de los 90 que no era la de Kurt Cobain sino otra más melosa. También lo impulsó a terminar la relación "oficial" que mantenía. Sin embargo, los años vividos los forzaron a medir con mayor cautela los pasos a seguir. Eso se tradujo en seis años de noviazgo, cada uno en su casa, más, en algún momento, terapia. Estaban lastimados y les costaba aceptar sus pasados.

Esta tercera parte de relación ya lleva 10 años. "No sé si el amor es para toda la vida, pero lo estamos intentando. Nunca falló el amor. Simplemente por momentos no nos aguantamos", dice Daniel.

"Esta vez, que es la tercera, es la mejor -agrega Mónica-. Entre idas y vueltas, ya llevamos 24 años juntos. Ahora vivimos los dos solos, nuestra hija creció y tomó su camino. Pero no somos los únicos de la familia a los que nos pasó una historia así. Mis suegros también se casaron, tuvieron dos hijos, se divorciaron, y a diferencia de nosotros se volvieron a casar por civil. Ah, y también tengo un primo que estaba juntado, se separó cuatro años y hace un año volvió con su mujer y ya están esperando al segundo hijo".

"Cuando me casé por primera vez, ella era el mejor final para mí, después de una vida de soltería y excesos -confiesa Daniel-. Después, nunca quise la separación, pero me adapté a la situación y nunca dejé de quererla. Por esa razón volví por tercera vez con ella". Como Mónica, que acuerda con su pareja: "A pesar de todo lo que nos pasó, había amor, y nunca nos planteamos que lo hacíamos por nuestra hija: siempre nos quisimos mucho"

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