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Federer o la ilusión de vencer el tiempo

Domingo 06 de agosto de 2017
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LA NACION

Cuando en noviembre de 2010 Sebastian Vettel se convirtió en el campeón más joven de la Fórmula 1, con sólo 23 años, la noticia obligó a actualizar las estadísticas, pero el récord no sorprendió demasiado a nadie. Desde que Juan Manuel Fangio se consagrara por quinta vez en 1957, a los 47 años, la edad de los campeones se fue reduciendo en la misma proporción que aumentó la velocidad. La prematurez de los corredores quedó confirmada en 2014, cuando Max Verstappen debutó en la máxima categoría del automovilismo con 16 años, y un año más tarde al convertirse en el ganador más joven de un gran premio.

La tendencia es desde hace décadas la misma en casi todos los deportes. En el hiperprofesionalismo no hay margen para desventajas de ningún tipo y la edad suele ser una de ellas.

Por eso hace unas semanas impactó tanto al mundo del deporte que Roger Federer, a los 35 años, se consagrara por octava vez campeón en Wimbledon, catorce años después de haber triunfado en el césped inglés por primera vez. Y que obtuviera este nuevo título apenas meses después de imponerse en otro torneo de Grand Slam: el Abierto de Australia, que enero conquistó por quinta oportunidad.

Pero aunque las estadísticas de sus brillantes 19 años de carrera parecieran hablar de un súper hombre, que por cierto lo es, son su modestia y sencillez las que cautivan al planeta, que ve en él el triunfo de un extraordinario hombre ordinario. En una entrevista con la revista española XLSemanal, el propio Federer contó, días atrás, que durante los torneos, incluso esos que marcan una carrera, como Wimbledon o Roland Garros, duerme cada noche junto a su mujer y sus cuatro hijos, de los que poca veces se separa. Lejos de los cuidados y la concentración imaginada para un deportista de su nivel, Federer reveló incluso, con divertida resignación, que llegó a sufrir un bloqueo en su espalda por cargar a los chicos a los cama.

Días después fue el argentino Emanuel Ginóbili el que sorprendió al anunciar que -¡con 40 años!- jugará una nueva temporada en la NBA. Aunque en cada partido permanezca en cancha menos minutos que en sus mejores tiempos, quince años después de su debut en los San Antonio Spurs Manu sigue siendo un jugador en ocasiones determinante para su equipo, como lo demostró en los play-offs de la última temporada.

En estos desafíos a las leyes darwinianas que plantean Federer o Ginóbili, se refugia quizá nuestra esperanza de poner en raya al tiempo, el único retador al que no han podido vencer ni los más grandes campeones. Parte de la admiración que nos provocan se cifra en ese sueño, en la ilusión de que hombres en apariencia comunes alcancen metas extraordinarias y ningún límite, ni los inexorables de la vida, logre detenerlos.

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