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Meterse sin que a uno lo llamen, casi siempre sale mal

Una persona nunca debe desaprovechar las oportunidades para callarse la boca

Lunes 07 de agosto de 2017 • 00:48
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PARA LA NACION
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Era de noche y lloviznaba. Oscar manejaba su auto por alguna calle de Belgrano, que podría ser Vuelta de Obligado, Cuba o alguna de esas que sirven para evitar Cabildo. Cada vez que conduce de noche recuerda esa ley, la 24449, que prohíbe los vidrios polarizados; y que algo malo debe estar pasando en este país para que una ley que prohíbe los cristales que disminuyen la visibilidad no sea respetada ni siquiera por los fabricantes de autos.

Oscar es un buen conductor. Respeta las señales y las máximas, utiliza los guiños y no abusa del bocinazo. Cuando un día se dio cuenta de que sus luces encandilaban al conductor de adelante, lo primero que hizo al día siguiente fue ir a alinearlas. Aún así disfruta de ir al límite: si la máxima en avenidas es de 60 kilómetros por hora, es muy posible que él vaya a 58. Nunca no va apurado.

Era de noche y lloviznaba cuando Oscar esperaba a que un semáforo le permitiera el paso. En eso una moto frenó a su lado. No la vio venir ni de lejos ni de cerca. La vio recién cuando la tuvo al lado, y eso pasó porque la moto venía sin luces; y el conductor, sin casco y con el teléfono en la mano.

Y entonces Oscar, que es un buen conductor, bajó la ventanilla y con la mejor de las ondas le hizo notar al colega motoquero que si no usa luces no se lo ve, nada.

Andate a la puta que te parió - le respondió.

Y entonces Oscar -que es un buen conductor pero que también pierde bastante seguido las oportunidades para callarse la boca- piensa que quién lo manda a decirle a un motociclista que sin luz, sin casco y hablando por celular va a morir. Será en una hora, un día, un mes o un año; pero será.

Lo piensa, pero no lo dice porque la moto se alejó y a callarse la boca se aprende, aunque siempre tarde.

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