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Dos propuestas parisinas y alternativas

Domingo 06 de agosto de 2017
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LA NACION
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París, como muchas otras ciudades del mundo, oculta lugares inesperados en zonas alejadas de los clásicos circuitos turísticos o de los centros culturales, económicos e históricos. Siempre es un placer conocer estos sitios que, aunque nos gusten más o menos de acuerdo con nuestras expectativas y con ese juego mental tácito entre la objetividad y la subjetividad, puedan hablar sobre aspectos diferentes de la vida cotidiana de la ciudad y de sus habitantes.

Durante el transcurso de mis visitas periódicas a la capital francesa (que llevan un poco más de dos décadas) he recorrido calles, avenidas, museos y mercados. Por eso, conocer un lugar diferente casi en los límites de la propia París era tan impensado y fuera de lo común que iluminaba el prospecto de mi día.

Pero qué les parece si comienzo por el principio.

Entre una cálida y fresca mañana de primavera (la temperatura, en el primer caso; el viento del norte que soplaba, en el segundo), sentado en un banco de la lindísima plaza de Boucicaut, con sus impecables diseños florales, observaba cómo se aproximaba Olivier a nuestro encuentro.

Con este simpático, talentoso, orgulloso gascón (de Gascuña, en el sur de Francia) y gran cocinero, íbamos a visitar dos lugares súper interesantes y muy disímiles al mismo tiempo.

El primero al que nos dirigimos, una vez que nos saludamos y congratulamos por vernos nuevamente, para arrancar la jornada con un buen desayuno, surgió de la visión de Aristide Bouicicaut, que creó la primera tienda de novedades o gran almacén prácticamente del mundo: el tradicional y elegante Bon Marche.

Este mercado generó una verdadera revolución, ya que permitía la libre entrada de las personas, marcaba los precios y permitía el cambio o la devolución de los productos sin que se penalizara a los clientes.

Rodeados del savoir faire francés, representado aquí en sus elegantes pisos, secciones y pasillos, en las estructuras de hierro creadas por Gustave Eiffel y en la impecable presentación de los productos de su mercado, hablábamos de nuestro destino del día, muy dispar a Bon Marche, y que de alguna manera compartía el espíritu emprendedor que Boucicaut había tenido más de 150 años atrás.

Para eso apuramos nuestras bebidas y salimos a la calle rumbo a la estación de subte con el objetivo de cruzar el Sena y dirigirnos al norte de la ciudad y a nuestra meta: Porte de Clignancourt. Aquí, a pocos metros del límite de la ciudad de París, en el bohemio, rico demográficamente y ecléctico XVIII Arrondissement, nos encontramos en el número 84 del Blv. Ornano y ante la puerta de La Recyclerie.

En lo que durante décadas fue la vieja estación ferroviaria de Ornano hoy se encuentra este interesante proyecto creado por amigos en 2014, donde se hace foco en el reciclado y el armado de una granja urbana.

A lo largo de un obsoleto andén se cultivan y crían parte de los productos que son utilizados diariamente en la cocina de esta armoniosa mezcla de restaurant, bar, biblioteca, taller manual, centro social y refugio tanto de jóvenes como de los intelectuales de la zona, que todos los días y noches pueblan las amplias terrazas y salones del lugar.

Gratamente sorprendidos por la diversidad de funciones que cumplía este lugar, haciendo foco en un gran concepto, con Olivier no dejamos de pensar en el contraste de lo que habíamos visto a lo largo de esa mañana y en la visión de personas, mas allá del tiempo y espacio, que crearon diferentes alternativas.

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