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El lugar donde se cosechan triunfos

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 06 de agosto de 2017
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Los restaurantes han sido siempre templos de socialibidad en donde las celebraciones más diversas cosechan silenciosos y discretos laureles. Alrededor de la mesa, la comida y el vino siempre exisistieron extensiones de intereses que dejaron el ámbito del hambre y el sacio para rondar agendas de negocios, trabajo, amores y crímenes. Desde la entrega de un anillo, la firma de un contrato, el acuerdo de partes para una adquisicion o sencillamente el revolver que mata entre destrozos de servilletas, cazuelas y escándalo. La historia lo ha visto todo.

Había templanza en su voz, en sus pasos y también en el movimientos de sus manos, que parecían acariciar cada cosa que tocaba y también las que no. Tenía un solo anillo coronado por un rubí y las uñas pintadas impecables a la francesa. Sus ojos, apenas marrones, contenían la belleza de su ciudad natal, París, como si traslucieran los monumentos, puentes y cuadros de sus museos. Se leían en sus ojos algunos rasgos sacros que convergían opuestamentre entre el convento de Montmartre y las festivas noches del Moulin Rouge. Era ángel o demonio.

Su edad era difícil de adivinar, podía tener 28 años quizá. Una edad joven para sostener tamaña presencia. Había una franqueza en su mirada que arrasaba con cualquier sospecha. Era casi flaca, llevaba el cabello atado con un pañuelo de seda tan pequeño que casi no llegaba al nudo.

Se sentó en la esquina de una silla y apoyo sobre su falda una Kelly bag gastada. Mirándola desde el bar, mientras terminaba de abotonar mi chaqueta de cocina, pensé si la cartera sería de su madre o la habría comprado usada, ya que con su edad parecía imposible que la hubiera gastado de esa manera.

Ella trabajaba allí hacia tiempo y cada cliente parecía conocerla, y cuando los acompañaba a la mesa depositándolos sobre el impecable mantel blanco de damasco parecían quedar solos y abandonados mientras ella regresaba triunfante a la entrada. Caminaba con elegancia, sin insinuaciones. Era un halo de misterio que cada día recorría por horas cada pasaje del salón.

El restaurante, como siempre, estaba muy lleno para el almuerzo. Allí se reunía cada día lo mejor de la ciudad; príncipes del comercio y de las artes comían y bebian vinos añejos. Se vendían cuadros y esculturas y se convenían traspasos de compañías, compartiendo miradas con los submundos de la vanidad; aristócratas de la omisión.

Desde mi puesto de trabajo en la cocina del primer piso veía, a través del vidrio, la sala donde cada mediodía más de un centenar de personas almorzaban fastuosamente. Las sartenes de níquel en el comedor flambeaban crêpes, el troley de madera con un enorme coulibiac de salmón dejaba humeantes rodajas por las mesas, del rechaud salían finísimas tajadas de rosbif servidas con Yorkshire pudding y salsa de rábano picante. Contrastaban los banqueros, con sus impecables trajes, con los artistas que recorrían los corredores entre las mesas con excéntricos atuendos. Sobresalían éstos ante tanta prudencia y circunspecto.

Se podía leer desde la distancia en cada uno de los presentes que estaban allí no por la comida, sino porque era el lugar donde se cosechaban triunfos. El solo hecho de estar y ser habitué parecía ir sumando condecoraciones en aquella ciudad cosmopolita y vital regida por la codicia de negocios y afectos.

Esa tarde, cuando ya la cocina estaba siendo lavada por enormes esponjas, lampazos y baldes de agua, la vi caminando hacia mí. Iba saltando obstáculos con sus dientes blancos y un aura de traviesa alegría. Me invitaba a caminar, subimos por la calle cincuenta y ocho hasta el parque casi sin hablar. Sin casi conocernos estábamos juntos.

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