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Lollapalooza Chicago: The Killers armó una fiesta bajo las estrellas

La banda liderada por Brandon Flowers cerró la jornada con todos sus hits; incluyó una muy buena versión de "Starlight", de Muse

Sábado 05 de agosto de 2017 • 13:16
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LA NACION
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Brandon Flowers, de The Killers, en el final de una faena perfecta: hits, drama y sorpresa
Brandon Flowers, de The Killers, en el final de una faena perfecta: hits, drama y sorpresa. Foto: Cambria Harkey

CHICAGO.- Brandon Flowers tiene un gran dominio de escena, aplomo de veterano, alma de actor y sentido de la oportunidad. Para cambiar el sabor de la noche anterior, cuando Muse y Lorde debieron terminar tras 15 minutos de show por la orden de evacuación que emitió el gobierno local ante las amenazas de tormenta eléctrica, nada mejor que tocar una de las canciones que los ingleses no pudieron hacer la noche anterior. Así es como la banda de Las Vegas arremetió con eso de "Black Holes and Revelations", esa línea de "Starlight" que utilizaron para nombrar su álbum emblemático, el que los llevó al despegue definitivo hacia los shows épicos de estadio.

Hits como "Somebody Told Me", "Read My Mind", "When You Were Young" y "Mr Brightside" marcaron los picos de un set caliente en el que, una vez más, la banda volvió a hacerle la misma pregunta de siempre a su público: "somos humanos o somos bailarines". Y la respuesta también fue una vieja conocida: ¡bailarines!

Después de la lluvia y el viento, el frío. La gente se niega a abrigarse en verano y las bermudas, shorts, remeras y musculosas se imponen como si nada. Las horas pasan, las nubes se repliegan y asoma un cielo azul, limpio, brillante. El sol calienta hacia el final de la tarde y las más de 100.000 personas que caminan de un escenario a otro en el Grant Park de Chicago hacen su aporte para que la temperatura suba a la hora que debería pasar lo contrario.

Una vista aérea del festival, a la tarde, cuando finalmente las nubes cedieron y permitieron que regresaran el sol y el verano
Una vista aérea del festival, a la tarde, cuando finalmente las nubes cedieron y permitieron que regresaran el sol y el verano. Foto: Cambria Harkey

Una ciudad dentro de otra, eso es Lollapalooza . Y una fiesta grande, muy grande, que una vez que termina se derrama hacia el moderno, imponente y confortable centro, el "downtown". Y hacia los barrios. Porque después de diez horas de música no deviene el silencio. ¡No! Los shows continúan pero diseminados por todo Chicago. Los "after shows" (que equivalen a los side shows de Lolla Argentina) se cuentan de a montones y hasta los hay sorpresivos. Si días atrás Foo Fighters , banda que no participa de los cuatro días del festival, anunció que tocaría en una sala para dos mil personas (obviamente las entradas volaron en pocos minutos), las esperanzas de que se sumen otros sets de ese calibre están intactas. Y a eso se agregan los ya programados, que son más de 70.

Pero vayamos al largo día de música y de esa sensación de eterna felicidad que flota en el ambiente. Las Tegan & Sara despliegan su electrónica lúdica, The Pretty Reckless crea una nube de rock húmedo, lísergico y setentoso y el rapero local Vic Mensa, que se sumó sorpresivamente al festival, demuestra ante su gente por qué es un hijo pródigo.

No hay mucho lugar para el folk en la grilla del festival. Acá el hip hop manda, la electrónica le sigue de cerca (el Perry's Stage impone sus reglas, es un festival dentro de otro) y después vienen el pop, el rock y sus derivados. Pero sí hay espacio para una gloria: Ryan Adams. En el Tito's, un escenario mediano (los dos principales están a los extremos del parque y, como paradas intermedias, se ofrecen los otros seis), el "space cowboy" de Jacksonville salió a hacer lo suyo a las seis de la tarde, ya con el sol sobre nuestras cabezas. Enseguida impuso su folk melancólico y reposado y, como por arte de magia, los sub 25 que son la enorme mayoría de los habitantes de Lollapalooza, se abrieron y dieron lugar a otro público. Mayores de 30 y cuarentones que sabían perfectamente quién era el bueno de Ryan. Y que conocían sus canciones. Algunas lágrimas, algunas miradas cómplices y un abrupto cambio de registro antes de entrar en trance permanente: furia eléctrica, un héroe de la guitarra que va al grano, un teclado que estalla de progresivo y un clima que pasa con igual intensidad de "Do You Still Love Me" a "New York New York".

Esa fan que se acercó hasta el borde del escenario con un cartel que decía que era su cumpleaños, nunca va a olvidar el instante en que su ídolo interpretó para ella el Happy Birthday. Pero no hay tiempo para quedarse con una postal en Lolla. Ni bien se apagó Adams se encendió Foster The People. El pop para las masas implantó la fiesta y los coros multitudinarios y los millennials volvieron a reinar.

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