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La médica que ama trabajar en el Cottolengo: "Es mi lugar en el mundo"

Lunes 07 de agosto de 2017
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LA NACION

Paula Sixto | Médica clínica | 35 AÑOS

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Es el lugar donde, desde hace 80 años, cientos de personas con discapacidad encontraron - y encuentran - un hogar y amor de familia. Con su escuela especial, sus caminos flanqueados de árboles tupidos, sus 15 hogares, múltiples servicios y hasta un cementerio; en Claypole, el Pequeño Cottolengo Don Orione ocupa un predio de más de 50 hectáreas donde la vida fluye con ritmo de pueblo.

Actualmente, son 380 los niños, jóvenes y adultos que viven allí. Son acompañados, atendidos y cuidados por más de 400 empleados y 90 voluntarios, muchos de los cuales se consideran privilegiados de poder trabajar en esa institución, la más grande de su tipo en toda América.

Con los rulos sujetos en una media colita, el estetoscopio colgando del cuello y la chaqueta violeta de su uniforme sobre una camiseta y un pantalón negros, la médica clínica Paula Sixto avanza por el hogar Ferrando Mixto. Allí, en sillas de ruedas o acostados en sus camas, están los aproximadamente 37 residentes con mayor nivel de dependencia de todo el Cottolengo. Son hombres, mujeres y niños con discapacidades intelectuales y físicas muy severas.

Siempre con una sonrisa, con voz y movimientos suaves, Paula intercambia indicaciones con colegas y gestos de afecto con sus pacientes. Tiene 35 años y desde hace algo más de cinco trabaja en "el Cotto", como llama con cariño a la institución. Luego del nacimiento de su primera hija, acaba de reincorporarse de su licencia por maternidad. "Este es mi lugar en el mundo. Nunca me cuesta venir a trabajar. Entro y estoy contenta", afirma.

Sentada en uno de los pasillos, recuerda el día en que una compañera del hospital de Adrogué, donde hizo la especialización, le contó que tenía que dejar de trabajar en el Cottolengo y que le parecía que ella podía reemplazarla. "Vos das con el perfil", le dijo.

"Entré y me enamoré del lugar y la gente", detalla Paula. Y asegura: "Uno está acostumbrado a trabajar en guardias y consultorios. Cuando entrás acá, ya respirás distinto. La luz es diferente. Te da hasta una cierta paz que en el ambiente médico no tenés nunca".

La médica Paula Sixto, en uno de los hogares de alta dependencia
La médica Paula Sixto, en uno de los hogares de alta dependencia.

Mientras habla, Alex, un residente de unos 20 años que camina con gran dificultad, la interrumpe haciendo ruidos para llamar su atención. Se apoya sobre la mesa y saca una calculadora de una bolsita: con el índice, empieza a apretar algunos números. "Le gusta poner fechas: sabe perfectamente en qué día estamos y también algunos cumpleaños", explica Paula.

Sin palabras

Como la mayoría de quienes viven en ese hogar, Alex no habla. Pero la comunicación entre médicos y pacientes trasciende ampliamente las palabras. "Es una medicina muy linda y a la vez difícil la que hacemos acá. Volvés a la semiología más básica: a escuchar, sentir, ver, y a partir de lo que observás todos los días vas descubriendo lo que les pasa", sostiene. "Vivís el resultado con ellos, porque los acompañás todos los días. Eso no lo tenés en ningún otro lado."

A Paula no le costó adaptarse al Cottolengo. "Tengo un primo hermano, Juan Pablo, con quien nos llevamos 41 días y que tiene un retraso intelectual moderado. Para mí no era nada del otro mundo trabajar en discapacidad: es lo más lindo que me pudo pasar", confiesa. "Siempre quise hacer algo productivo con la carrera que estudié, y más útil que acá, ¿dónde?"

Para Paula hubo varios residentes que la marcaron a fuego. Uno fue Jonathan. "Teníamos una conexión especial: todo por medio de gestos que nos conocíamos mutuamente. Empezaba a hacer ruidos ni bien escuchaba mi voz, y hasta que no lo iba a saludar no paraba", cuenta. Con 20 años, Jonathan falleció en 2016. "Ellos son muy lábiles y uno tiene que estar preparado para poder afrontar eso", dice.

Trabajar en el Cottolengo es, en lo profesional, el broche de oro de su carrera: "Trabajé en un montón de lugares, privados y públicos, de día y de noche. Pero con esto me recibo de médica. Acá no hay soberbia: aprendés a ser humilde, bajás un cambio, admitís que hay cosas que no sabés porque no viste nunca, y partís desde ahí".

En lo personal, no se imagina en otro lugar. "Es una gran familia. Hay hasta un cementerio. Jonathan está enterrado acá", concluye.

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