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Hip hop inmigrante: el rap, un canal de inclusión para los que llegan a Buenos Aires

Jóvenes extranjeros de Bolivia, Perú y Cuba encontraron en la música un modo de expresar su realidad e integrarse; cultivan un estilo que pone el arte por encima de la popularidad

Lunes 07 de agosto de 2017
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LA NACION
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Mc Junco, César Villanueva, Teo Guzmán y Aarom Manrique forman parte de la tendencia
Mc Junco, César Villanueva, Teo Guzmán y Aarom Manrique forman parte de la tendencia. Foto: Ricardo Pristupluk

Rubén Gonzales siempre lleva gorra con algunas letras bordadas en hilo bien grueso, campera ancha y zapatillas blancas. Es de Bolivia y hace diez años que llegó a Buenos Aires. Su soledad de inmigrante la calló con miles de discos, libros y documentales que tenían un mismo beat: el hip hop. Empezó siendo Mc -así es como se reconoce a los vocalistas de rap- y se transformó en productor de otros artistas, tuvo un programa de radio durante tres años y muchos de los raperos inmigrantes lo citan como un referente. El estudio que le abrió las puertas quedaba en Flores y pertenecía a la comunidad boliviana. "Siempre creí en este tipo de música como medio de expresión espontánea y visceral", dice.

Rubén es sólo una de las 381.778 personas que, según una proyección del censo 2010, se instalaron en la ciudad desde 1869. Según un informe de 2015 de la Dirección General de Estadística y Censos porteña, el 12,9% de la población de la Capital es inmigrante; la mayoría proviene de países limítrofes, como Bolivia y Paraguay, y también de Perú.

El hip hop llegó a la Argentina en la década del 80, junto con otras expresiones artísticas urbanas, como el grafiti y el breakdance. Las plazas se transformaron en los lugares de encuentro para sus cultores, y el freestyle -una modalidad en la que dos contrincantes tienen un tiempo delimitado para tirar sus versos y ser contraatacados- se impuso por encima de otros subgéneros. El veredicto final lo da un jurado que vota quién tuvo mejores rimas y recursos de improvisación.

Eventos como El Quinto Escalón, en el parque Rivadavia, y Halabalusa, en Claypole, son los mayores difusores de este estilo de hip hop. Otro de los encuentros más populares en nuestro país es La Batalla de los Gallos, organizado por una marca de bebidas energizantes. La primera vez que este evento anual se realizó en Buenos Aires, en 2005, sólo participaron 40 personas; entraron en un sótano del microcentro. Este año, será el 25 de este mes en el Luna Park (con capacidad para 7500 personas), tendrá un costo de $ 300 y se transmitirá en vivo por Internet.

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Sin embargo, existen otras modas en el underground argentino. El hip hop conciencia es un subgénero que nació en 1970 en los Estados Unidos; para sus adherentes, el rap no es sinónimo de enfrentamiento y muy pocas veces improvisan. Ponen el arte por encima de la popularidad. Se reúnen los sábados y sólo cuando el trabajo se lo permite, en Villa Lugano o Ciudadela, en alguno de los estudios que improvisan en el living de sus casas.

Escriben sus propias canciones y buscan constantemente en qué inspirarse: leen a Confucio, escuchan a Luzmila Carpio -una cantante de folklore boliviano- y participan de manifestaciones populares como Ni Una Menos. Pero también trabajan más de 10 horas por día, mantienen a sus familias, cuidan de sus hijos y conviven con la discriminación, y todo eso se refleja en sus letras.

Rimas desde Cuba

Arnol Morel Junco tiene 27 años, casi dos metros de altura, tez oscura y un look caracterizado por su melena afro cortada hacia arriba. Nació en Cuba y la música siempre tuvo un papel fundamental en su vida. "El rap fue el arte que me salvó de un momento muy difícil como fue el servicio militar en mi país", recuerda. Arnol terminó el colegio y tuvo que pasar 14 meses recluido en una unidad de las fuerzas armadas.

Mc Junco -como se lo conoce en el ambiente del hip hop- decidió venir a Buenos Aires e instalarse en Almagro. Llegó con 20 años, una sonrisa indeleble y un oído muy bien entrenado. "Cuando empecé a escribir, me enamoré. Me sorprendí de lo que era capaz de expresar en un papel", explica. Ya lleva más de cinco años y 100 canciones. El acto de transformar sus ideas en prosa sucede en su propia habitación: con un micrófono, un mixer y una computadora, Mc Junco ejecuta su truco de magia.

"Siempre trato de leer libros y llevar eso a mis canciones. Si tengo un sentimiento clavado acá y no encuentro la manera de sacarlo, lo escribo", dice. Arnol trabaja nueve horas cuatro días a la semana como barista en un café de Palermo y utiliza su tiempo libre para inspirarse. Martin Luther King, Hannah Arendt, los Panteras, Confucio, Osho, son algunos de sus grandes maestros. "Nuestra rama defiende las buenas letras", aclara.

En el estudio de grabación Resistencia Aborigen Records, de Villa Lugano, conoció a otro inmigrante y exponente del estilo, Aarom Manrique, de Perú, y juntos grabaron algunos temas.

Tanto para Mc Junco como para el resto, el rap no sólo es su forma de expresarse, sino también su manera de vivir. Por eso intentan diferenciarse, cada vez que pueden, del freestyle. "Los valores son el sostén general de este género y el respeto es su palabra clave: cuando eso se pierde, el rap deja de tener sentido", destaca el cubano.

Socios

En medio de una cocina de Ciudadela se acomodan los parlantes, rodeados de cuatro mesas de madera con bobinas, cabezales y pedales. Allí se come, se graba y se trabaja. Algunos ovillos de colores decoran la mesada y los restos de hilo se enredan entre el cable del micrófono que Teo Guzmán, de 30 años, utiliza para materializar su arte. Llegó de Perú hace 10 para quedarse. Trabaja entre 12 y 15 horas por día, usa camperas dos talles más grandes y una gorra que cubre el hueco donde solía haber rastas. Cuida a sus cuatro hijas y, cuando tiene un tiempo libre, ensaya o aprovecha para escribir algunas letras que expondrá ante sus amigos el fin de semana. "Cuando tenemos alguna presentación, nos juntamos varios días antes. Cuando no, tratamos de reunirnos cada sábado", dice.

César Villanueva, su socio artístico, todavía conserva sus trenzas estilo rastafari; él llegó de Bolivia en 1997 y se instaló en Parque Avellaneda. Hace ocho años que ambos forman parte de Frente Inmigrante y, en 2015, lanzaron su primer disco, llamado Fumando espero. "Estábamos tan contentos que lo regalamos a cada persona que nos apoyó", comenta. En 2013 participaron del Festival de la Palabra en Tecnópolis y se ganaron a muchos de sus actuales seguidores.

"Los inmigrantes tratamos de hablar de temáticas que nos mueven. Muy pocos hacen música banal, desechable", dice Teo. La importancia del contenido de las letras es uno de sus estandartes. Prefieren un buen concepto antes que tener que presentarse y participar en shows con formato de batallas. "El hip hop no implica que tengas que hablar estupideces. Es música con sentido", concluye.

Radiografía de la inmigración

381.778 personas

Se instalaron en la ciudad de Buenos Aires desde 1869, procedentes del exterior

12,9% de la población porteña

Es inmigrante. La mayoría es oriunda de América del Sur, principalmente de: Bolivia, Paraguay y Perú

Rubén Gonzales, Bolivia: "El hip hop le dio sentido a mi vida. Siempre creí en este tipo de música como medio de expresión espontánea y visceral"

Arnol Junco, Cuba: "Nuestra rama defiende las buenas letras. Los valores son el sostén general de este género y el respeto, la palabra clave"

Teo Guzmán, Perú: "Los inmigrantes tratamos de hablar de temáticas que nos mueven y muy pocos hacen música banal, desechable"

César Villanueva, Bolivia: "Estábamos tan contentos cuando sacamos nuestro primer disco, en 2015, que lo regalamos a cada persona que nos apoyó"

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