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Soledades de la extranjería

Martes 08 de agosto de 2017
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Una vez por semana, tengo cita en el oasis. Una vez por semana, o cuando lo permite la catarata de vértigos y obligaciones -que la casa, que el trabajo, que la ciudad hostil y sus trámites infinitos- se abre un paréntesis. El módico oxígeno de un oasis.

Siempre hay café. O té. Platito de frutos secos, silencio, ventanal, luz y plantas al fondo. Béatrice sabe de detalles cuando se trata de hacer sentir bien al otro. Alguna vez fue mi profe de francés. Hoy es mucho más. Porque una vez por semana se convierte en cómplice, compañera de ruta, gentil proveedora de ese soplo -la palabra- sin el cual es tan difícil seguir viviendo. Ya no me da clases; ahora me lleva de la mano por la literatura en su lengua natal. Ése es el oasis: saber que nos vamos a encontrar con el único y puro objetivo de leer; con la única, intransferible alegría, de hablar sobre lo que leímos. Y maravillarnos juntas frente a la belleza de algunas páginas, compartir la fascinación por ciertos autores, celebrar la mejor de las fiestas.

Una es extranjera y madre de argentinos; la otra, argentina e hija de extranjeros. Entre mi pésimo francés y su perfecto castellano hay una zona de extranjería común. Ambas tocamos el territorio difuso, complejo y a veces doloroso del pasaje entre culturas; quizás por eso nuestras lecturas sólo discurren por esa zona. Con su guía, me interné en los universos agudamente contemporáneos de argelinas que aman en árabe y escriben en francés, afganos formados en la cultura oriental pero capaces de incorporar las más recónditas sutilezas del pensamiento occidental; franceses, haitianos y congoleños obsesionados por el misterio del otro, la mirada inversa; lo que muchos llaman el "entre dos" y el poder de la palabra para construirlo.

Nuestro último viaje fue a través de Nord perdu, libro publicado por Nancy Huston a fines de los 90. Si se trata de vidas interculturales, la de Huston merece el apelativo. Canadiense y angloparlante, desarrolló su carrera intelectual en Francia, país del que adoptó la lengua, donde se casó con Tzvetan Todorov -lingüista y crítico de origen búlgaro- y donde tuvo a sus hijos. Nord perdu es un ensayo sobre la soledad irreductible de la extranjería: su definitiva "pérdida del Norte"; el continuo desfase que marca a aquellos que dejaron su tierra natal. Pero también habla de la riqueza secreta de esa condición. "Los exiliados son ricos -asegura-. Ricos de sus identidades acumuladas y contradictorias."

Huston cuenta los enormes esfuerzos que invirtió en adoptar su nueva lengua; habla -ella, intelectual reconocida- del permanente temblor ante la posibilidad de ser descubierta "en falta": confundir un acento, una expresión, un modo verbal, cualquiera de las inflexiones que para los nativos de una lengua son evidentes como el mismo aire que respiran. Pero para un extranjero, no.

Así y todo, se permite juegos de palabras; exprime el francés en toda su desbordante complejidad, pasa sin problemas al inglés, y luego regresa. Se permite también el humor. En un pasaje, mientras reflexiona con ironía sobre la vejez, el posible Alzheimer y la pérdida de las palabras adquiridas, se pregunta qué harán ella y su esposo, perdidos en la ancianidad, sin el francés que los vinculó; recluido él en el búlgaro y ella, en el inglés.

"Incluso al interior de una sola lengua, la comunicación es un milagro", escribe en otro pasaje, al tanto de que no siempre las palabras alcanzan; convencida de que los lazos también tienen que ver con observar al otro, escucharlo desde zonas ajenas al alfabeto; encontrarlo en una canción, quizás un plato de comida, algún retazo de historia, una emoción. Y leer. Para Huston, la lectura es el único espacio que permite "celebrar el reconocimiento de los otros en uno, y de uno en los otros". Eso, para ella, es lo "humano por excelencia". El oasis, me gusta llamarlo a mí.

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