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Daniel Barenboim: una despedida perfecta y con toques de magia

Miércoles 09 de agosto de 2017
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PARA LA NACION

Daniel Barenboim / Orquesta West-Eastern Divan / Solista: Kian Soltani, chelo / Director: Daniel Barenboim / Programa: R. Strauss: Don Quijote, para chelo y orquesta, Op. 35; Chaikovsky: Sinfonía N° 5 en Mi menor, Op. 64 / Festival Barenboim / En el Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

Soltani volvió a revelarse como un chelista exquisito
Soltani volvió a revelarse como un chelista exquisito. Foto: Arnaldo Colombaroli

En el más cabal y respetuoso de los sentidos, Daniel Barenboim es un todoterreno. Pero no sólo es un explorador casi obsesivo, sino que también en muchos de esos territorios a los que llega con absoluta naturalidad y conocimientos es un referente ineludible. En esta visita 2017, como pianista o como director, ya había frecuentado a Debussy, Alban Berg, Shostakovich, Ravel y Beethoven con resultados altamente satisfactorios. Para el final, con su Orquesta del Diván -y el posesivo es absolutamente pertinente-, había reservado una de sus especialidades, Richard Strauss. Con todo, para asombro, sorpresa y deleite general, su sabiduría, su potencia y la más rotunda musicalidad estallaron avasallantes cuando dirigió la Quinta sinfonía de Chaikovsky. Es real que todo lo que hace, en cualquiera de sus múltiples funciones, siempre tiene algún toque de magia, algún interés particular, algún punto de originalidad, ya que la rutina y Barenboim no tienen mayores puntos de contacto. Pero pocos podrían haber imaginado mejor culminación para este festival que una interpretación tan medular, puntillosa, detallista, refinada y, por supuesto, contundente de esta sinfonía de Chaikovsky. Sí, claro, los milagros del director sólo pueden concretarse si junto a él actúa una gran orquesta. Y con poco más de una década de existencia, la Orquesta del Diván ya es una orquesta excepcional.

En el comienzo, extensa, atrapante y con una claridad y transparencia esenciales aun en sus momentos más complejos y exuberantes, Barenboim le puso vida al Don Quijote de Richard Strauss. Pero además contó con dos solistas de excepción. Si bien en algunos pasajes su sonido pareció un tanto insuficiente para competir con esos tuttis descomunales de Strauss, Kian Soltani es un chelista exquisito. Sus fraseos y cantos son admirables y apeló a un sinfín de delicadezas e inflexiones para expresar ideas y música. El descenso final que señala la muerte del Quijote, tenue, casi vaporoso y, al mismo tiempo, totalmente perceptible, fue el remate de una tarea brillante. En el mismo nivel de excelencia, y desde su puesto de primera viola, Miriam Manasherov se constituyó en la otra pieza imprescindible que esta partitura requiere para su mejor concreción.

Barenboim decidió no hacer pausas entre los cuatro movimientos de la Sinfonía N° 5 de Chaikovsky y, más allá de la exigencia física y mental que esta determinación implica para él y para la orquesta, la apuesta fue más que acertada. Fueron cuarenta y cinco minutos de la mejor música sin que el compromiso ni la atención decayeran ni un solo instante. Más hiperactivo en su gestualidad que cuando está frente a otras orquestas, el trabajo de Barenboim fue estupendo. Aun cuando las conclusiones sobre las magnificencias de una ejecución pueden ser resumidas luego de finalizada la obra, las maravillas que habrían de venir pudieron ser intuidas en la misma introducción del primer movimiento, cuando la orquesta les puso los mejores sonidos a la oscuridad, los pesares y las bellezas de ese pasaje inicial. Es menester señalar, además, las descollantes participaciones individuales de todos y cada uno de los solistas de la orquesta, entre ellos la de un cornista notable que, con la célebre melodía del segundo movimiento, lució musicalmente perfecto.

Fuera de programa, Barenboim cerró su festival con un arreglo para cuerdas que Lahav Shaní hizo de "El cisne", de El carnaval de los animales, de Saint-Saëns, nuevamente con Soltani como solista, y con la obertura de Ruslán y Ludmila, de Glinka. En el final, arreciaron los aplausos y las ovaciones, afloraron infinitos celulares tratando de eternizar el momento y, sobre el escenario, hubo amplias sonrisas en los rostros de los músicos de orquesta y, claro que sí, en el de su director.

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